Exonario

Definiciones y términos que no figuran en el diccionario (exonario no figura en el diccionario)

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La mueca

Posted by jorgemux en octubre 21, 2008

En la sala de espera del alergista, en un congreso sobre pensadores vieneses, en el almacén, en el colectivo: siempre hay una renovada comitiva de desconocidos que me acompaña circunstancialmente. Caras anónimas, nuevas, de gestos insólitos e impredecibles que de vez en cuando bufan, respiran, cierran los ojos o preguntan la hora. Nuestra reunión parece ocasional, azarosa, dictada por la simple coincidencia de viajar en el mismo ómnibus o tratarnos con el mismo médico. Pero por un leve indicio me doy cuenta de que sus ingratas presencias no son producto de la casualidad: cada tanto me miran. Sus ojos se cruzan con los míos por un segundo. En ese segundo me juzgan, hacen una mueca y me reprueban.
Cuando descubro que esos desconocidos no están allí por lo mismo que yo; cuando sé que no tienen el menor apuro por que los atienda el médico –de hecho, el médico tarda a propósito para darles tiempo-, me tomo el trabajo de disimular y, con paciencia, los estudio con la misma mirada casual con la que ellos me ven. Yo mismo finjo que sólo espero que se termine la espera; y sé que ellos saben que finjo, pero finjo que no lo sé. Ellos, por su parte, fingen que yo no sé que están fingiendo. Mantienen sus desquiciados personajes aun cuando les he quitado la máscara.
Cada rostro tiene el sello de una mueca, como un defecto de fábrica. Esa mueca con la que miraron por un segundo, es una mueca fija. La que torció la boca, tiene siempre la boca torcida. El que pestañea con un solo párpado, lo sigue haciendo. En el molde de plástico con el que los construyeron, estaba la desesperada forma de la mueca. Nunca se librarán de ella y ahora me miran a mí, con disgusto, con el resentimiento de saberse muñequitos sin alma y mal esculpidos.
A cada rostro le pongo un apodo infamante y preciso. La Pagapoco, El Ratón Cachivachero y Egoísta, El Mirapetes, Caramañola, Dandy Sucio. A veces imagino historias para explicar cómo fueron engendrados esos seres con rostro de mueca: la de escote prominente, tetas caídas y un par de lunares en el rostro, salió de una sartén con aceite quemado después de haber freído churros grasientos y fláccidos. El palomo anguloso y sin cuello fue un trozo de mampostería que cayó de un balcón. El Sacachulos fue el producto de la electrocución de sus padres quienes vivieron en el interior de una lámpara quemada.
Otras veces, a través de sus muecas, su ropa y la forma de su cuerpo, imagino cómo llevan su escasa vida esos monigotitos deplorables. La gacela culona cara de pánfila se hace quemar las piernas con cigarrillos de mentol. El pobre tipo ténganle lástima vive en una habitación oscura y vacía, y pasa todo el día envuelto en polietileno. Cada tanto pasa la lengua por la bolsa con la que se rodea y degusta con fruición el sabor anodino del plástico. El guachito dedos de bicho se dedica a despedazar niños; los separa en partes con sus manos de tenaza arácnida y luego los entierra todavía vivos en el patio de juegos de un jardín de infantes, con la complicidad de las maestras y los padres de los niños.
Los muñecos que me miran sórdidos con mirada casual y perdida, que me odian a muerte, son seres planos construidos por nadie como robotitos sin objetivos. Su mente –si es que tienen mente- sólo es un reducto de turbada conciencia en la que apenas si subsisten dos o tres obsesiones miserables: cerrar la ventana, matar niños, mirarme. Mirarme y despreciarme, odiando mi rica e inteligente vida mental. Odian que yo sea un auténtico humano, en vez de la poco convincente caricatura que ellos apenas se molestan por fingir.
Nunca tardo en identificar al líder. Siempre es quien más se cuida de no mirarme, o de mirarme sólo cuando yo no lo veo. Es el que tiene un aspecto más parecido a un ser humano. Claro que no puede engañarme a mí. El líder nunca es el primero en atacar (por lo general, el ataque proviene del más débil, infeliz y enclenque) y cada tanto nos habla a todos los presentes, como si no nos conociera o como si de verdad le interesara lo que nos dice sobre el clima o sobre política internacional.
Las muecas de cada uno conforman una única mueca colectiva. Según el lugar y la ocasión, las marionetas cambian –no son las mismas si estoy viajando en ómnibus que si estoy en un congreso-, pero la mueca general, la mueca total y abarcadora, es siempre la misma. Esa mueca universal, siempre presente en cualquier reunión de apariencia azarosa, es el verdadero rostro que me mira cuando me miran. Si alguien quiere ocultar la gran mueca con lentes negros, ahora la gran mueca incluye lentes negros. Si alguien se tapa con flequillo, ahora el flequillo es parte de la gran mueca. A veces puedo ver la gran mueca aun cuando no hay nadie. Cuando estoy yo solo esperando el ómnibus o cuando la sala de espera está vacía: todavía sé que la gran mueca me está mirando con gesto condescendiente, con envidia y pasmo infinitos.
Pero la mueca es impotente si ningún engendro infrahumano ejecuta su mirada. La mueca me quiere convertir en mueca. Quiere que yo sea su títere; que sea ella. Quiere que mi rostro y mi cuerpo tengan una mueca universal. Quiere que me convierta en muñeco de trapo sucio de pelo de comadreja, como el ejército de zombis con ojos de botón descosido que me rodea. Quiere que yo sea ella para que ella tenga más para expresarse como mueca; para que yo sea su lienzo donde fluir como mueca, como más mueca que antes.
A veces los desconocidos me miran al unísono, en silencio, durante un buen rato. Yo evito mirarlos a los ojos; finjo que leo una revista o entrecierro los ojos como si me estuviera durmiendo. Pero ellos me miran, impotentes y esclavos de la gran mueca. Su mirada total me drena; si les hablo o si los miro, uno por uno, me convierto en uno de ellos.
Una tarde de viento, mientras esperaba junto con muchos desconocidos en la vereda a que abriera una tienda de ropa, la mueca clavó su mirada colectiva sobre mí. Esa tarde sentí que mi cuerpo se hacía de madera; que mi pelo era plástico y que mis pensamientos se volvían suaves, cálidos y pesadillescos, como los de un muñeco angustiado con reminiscencias de haber sido humano, o como un retrasado mental que todavía conservara cierta conciencia de haber tenido una vida más plena y más rica. Por un momento fui uno de ellos. Por un momento yo mismo dejé de pensar y busqué, desesperado, a otros para convertir en muñequitos. Pero se levantó la persiana del negocio y todos se dispersaron.
Sin embargo todavía pasa algo extraño. Cada tanto me encuentro con un espejo y me veo, de golpe y sin querer. Veo mis ojos como de plástico; mi mirada es un gesto desesperado e inexpresivo. Desde hace un tiempo, casi no respiro y sólo me alimento de juguetes rotos que dejan los niños olvidados en la calle. Desde hace tiempo duermo en una cajita de violín, dentro de un placard y salgo por las noches a mirar y a evitar mirarme, porque le tengo miedo a esta nueva mirada desesperada que se gesticula desde mi rostro.

