Exonario

Definiciones y términos que no figuran en el diccionario (exonario no figura en el diccionario)

Archive for the ‘Terribles Artes Discursivas’ Category

Bruxólogo

Posted by jorgemux en octubre 11, 2013

(Sustantivo. Del griego brougmós = mordedura y lógos = discurso)

Discurso dado con los dientes apretados. 

Quienes emiten bruxólogos son, por lo general, personas de sexo masculino en un momento de enojo. “¡Rajá de acá hijo de una gran puta!”, dice con los dientes apretados el tío a su sobrino travieso. Es muy común, también, en la manera de insultar a los jugadores de un partido de fútbol: “¡Nooooo, el arco queda para el otro lado, la puta madre que te parió!”. A la necesidad de emitir un bruxólogo se le acompaña, en general, el deseo por romper algo.

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Tiramuertos

Posted by jorgemux en julio 26, 2013

(Adjetivo. De tira y muerto)

Dícese de la persona que en una discusión expone la cantidad de muertos, mutilados y torturados para rebatir una tesis. 

El tiramuertos tiene, entre sus argucias argumentativas, algún genocidio o algún hecho masivamente violento para ejemplificar y obliterar a su contrincante. No importa si se trata de una discusión conceptual: él justificará sus afirmaciones mostrándole a su rival que es un insensible, porque no tiene en cuenta la cantidad de sufrimiento que implicó su postura. “¿Cómo podés estar en contra de Israel? ¿No sabés la cantidad de muertos que hubo en los campos de concentración judíos por culpa de los nazis?” Desde luego, se puede estar en contra de algo sin necesariamente apoyar los asesinatos masivos, pero al tiramuertos eso no le interesa: cree que el solo hecho de enlazar una discusión con una consecuencia históricamente horrorosa, es suficiente para que se abandone cualquier otra clase de argumento.  Existen otras variantes de tiramuertos: “¿Cómo podés estar en contra de la noción de patriarcado, del micromachismo y de la violencia simbólica? ¿No sabés la cantidad de personas que mueren por violencia de género?”; “¿Cómo podés decir que el gobierno hace cosas buenas? ¿Sabés la cantidad de chicos que mueren por desnutrición en el norte del país?”.
El tiramuertos cree que su pirotécnico golpe de efecto retórico es definitivo y exhaustivo; una vez que ha expuesto con crudeza la cantidad de muertos que, según él, se siguen de la argumentación de su contrincante, espera que la discusión se termine. Si no se termina, se considera con derecho a tildarlo de nazi, machista o fanático.

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Logótafo

Posted by jorgemux en marzo 14, 2013

(Adjetivo. Del griego lógos = discurso, razonamiento y táphos = sepultura, ocultamiento)

Quien anuncia que posee excelentes argumentos, pero jamás los esgrime. 

El logótafo aparece para mostrarnos que es un baúl lleno de evidencias y explicaciones, aunque jamás se rebaja a comunicar sus convincentes y potencialmente irrefutables tesis. Sus aportes discursivos son escuetos, disuasivos y definitivos, y manifiestan la convicción de que con esas pocas palabras es suficiente para refutar las afirmaciones rivales. Suele decir: “Si yo hablara, te darías cuenta de que estás equivocado”, “Te metiste con un tema complicado y yo sé bastante de eso. Pero no vale la pena discutirlo”, “No, no es así. Tengo veinte millones de argumentos para mostrártelo, pero si lo hago vamos a estar todo el día”. “Si supieras la cantidad de cosas que podría decirte sobre esto, no pensarías de ese modo” o alguna variante de estas expresiones. Cree que ha zanjado la cuestión con solo afirmar que, si quisiera, podría contribuir con algún testimonio o prueba categórica y apabullante. Pero su aporte se queda en eso: en contarnos que él tiene el don y la dicha de haber hecho los razonamientos irrevocablemente correctos y de haber llegado a las únicas conclusiones verdaderas.