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Cangrejo (5)

Posted by jorgemux en junio 27, 2008

[Hoy, 27 de junio de 2008, Monstruos y Berenjenas cumple dos años. No he tenido tiempo de prepararle un festejo a este, mi blog más querido. Desde hace unas semanas dejé de prodigarle la atención que se merecía, porque otras ocupaciones importantes me tuvieron y me siguen teniendo a su merced. Por eso, como cuando se festeja un aniversario en soledad descorchando un vino añejo y caro, hoy voy a dejar una historia que siempre me gustó y que, dada su extensión, nunca hubiera tenido lugar en este blog. El cuento fue escrito hace, quizás, unos siete u ocho años. El número (5) que acompaña al título indica que se trata de la historia número cinco de una saga del cangrejo, un libro que siempre quise escribir, cuya idea está muy cerrada, y que sólo tiene, por el momento, seis o siete cuentos de los cuales rescato este y quizás otro más. El tiempo de lectura de lo que sigue puede estimarse en unos veinte minutos. Demasiado tiempo. Por eso, les agradezco a los que hayan leído hasta aquí. No me ofenderé si no me acompañan a beber el resto de la botella. Salud ]

Nos hemos preparado durante años para establecer la comunicación con el Animal. Supe que nos habíamos entendido cuando dejó de funcionar mi estómago. La comida no tenía ningún sabor; era como papel y me repugnaba. Y sin embargo el aire fresco y el olor del agua eran para mí como alimentos. No morí: el Animal había decidido sostenerme. Dejé de ser un heterótrofo gracias a él. A mi lado algunos se morían entre dolores espantosos. A veces yo les daba vino, que entre nosotros está prohibido, para que se durmieran y no vieran su propia agonía. Sus dolores aumentaban y por momentos me daba miedo de que mi Animal me abandonara. Entre ellos había una palabra que repetían. “Cangrejo”, decían en las desesperadas conversaciones que antecedían a los dolores fulminantes Todos los que tenían un cangrejo se murieron. Yo también. Pero mi Animal, que sin duda no era un cangrejo, me sustentó con su propia vida.

La única promesa de salvación que poseíamos era esa: la de envolvernos en nuestro interior hasta formar un ser único con nuestro Animal. El animal crece a expensas de nuestra sangre. Luego invade la sangre, invade los huesos y si uno no se contacta, si uno no lo ama lo suficiente, el animal crece sin comunicarse y mata.

Las causas del Cangrejo y del Animal son múltiples. Algunos dicen que estamos en un planeta radiactivo, que ello provoca que en nuestro interior crezcan Animales. Todos estamos condenados a morir por el Animal que tarde o temprano llevaremos dentro. Así pensaban los primeros colonos, los que llegaron del Sistema Primario, donde está la cuna de las razas prohumanas. Los prohumanos que llegaban de la Tierra conocían animales externos y los dividían en géneros y especies. Una vez me mostraron una foto de un animal marino que caminaba hacia los costados, poseía pinzas, vivía en cuevas en el lodo y tenía sesenta y cuatro patas. Eso es un animal para un habitante del sistema primario: un ser que vive afuera, que se mueve y que comparte con los prohumanos un tronco evolutivo. Me cuesta creer en un planeta en el cual los animales abundan y proliferan. Creer que hayan existido seres autónomos que vuelan, o animales nadadores marinos cien o doscientas veces más grandes que un prohumano han sido para la mayoría de nosotros nada más que fantasías míticas.

Hace unos cinco años éramos más de sesenta. Hoy apenas sobrevivimos seis, y no gracias a nuestros propios medios, sino a los medios del Animal que llevamos dentro. Manax es el que tiene el animal más rezagado. Todavía le funcionan todos los órganos, aunque debilitados por la radiación. Corna, Banda, Luira y Chen Yong tienen sus Animales tan crecidos que ya han perdido contacto con el mundo. Y en el medio estoy yo. Todas mis funciones corporales se han detenido. No respiro, no duermo, no pestañeo. Tiempo atrás dejé de comer para siempre, y no conozco la salivación: mi lengua es una áspera y reseca masa de carne ennegrecida. Apenas si necesito del contacto con el agua. El Animal late por mí, reemplazando al corazón que dejó de funcionar y que sin duda ya ha sido atrofiado. Sin embargo mi sistema nervioso y mi capacidad motora no fueron bloqueados. Puedo caminar, usar mis manos y mi cuerpo y pensar libremente. Y sé que pronto será la hora de establecer el contacto definitivo.

Manax sigue siendo un hombre en todo sentido. Su Animal es apenas un bultito. Un bulto demasiado pequeño. Por ahora no es más que un tumor maligno como el que hemos tenido todos en la primera fase. Lo preocupante de Manax es que un tumor maligno todavía no ha sido diferenciado. Un tumor maligno puede convertirse en un Cangrejo agresivo, que crece hasta devastar el resto del cuerpo y no permite que la mente de su anfitrión haga contacto con él. O bien, por el contrario, puede convertirse en un Animal que necesita de la fusión con el hombre para crecer y llevar una vida fructífera.

Manax es quien más sufre su condición humana. Todavía tiene necesidades, hambre, sed y sueño. En un planeta hostil como el nuestro, ser plenamente humano equivale a llevar una existencia de prolongado sufrimiento. Yo le recomiendo que no coma demasiado: ya sabemos que algunos alimentos provocan que el tumor maligno degenere en Cangrejo. Fumar o tomar alcohol también son errores. Pero la mayoría de las veces me abstengo de señalarle lo que debe hacer: él tiene una secreta envidia de todos nosotros. Sabe que Corna, Banda, Luira, Chen Yong y yo vamos a llegar a la fusión completa. El no sabe aún si va a morir antes. Y para peor cada día que pasa sus órganos se deterioran más. Si su tumor no decide alimentarlo y sostenerlo, pronto va a morir por exceso de radiación.

Corna, Banda y Luira han perdido casi toda forma humana. Han llegado a una comunicación tan completa con su Animal, con su enorme tumor, que pudieron fundirse con él. Sin embargo todavía no están en la cúspide. En un rincón de la sala de Guardia, inmóvil y helado desde hace treinta años, está nuestro General. El primero en descubrir la fusión con el tumor. Chen Yong, conocido como El Inmóvil, el Buda. Su estado es el de un perfecto nirvana. Vive en una comunión extática con su Animal, lograda después de cientos de horas de meditación y contacto puro con su profundidad tumoral.

Cuando hace doscientos años la primera colonia de nuestros antecesores llegó a este planeta, no se percató de la enorme radiación que iba a tener que soportar. En realidad sólo fue revelada muchos años después, cuando comenzaron a aparecer tumores, enormes cangrejos, dolores agudos y vómitos de sangre. Ya era demasiado tarde volver. Eran ochenta mil colonos. En los primeros años de la Colonia se moría de Cangrejo. Nadie, excepto aislados accidentes, tenía otra enfermedad que no fuera el Cangrejo. Y el promedio de vida no superaba los cuarenta años. Para la primera generación de colonos esto fue un escándalo: en el sistema Primario, los prohumanos llegaban a vivir trescientos o cuatrocientos años. Cuarenta años de vida era alarmante. Sin embargo, los pioneros no encontraron una solución y murieron. Sus hijos, y los hijos de sus hijos comenzaron a habituarse a una vida de cuarenta años y a una muerte pura y exclusivamente por Cangrejo. Nadie creía que se podía morir por otras causas: la muerte era un fenómeno bien conocido, que ocurría a los cuarenta años por el crecimiento incontrolado de una masa celular mutada.

Sin embargo desde hace ocho décadas, el promedio de vida disminuyó mucho más. En ciertas regiones, descendió a treinta años. En otras, aunque los datos eran irregulares, descendió a veinticinco y en algunos lugares, a dieciocho. En todos los casos, el Cangrejo, el tumor monstruoso que debía aparecer de manera invariable a los cuarenta años, comenzaba a aparecer mucho antes y mataba ferozmente.