Un logótafo es una extraña especie de dispolémico. Pero, mientras este último evita cualquier discusión, el logótafo se mete en ella sólo para afirmar que él tiene razón, y sin embargo no se toma el trabajo de exhibir sus razones.

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Anuncamar (se)

Posted by jorgemux en febrero 13, 2013

(Verbo. De nunca y más. Adjetivo: anuncamado. Sustantivo: anuncamamiento.)

Anunciar en voz alta que nunca más se hará alguna acción banal o cotidiana.

Para que se produzca el anuncamamiento, es necesario que el anuncio implique una restricción excesiva y que, por lo tanto, no se pueda cumplir con lo anunciado. Si alguien dice “nunca más tomo un vaso de agua en mi vida”, es posible que se haya anuncamado, pues tarde o temprano quizás alguien le ofrecerá un vaso de agua -en una reunión, en la casa de un pariente o alguna tarde calurosa- y no tendrá más remedio que aceptarlo.
Muchas veces los padres anuncaman a sus hijos: les dicen que si hoy no ordenan su cuarto, nunca más les comprarán golosinas o nunca más les dejarán usar sus juguetes. Los niños aprenden desde muy temprano que sus padres utilizan el anuncamamiento como una amenaza imposible de cumplir; saben que en el reino de las relaciones parentales el “nunca más” no existe, y mucho menos si la amenaza implica algo tan cotidiano como un juguete o una golosina.  

Uno puede anuncamarse a sí mismo, o anuncamar a otra persona. En todos los casos, el anuncamamiento es un “irse de boca”, es prometer una renuncia que desde el mismo instante en que se emite está condenada al perjurio. De hecho, el anuncamado se distingue del perjuro porque este último rompe su juramente pudiendo haberlo cumplido (y con plena conciencia de ello). Pero el anuncamado hace un anuncio cuyas condiciones son a priori imposibles de satisfacer. Lo curioso es que el anuncamamiento no puede satisfacerse no porque el objeto de la promesa sea muy difícil o inalcanzable, sino porque es demasiado cotidiano como para excluirlo de las prácticas de la vida diaria.

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Femóbalo

Posted by jorgemux en diciembre 17, 2012

(Adjetivo. Del griego phemí = decir y ballo = arrojar)

Dícese de la persona que comienza un enunciado y le pide a otra que lo continúe y lo termine. 

El femóbalo empieza a contar una historia pero, por temor a no decir los detalles exactos, se excusa pasándole la palabra a quien supuestamente está mejor autorizado para contarla. “Ayer estuve con Carlitos en Parque Chacabuco y nos encontramos una billetera. Pero que te cuente Carlitos lo que pasó…“, dice el femóbalo señalando a Carlitos, quien está presente pero no tenía la mínima intención de relatar ese suceso. A veces, el hecho relatado es tan escabroso que aquel a quien le arrojan el discurso se siente incómodo y no sabe cómo eludir la atenta expectativa que generó el femóbalo en el auditorio: “¡A que no saben lo que le pasó a Raúl…!  ¡Raúl, vení, contá, no seas tímido!“. Y Raúl cuenta su vergonzosa historia: “Ayer me pegué un martillazo en los testículos“. A veces -este caso es de los peores- el femóbalo genera una expectativa incómoda y decide sacarse de encima esa responsabilidad pasándole la posta discursiva a otro de los presentes: “Los balances de la empresa no dieron bien; la verdad es que estamos en rojo y no sé si podemos seguir el año que viene. Vamos a tener que despedir a algunos de ustedes. Pero yo no entiendo mucho de eso, así que Marita les va a explicar quiénes no tienen que venir después de año nuevo

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Polemóscono

Posted by jorgemux en noviembre 23, 2012

(Sustantivo masculino. Del griego pólemos = polémica, guerra y skoné = polvo. Adjetivo: polemoscónico)

Discusión encarnizada acerca de algo irrelevante. 