Fue en esa época en la que llegó una segunda colonización desde el sistema Primario. Nadie vio nunca un hombre del Sistema Primario, pero la historia dice que los que venían a colonizar vieron en nosotros a una raza de seres tan distintos a ellos, tan poco antropomorfos, que sintieron horror y se marcharon. Otros dicen que temieron ver reducida su longevidad. De cualquier modo, esa fue la única vez después de la primera colonización, en la que tuvimos contacto con parientes de otro sistema. En medio de ese caos, entre la visita exterior y la disminución del promedio de vida, surgió la idea. El gran fundador, el Maestro Buda. Sugirió que el Cangrejo no era nuestra muerte, sino el pasaje a una nueva vida. Debíamos establecer contacto con esa divinidad que llevábamos dentro. El contacto debía ser un vínculo elemental al principio, luego una comunicación fluida y finalmente una poderosa unión, una unidad mística con el tumor. Muchos, desesperados, acogieron su idea. Sin embargo era necesario un riguroso programa de meditación. Meditar sin descanso y siempre con la misma intensidad. Y meditar tratando de establecer un contacto en cierto modo simpático con el tumor. Muchos lo siguieron, salvo pocos escépticos. Cuando aparecía el tumor, cada cual abandonaba sus tareas, se replegaba sobre sí y meditaba sin descanso. Nadie logró una comunicación certera. Casi todos morían creyendo que efectivamente habían tenido una comunicación con su tumor. Sin embargo esto no pasaba de una plena especulación, una fantasía colectiva creada por el temor de la muerte y por la tan deseable idea de que tal vez no murieran en serio, tal vez el tumor, el enorme y despiadado Cangrejo los acogiera en su lecho. Todo esto ocurría hace unos setenta años.

El promedio de vida seguía descendiendo. Era normal, ahora, que los tumores aparecieran a los veinticinco años. También había casos en los que aparecía mucho antes, a los doce o trece años. La teoría de Buda parecía funcionar a la perfección; todos conservaban el mito y la fantasía de que al morir se contactaban con su Cangrejo en una unión mística plena. Pero algunas influyentes personas escépticas creyeron que todavía no se había llegado a la comunicación con el Cangrejo. Decían que el nirvana aún no había abandonado el plano de la mera teoría. Reunieron en una enorme enciclopedia todo el saber de nuestro planeta, mas una pequeña reseña prehistórica, que habla sobre la colonización y sobre el Sistema Primario (donde está la mítica Tierra), y entregaron sus hijos a un maestro para que los adoctrinara. El maestro era el gran Chen Yong. Él fue el primero en establecer el contacto con el tumor. Su teoría era más completa que la del Buda anterior; no bastaba una comunicación mental, debía haber una unión orgánica en la base de la comunicación con el Cangrejo. Entonces, establecida la unión, el cangrejo no trataría de matar a su anfitrión y ambos crecerían y se desarrollarían en un universo íntimo de meditación. El gran Chen Yong perdió el habla muy pronto y muchos de sus alumnos no llegaron a aprender nada de él. En muy poco tiempo dejó de tener funciones orgánicas y su tumor lo invadió por completo. Se convirtió él mismo en su tumor. Durante años fue una masa inmóvil arrojada sobre la alfombra meditante de la Sala de Mando. En esos tiempos, hace aproximadamente veinte años, se detuvo el proceso reproductivo. Los seres humanos no podrían procrear, y los pocos que quedaban estábamos condenados a una muerte segura. La teoría de Chen Yong, más que un ejemplo, fue una necesidad: o la fusión completa con el tumor, o la muerte despiadada. Nadie hasta ahora, excepto nosotros cinco, ha logrado tal estado de concentración.

Fuimos siendo cada vez menos. El estado nirvánico de Chen Yong era una esperanza fortuita y demasiado improbable. No sabíamos de ningún caso como el de él. Sin embargo, en los últimos tres años, cuando ya quedábamos unos cincuenta, Banda entró en el estado de Chen Yong. Y al poco tiempo, Luira siguió su camino. Ellos dieron fuerza y entusiasmo a los últimos sobrevivientes. Pero a pesar del mayor de los esfuerzos, de la más íntima concentración y las más profundas meditaciones, no se pudo aplacar al resto de los Cangrejos. Todos -excepto nosotros- se fueron muriendo. Hace muy poco murió el último de los desgraciados. Hace muy poco dejamos de escribir la historia en nuestro planeta, una historia de la cual estoy haciendo sus últimas líneas.

Sin embargo, ¿cómo podemos saber si esa supuesta “fusión con el tumor”, ese extraño estado en el cual el hombre se une con la causa de su muerte, no es más que una alteración misma de ese tumor, una especie de mutación especial que nos va matando de alguna manera todavía desconocida?. En realidad no lo podemos saber, pero es parte de la esencia de nuestra filosofía: no importa a qué clase de vida nos vemos arrojados: nuestro ideal es Chen Yong y ese estado tan poco humano que hemos llamado anantropomorfía. Eso, o la muerte definitiva, o la larguísima agonía.

Hoy fue una tarde gris y ventosa. Estuve con Manax. Desde que los pólea han quedado abandonados, todo lo que él hace es controlar los generadores eléctricos y buscar provisiones en los almacenes generales para alimentarse. Y también, por supuesto, se pasa horas leyendo y releyendo la Prehistoria de la gran Enciclopedia. La Prehistoria es la parte más rica de la historia de nuestro planeta. Confío en que estas mismas páginas en algún momento formarán parte de una Panhistoria, una historia que forme parte de todas las bibliotecas de las razas prohumanas de cualquier sistema.

La Prehistoria nos cuenta que el prohumano antes era mamífero, es decir, precisaba de una hembra, un ser desde todo punto de vista invertido, para reproducirse. Se nos cuenta, además, que este ser satisfacía la actividad de ciertos órganos. Dice la Enciclopedia, además, que la sola visión de una hembra provocaba en el ser humano un profundo estado de alteración mental y una intrincada sucesión de reacciones fisicoquímicas. También se habla del homúnculo, el pequeño hombrecito que las hembras podían llevar dentro de sí y que era la base de la reproducción humana, antes de la aparición de los bancos. Es curioso: las hembras llevaban un hombrecito dentro, de la misma manera que nosotros llevamos un tumor.

La parte de la Enciclopedia que habla de la Prehistoria nos cuenta de un lugar en el que los prohumanos vivían ochocientos o novecientos años. Un planeta creado en solo siete días, disponiendo de tecnologías que nosotros alguna vez tuvimos y hemos perdido. Era un planeta cubierto de alfombras verdes y de seres vivos productores de alimentos. Manax y yo debatimos acerca de los tomos que hablan de la prehistoria. Entendemos por qué los gobiernos de aquí prohibieron su lectura: infundía en la población deseos de reposo y reproducción que ya no podían ser satisfechos. El tomo veintiocho de la enciclopedia, el que muestra detalladamente los pasos de la reproducción prohumana, ha sido suprimido, y en los últimos diez años nos ha sido imposible conseguirlo. Creo haber visto alguna página coloreada de ese tomo, alguna vez, si no me equivoco. Algo relacionado con muchos líquidos de distintos colores y seres en cuatro pies.

Manax continúa buscando aún el famoso tomo veintiocho. Se le ha ocurrido que en alguna de las salas de la antigua Presidencia es posible encontrar alguna pista. Pero, excepto por un incontable número de expedientes y noticiarios, no ha podido dar con ningún rastro del tomo. Hoy hemos discutido el asunto y yo he llegado a la conclusión de que ya no existe ningún tomo veintiocho. Él tiene la esperanza de que sí, de que si no desconoce la naturaleza humana, la desaparición de algo tan interesante no puede ser absoluta. La raza prohumana, dijo Manax, desde tiempo inmemorial se ha traicionado a sí misma cada vez que ha querido eliminar aquello que produce el mayor deseo. Yo le dije que cuando un gobierno se propone seriamente la destrucción de una determinada fuente de información, es muy probable que lo logre. Aduje en esos casos lo que había leído en la enciclopedia, tomo noventa y seis, con respecto a ese suceso en la Tierra, en el cual los hombres habían decidido que los animales eran perjudiciales y habían eliminado a todos de la faz del planeta. Entonces él me replicó que mi escepticismo era la prueba de que estaba perdiendo mi humanidad. Me dijo -con una ingenuidad que despertaba mi furia- que mi tumor estaba haciendo que perdiera uno de los rasgos propios del ser prohumano: la capacidad de pensar posibilidades improbables.
Siguió hablando, pero lo interrumpí con un chillido de rabia, un chillido baboso que salió de mi boca, de mi pecho y de una negra fisura en mi estómago, y luego intenté matarlo. El se retiró espantado y creo que ya no voy a verlo de nuevo. Después estuve durante varias horas afligido, pensando en sus palabras, creyendo que en realidad esta supuesta fusión con mi Animal no es más que una transformación profunda que habrá de convertirme en algo así como un monstruo cuya vida será una eterna e intolerable tortura. Por suerte, ya en soledad, el Animal me reconfortó. Me dijo que no importa cuán monstruosa se volviera la vida mientras siguiera siendo vida, y me señaló las ventajas de una existencia en la cual él es el amo y yo soy el eterno esclavo, el sometido que va siendo cada vez más pequeño, hasta desaparecer en la completa fusión.

Hoy ha venido Manax nuevamente. Dice que no puede soportar la soledad, que necesita conversar con alguien y que desde hace tiempo necesita la presencia de algún prohumano. Yo le comenté de mi disgusto por la conversación de ayer. Le dije que no quería dejar de ser prohumano. Él me dijo que mis actitudes eran muy agresivas e indiferentes, y que yo tenía un trato más profundo con mi tumor que con él. Cuando me quiso explicar esto lloró y se tapó la cara con las manos. Hacía años que no veía llorar a alguien. Entonces me sentí conmovido. Traté de llorar con él, pero no pude. Desde hace tiempo el interior de mi cuerpo está seco, y las lágrimas son un lujo que mi riguroso nuevo cuerpo no puede darse. Lo abracé un momento, diciéndole que su existencia era una joya, algo tan especial que este planeta no merecía. Él estaba de acuerdo con eso y creo que por eso lloraba, porque sabía que pronto iba a morir como habían muerto todos los hombres. Siempre supe que él tenía una gran envidia de nosotros, los que habíamos logrado la comunicación con nuestro Animal. Sin embargo, esta vez yo lo envidié a él. Él es el último verdadero prohumano sobre la faz del planeta. Nosotros, incluido el gran Chen Yong, somos títeres de nuestros implacables tumores.