Los polemósconos pueden surgir en cualquier momento de una conversación: son como escollos argumentativos que detienen la marcha de un discurso y se enfocan en algún aspecto insignificante del mismo. Suelen ocurrir cuando a uno de los oyentes se le ocurre manifestar su disenso acerca de un detalle accesorio del relato que se está contando: si A afirma que “Estábamos en un parque con una pileta enorme, de tres metros de profundidad“, el oyente lo interrumpirá para discutir este último dato. “No es cierto; no tenía tres metros. Tenía dos con noventa“. Si el narrador se involucra en este principio de discusión, comienza el polemóscono. “Tenía tres metros; no dos con noventa“. “No, dos con noventa. No tres“. La discusión se convierte en un bucle interminable e indecidible, y una vez que ha comenzado ya perdemos la esperanza de escuchar la continuación del relato original.
También podría denominarse polemóscono a la actitud de sacar conclusiones desproporcionadas a partir de un dato mínimo e irrelevante: este tipo de polemóscono suele ir precedido por las expresiones “mostraste la hilacha” o “por fin te agarré”. Pongamos un ejemplo:
A dice: “Estuve en Brasil; recorrí Río de Janeiro, me compré un par de ojotas verdes, visité las favelas y no puedo creer la pobreza que rodea a una ciudad tan hermosa. Realmente me conmovió. Me metí en una organización no gubernamental para combatir la indigencia de los habitantes de las favelas
B interpone: “Mostraste tu verdadera hilacha. ¿Así que te compraste ojotas verdes? Ya entendí que sos un tipo frívolo y estúpido

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Palintético

Posted by jorgemux en octubre 31, 2012

(Adjetivo. Del griego palín = otra vez y thésis = afirmación, posición. Sustantivo: palintesis o palintesia)

Quien mantiene una afirmación aun cuando aceptó que es errónea o infundada. 

La palintesia se vale implícitamente de la siguiente estrategia retórica: “No des una afirmación por refutada ni aun después de refutada“. Lo curioso es que el palintético en algún momento de su discurso se ve obligado a admitir la falsedad de su opinión (a la vista de nuevos datos u objeciones), pero él sigue indemne afirmando una y otra vez lo que dos oraciones antes vislumbró y aceptó como inaceptable. Su actitud es una afrenta para la racionalidad, pues en una discusión es esperable que cuando A convence a B, B adopte el razonamiento de A. Sin embargo, el palintético, aun después de afirmar su convencimiento de la posición de A, continúa difundiendo su postura inicial, y argumenta como si fuera todavía sostenible. “Hay que seguir al líder sindical. Es la única esperanza”, dice B. A le informa: “Pero el líder nos está vendiendo a la patronal. Otras veces lo seguimos y nos perjudicó”. B continúa: “Es cierto, pero hay que seguirlo porque es la única esperanza”. No importa cuántas objeciones interponga A: el palintético las irá asimilando una tras otra, aceptándolas alegremente, pero no se moverá de la afirmación inicial.

Existe una manera débil de la palintesia: en este caso, el palintético no admite la falsedad de su discurso, pero deja entrever que, de todos modos, lo que pensó es aceptable en un contexto mayor, o en realidad su aceptación no es irracional. El siguiente podría ser un ejemplo de esta modalidad más débil:

A- Están persiguiendo al estudiante que le hizo una pregunta incómoda a la presidenta.
B- Eso ya fue refutado por el mismo estudiante.
A- Bueno, pero no me extrañaría que el gobierno estuviera persiguiendo a quienes lo incomodan.

Como puede verse, A sigue manteniendo una variante de la afirmación inicial a pesar de que admite su refutación.

Tratar de combatir la argumentación del palintético es una sumamente frustrante. 

La palabra “palintético” tiene el prefijo “palín” que significa “otra vez”. Este prefijo se justifica en que el palintético admite una y otra vez la misma tesis,  cuando cree que es verdadera y luego cuando admite que no lo es.

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Antirremia

Posted by jorgemux en septiembre 11, 2012

(Sustantivo. Del griego anti = contrario y rhéma = afirmación, acción verbal. Adjetivo: antirrémico)

Estrategia oratoria que consiste en desacreditar a una persona por dos razones contrarias.