Hace unos minutos nuevamente se acaba de ir Manax. Hoy ha venido con una renovada esperanza. En realidad, cada día que pasa lo noto más ojeroso y encorvado. La radiación está haciendo en él un efecto demasiado cruel. Sólo se preocupa por encontrar comida (no sé por qué le ha dado por buscar dulces y pasteles en los almacenes de la póleos) y por buscar algún ejemplar del tomo veintiocho. Sé que hay algo que me oculta, que en ese tomo él espera encontrar una secreta respuesta. Yo en vano trato de apagarle su ánimo, diciéndole que ya no tenga esperanzas, que se prepare para la gran comunicación con su tumor. Hoy me dijo, para sorpresa mía, que el tumor ha ido creciendo. Me mostró la parte de abajo de su esternón: hay un bulto significativo. Le di algunas instrucciones sobre cómo debe entablar una comunicación con él para que no se vuelva Cangrejo. Él me contestó que tiene sus propios métodos y que no me preocupara, que su tumor no va a ser un Cangrejo, sino un Animal como corresponde. Me gustó tener esa conversación entre camaradas. Por primera vez sentí que Manax era de los nuestros, que no en vano había sobrevivido al resto de los prohumanos. Sin embargo todavía subsistía mi sospecha de que me estuviera ocultando algo. Sé que no buscaba el tomo veintiocho por una simple curiosidad, sino porque había algo en ese tomo que él debía saber sin que yo me enterase. Toda esta tarde, desde que se fue Manax, me sentí perdido. Tenía una extraña necesidad de contacto con prohumanos. Traté de entablar una comunicación con mi tumor, pero él no pudo decirme las palabras que necesitaba. Me cobijó con un manto negro, como una cálida frazada, pero no pudo calmar la fría y seca tristeza que me transmitía el cielo eternamente fucsia. Entonces fue que me abracé a Luira, ahora convertido en un gran bulto negro, mi querido amigo y camarada, que estaba en un estado un poco más avanzado que yo, y así estuve en una angustiosa inmovilidad durante horas. No sé si eso fue llorar. Sé que si hubiera tenido lágrimas las hubiera vertido y que si hubiera podido gemir lo hubiera hecho. Sin embargo fue el llanto más macabro que conocí. Un llanto silencioso y sin lágrimas, frente a mi amigo Luira en estado de Nirvana y con un espejo a mis espaldas que todo el tiempo me reflejó inmóvil y ojeroso y con el rostro duro, encorvado y cada vez más oscuro.

Manax me ha dicho hoy que ya no parezco prohumano. Dice que desde la última vez que me vio, hace unas semanas, he cambiado de manera sustancial. “No has establecido la comunicación adecuada con tu tumor”, me dijo, acariciándose el suyo, cada vez más crecido. Yo le repliqué que me estaba volviendo pequeño, anantropomorfo y de piel oscura, como el gran Chen Yong. Él me dijo que Chen Yong era un fraude. Me dijo con gran seguridad que él iba a establecer la verdadera comunicación con su tumor. Mi tumor se rió por mí. Yo me reí de alegría, al saber que mi tumor reía, descreyendo de Manax. Manax dijo que la comunicación que había establecido con su tumor tenía algo de milenario, algo de profundamente sustancial y me preguntó si mi tumor podía transmitirme una sensación así. Entonces mi tumor contestó por mí. Dijo que no tenía necesidad de transmitirme más que las sensaciones necesarias. Que un tumor no debe ser demasiado complaciente con su anfitrión humano y que la complacencia es signo de debilidad. Manax dijo entonces algo muy fuerte. Mi tumor entonces se replegó y no ocupó mi lugar. Entonces yo escuché las increíbles palabras y tuve que hacerme cargo de la respuesta. “Encontré el tomo veintiocho”, fueron las palabras que mi tumor se rehusó a escuchar. Entonces le pedí explicaciones a mi tumor, a mi hermoso y paternal Animal que me guiaba en mi supervivencia. Manax repetía: “encontré el tomo veintiocho”. Yo tragué saliva por primera vez en mucho tiempo. Escuché entonces, sin poder replicar, lo que Manax tenía para decirme.

“El tomo veintiocho habla sobre la reproducción humana antes de la invención del Banco. El Banco termina con las posibilidades de supervivencia autónoma de las razas prohumanas. Antes del Banco, las razas prohumanas eran capaces de lograr una autorreproducción automática. Pero para ello necesitaban de hembras. Las hembras o, mejor dicho, la diferenciación sexual, fue eliminada mucho antes de la Primera Colonización. Los colonizadores no sabían nada de reproducción de razas. Tenían un reproductor, un Banco de prohumanos que cada tanto activaban y con él se dedicaban a la Reproducción. El banco fue destruido hace unos treinta años, más o menos en la época en la que el gran Chen Yong logró su primera comunicación.

“Antes de los bancos estaban las hembras, que pertenecían a una especie inferior a las prohumanas. En la Tierra se las llamaba mujeres, y casi no han recibido otra denominación en otros planetas del Sistema Primario. Los hombres tenían un objeto con el cual penetraban a las mujeres y les provocaban la reproducción. Entonces la mujer criaba un homúnculo y luego hacía aparecer a un hombre”.

Le pedí que me mostrara el tomo. El tuvo recelos al principio, pero finalmente me lo entregó. Entonces leí la parte en la que hablaba específicamente de la reproducción en la época prehistórica. Busqué una fotografía impresa en el tomo, la fotografía que yo había visto cuando tenía cinco o seis años. “Algo relacionado con intercambio de fluidos”, era todo lo que recordaba. Entonces encontré la foto. La foto impresa, aquella que había visto hacía unos cinco o diez años. Mi desilusión fue profunda. Eso que tenía ante mis ojos era una hembra, una hembra de las que se suponía que provocaban una alteración mental y una complicada alteración fisiocoquímica en los hombres. Sin embargo por primera vez le creí a Manax aquello de que mi tumor me estaba haciendo perder la humanidad: no sentí por esa hembra más que asco. Un asco repulsivo ante esos senos que colgaban de su pecho. Realmente, debo admitir aún ahora, después de haber meditado sobre la belleza de una hembra, dónde podía estar ese encanto del que hablaban los prohumanos prehistóricos cuando veían a uno de esos obesos seres vestidos de cuero, con cuatro o cinco estómagos, que corrían en cuatro patas y que hacían un largo e interminable “muuuu” cada vez que un hombre establecía contacto reproductivo con ellos.


Manax ha venido nuevamente esta tarde. No lo recibí con mi buen humor de costumbre. En realidad estamos de acuerdo en que yo, a pesar de que conservo mi motricidad intacta, ya estoy perdiendo todo rasgo prohumano. Un poco en broma lo amenacé con comérmelo si no dejaba de molestarme. Él me dijo que estaba dispuesto a formar una nueva raza de seres tumorales. Una raza en la cual los tumores no dejaran de ser prohumanos. Le dije que eso era imposible, siempre y cuando, desde luego, no estuviera dispuesto a que su tumor se convirtiera en Cangrejo y lo devorara. Él me dijo que el tomo veintiocho guardaba un mensaje que yo ya no podía comprender. Yo le contesté que mi comprensión iba más allá de la simple comprensión prohumana. Era mi entendimiento más el entendimiento de un tumor inteligente. Le dije que mi tumor ya me estaba absorbiendo y que el estado de Chen Yong ya era mi próximo paso. Él puso una cara de infinita compasión y se limitó a decir : “sí, claro”.

Hoy estuve cerca del santuario de Banda. Banda fue uno de los últimos en establecer su contacto con el tumor. Estuve cerca de su cuerpo ahora informe y negruzco, hecho casi una bola, desnudo sobre la sala de cocina del puerto. Sé que hace un tiempo latía, que un costado de él era como un corazón gigante que reemplazaba a su antiguo corazón humano. Sin embargo hoy descubrí que no hay nada en él que indique su supervivencia. Su cuerpo tumoral se ha convertido en un esqueleto cubierto de telarañas. Con horror lo miré, y por todos lados se nota que ha muerto. Su tumor, después de establecer contacto con él, lo abandonó. Por primera vez pensé en las palabras de Manax, aquello de que la filosofía de Chen Yong es un piadoso fraude. Entonces, con una profunda desesperación –y por primera vez, con la certeza de que era mi corazón el que latía y no el corazón de mi tumor- fui a la sala de mando, donde se encuentra el inmóvil y pétreo cuerpo de Chen Yong. Era una masa de hielo inmóvil. Quise comunicarme con él, del mismo modo que me comunico con mi tumor, pero no pude. Entonces tomé una estaca y comencé a picar el hielo que cubría su cuerpo.

La desolada verdad estaba ante mí.

Durante treinta años habíamos adorado a un muñeco de plástico.

El gran Chen Yong, el mito de salvación de los prohumanos había muerto hacía mucho tiempo, apenas unos meses después de que las ricas familias lo contrataran como tutor de las nuevas razas. Entonces alguien decidió reemplazarlo por un muñeco congelado, un símbolo mítico refugiado en la sagrada sala de mando. Entonces ese alguien decidió que Chen Yong fuera el cultor de la única esperanza, la esperanza de comunicarnos con la más agresiva de nuestras muertes. No existía la comunicación con el tumor. El Budismo, el Nirvana, eran metáforas de una existencia superior que nos estaba vedada. Chen Yong era una profunda mentira que en las postrimerías de mi muerte yo estoy destinado a descubrir.

Durante varios días traté de llorar mi desgracia y la profunda envidia que tenía de Manax, todavía completamente prohumano. Sin embargo a él también le creía el tumor. Un horrible tumor en el estómago, que le deformaba los músculos y manipulaba el morfismo de su cuerpo a su antojo. Me alegró saber que él iba a morir como humano, con su terrible Cangrejo a cuestas. Yo, sin embargo, a pesar de que Chen Yong no sea más que un fraude, he establecido un auténtico contacto con mi Animal; mi Animal me induce a que crea en él como en una tercera persona. Se lo he hecho saber a Manax y él me contestó con una sonrisa condescendiente.

Su estómago creció tanto que hace unos días me sorprendió.

De allí dentro, de su estómago tumoroso, salió otro ser prohumano.

Manax se reprodujo de manera automática, como hacían los prehistóricos. De su cuerpo salió un homúnculo, un hombre pequeño que lloraba sin consuelo. Sé que lo miré sorprendido y él hizo una adorable mueca de satisfacción antes de morir desangrado. El homúnculo lloró durante horas y yo no supe qué hacer con él. Por suerte murió antes de terminar el día. Entonces pude por fin replegarme en mi completa interioridad.

Desde que estoy compelido a esta vida de absoluta interioridad me siento cada vez más caliente, más pequeño y oscuro. Mi propio cuerpo, mi humanidad de carne débil se cuece a treinta y seis grados y medio. Es como estar cubierto por frazadas, a salvo del frío y de las ferocidades de la vida: esta es otra vida. Una vida negra.Una existencia en una noche movediza y febril que se alimenta sólo de aromas e imágenes amorfas. Soy como una verruga que se quema. Siento el calor y el olor carbonizado que desprendo con mi combustión y hay un placer casi adictivo en olerme. Ahora, con estas nuevas facultades que he adquirido, envolventes, que me protegen del afuera y de alguna funesta interioridad de mi antiguo yo, me reconozco como el Animal auténtico. El Animal es el que se mueve y el que está empezando a vivir en mí y sin mí, y yo lo dejo.