Cuando queremos desacreditar el enunciado de una persona, podemos hacer referencia a lo poco que sabe o la poca experiencia que tiene el emisor acerca de lo que manifiesta en el enunciado. Le decimos, furiosos, que no es el más indicado para señalar una inexactitud en nuestro discurso: “Qué te metés a hablar de economía, vos. Andá a estudiar microeconomía, macroeconomía, estadística, y después vení a criticarme”. El emisor, sin embargo, nos aclara: “Yo tengo un doctorado en economía”. Sin darnos cuenta, hemos tratado de ignorante a una persona que sabía más que nosotros. En este punto, podemos tomar dos actitudes: pedir disculpas, o utilizar la antirremia. Si hacemos lo último, retrucaremos algo como esto: “¿Y vos qué te pensás? ¿Que porque estudiaste economía yo estoy equivocado?. ¿Quién te creés que sos? ¿El nobel de economía?”. Como puede verse, la aplicación de esta última estrategia ya no apela al desconocimiento del emisor, sino al hecho de que su conocimiento no debería aplicarse en este caso, o que su saber lo vuelve arrogante o, incluso, que es un bochorno, para alguien con tanto estudio, rebajarse a corregir números en una discusión amateur. La aplicación sucesiva del descrédito por desconocimiento, y el descrédito por exceso de conocimiento, es la antirremia. La antirremia es un tipo de antinomia (de ahí, también, su similitud etimológica), puesto que utiliza como válidas una tesis y su antítesis para llegar a la misma conclusión: el destinatario no debería opinar.
Existen varios recursos antirrémicos, además del ejemplificado: “No leíste lo suficiente” (argumento); “Por más que leas todo, la lectura no te va a hacer más sabio” (contraargumento). “Si trabajaras, entenderías de lo que hablo” (argumento); “Bueno, que trabajes dieciséis horas por día no es suficiente para que entiendas de lo que hablo” (contraargumento). “Vos no podés criticarme, porque nunca se te ocurrió algo parecido” (argumento), “Bueno, que de vez en cuando se te caiga una idea no te da lugar a criticarme” (contraargumento). “No sabés lo que es tener hijos, así que no podés saber el amor que siento por ellos” (argumento); “Bueno, aunque tengas diez hijos, no tenés idea de lo que siento yo” (contraargumento).

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Plusirmonia

Posted by jorgemux en marzo 1, 2012

(Sustantivo. Del latín plus = más y sermo = discurso)

Tendencia a levantar la apuesta discursiva.

Me duele la cabeza“, dice A. “A mí me duele la cabeza y el pie“, dice B. “Eso no es nada. A mí me duele la cabeza, el pie, el estómago y el pecho“, dice C. La conversación puede volver al primer orador, quien se sentirá obligado a mostrar que sus dolores son mayores, más insoportables, más generalizados y más añejos que los de sus compañeros: “Pero yo tengo tumores en todo el cuerpo desde que era chico. Me duele cada parte de mi cuerpo como si me estuvieran clavando agujas. Y ahora la cabeza me duele como si hubiese veinte martillos eléctricos trepanándome el cráneo“. B podría tratar de superar esa apuesta: “¿De eso te quejás? A mi la luz, el sonido y las superficies que toco me provocan un sufrimiento desesperante; cada vez que abro los ojos siento que los fotones punzan todos mis nervios; cuando huelo una rosa es como si hubiera puesto mis pulmones en una parrilla. Si escucho una tenue música, mis oídos sangran. Y por si fuera poco, de chico me clavé un poste de un metro en el pecho y no me lo pudieron sacar. Lo siento a cada instante corroyendo mis pulmones y mis intestinos“. Si cada orador toma lo que dice el anterior como un desafío a ser superado, entonces se produce la plusirmonia. No importa el tema de conversación ni la verdad el asunto: lo importante es contar una historia en la que a la propia persona le han ocurrido eventos más importantes, dolorosos o placenteros que al resto.

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