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Una visita a mis mayores

Posted by jorgemux en febrero 22, 2008

Mi árbol genealógico es un torturado laberinto de enfermedades inverosímiles. Desde hace cuatro generaciones, el material genético que corre por mis venas se ha venido enrareciendo; contaminándose con otras sangres de contenido nefasto. Una breve ojeada por las ramas de mis ascendientes me sirve para especular sobre el futuro. Sobre ese futuro que no es mío, que no he elegido, pero que está escrito en cada célula de mi cuerpo.

Veamos.

1.

Un retraído y muy enfermizo tatarabuelo paterno, muerto a los cuarenta y cinco por una imprevista crisis epiléptica. Su esposa, mi tatarabuela, muerta a los noventa y ocho. Durante los últimos setenta años de su vida soportó de parálisis invasiva en los brazos. Tuvo breves ataques de una enfermedad no diagnosticada que bien pudo ser psicosis. Por la parálisis, no pudo hacer las tareas de la casa, ni cargar a sus cinco hijos. Uno de esos hijos fue mi bisabuelo. El bisabuelo, a pesar de todo, creció sano y fuerte. Se hizo investigador de los secretos del mar y a los veinticuatro se casó con mi bisabuela. A los treinta se recluyó en un galponcito al fondo de la casa y ya no volvió a salir. Hoy diríamos que tenía esquizofrenia. Murió a los cuarenta y siete años. Sus hermanos –dos varones y dos mujeres, cuyos nombres no constan en la memoria de los últimos eslabones de esta vaga cadena- padecieron de suertes heredadas: tuvieron esquizofrenia y psicosis, respectivamente. O ambos, los cuatro. Ninguno de ellos vivió bastante, y sus breves existencias –imagino- transcurrieron entre delirios horrendos y desollados gritos en mitad de la noche.

Y, ¿qué venía sucediendo por el lado de mi madre? Veamos. No tengo registro de mis tatarabuelos, pero sí de bisabuelos: la nona padeció las secuelas de un virus que había contraído de joven: era sorda. Pero eso no me interesa, porque su sordera no era genética. A los cincuenta años, más o menos, se le cayeron todos los dientes y comenzaron a disolvérsele algunos cartílagos. Su nariz era como la de un boxeador, y sus inútiles orejas pendían como colgajos purulentos. Mi bisabuelo no perdió el tiempo: a los cincuenta y seis, después de un breve período de depresión, se suicidó tirándose de un barranco. Sus hijos –mis abuelos y tíos abuelos- padecieron toda clase de males mentales: depresión, oligofrenia, esquizofrenia y psicosis. Y muchos males físicos: piernas frágiles; problemas de coagulación en la sangre, repentina e inexplicable ceguera temporal, dolores de cabeza que se prolongaban por meses, teratomas.

Pero aun no he llegado a la parte de las enfermedades raras. Parece ser que los caminos genéticos se fueron confundiendo a medida que nos acercamos a mi generación. Parece que el entrecruzamiento de la información venenosa de los genes; su vampírica necesidad de manifestarse con una enfermedad devastadora, había sido encauzado por un lugar paradójico. Si he de creer en las historias que contaba mi padre, uno de los hermanos de mi abuelo tenía poderes mentales, y otro tenía un brazo súper desarrollado con el que hacía tareas de fuerza sobrehumana. Y tampoco ahora he contado enfermedades. Veamos por el lado de mi madre: mi abuela vivió –y vive aún- insomne. Es decir, no pega jamás –absolutamente nunca- un ojo. Mi abuelo cargó con la misma cruz de su padre y de su propio abuelo: gigantismo y demencia progresiva.

Y ahora más cerca: mi papá tiene lagrimales en las orejas; cada tanto se le forman membranas entre los dedos de los pies –como a un pato-; sus divertículos intestinales merecen aparecer en el libro Guinness y la piel se le cuartea hasta caérsele de una sola pieza, como si fuera un reptil. Los hombres anormales tienden a casarse con mujeres anómalas –de otra manera, habrían permanecido solteros-, así que mi madre lo acompaña en sus extravagancias: su cabello es verdoso –pero se lo tiñe de negro-; la última falange de sus dieciocho dedos se le cayó como un diente de leche cuando era muy chica y a veces, sin darse cuenta, construye sus frases con las letras de atrás hacia adelante, porque padece de una afección mental congénita y temporaria llamada pisolexia. Además, coqueteó con la depresión y la esquizofrenia.

Pero el cóctel más extraño y más sutil todavía no había sido preparado.

Para probar ese brebaje genético, debemos tomar por otro ramal y llegar hasta el punto culminante: mi primo Mario.

2

Mario tuvo grandes problemas desde su infancia por culpa de un exceso de imaginación. Era un niño sano, pero tenía la muy mala costumbre de inventar historias imposibles y creérselas. Quienes lo conocían por primera vez, pensaban que sus mentiras eran un juego bien elaborado. Pero con el tiempo se daban cuenta de que él vivía dentro de ese juego. Por esta razón, desde edad muy temprana mis tíos lo enviaron a un psicólogo. Siempre fue un niño pálido y enfermizo, como yo. Toda su infancia, y gran parte de la adolescencia, la pasó deambulando entre licenciados que le hacían preguntas sobre su vida. Como yo. Lo que más escandalizaba a mis tíos era la concisa respuesta de cada uno de los profesionales: el chico no tiene nada.

Hasta aquí, tenemos a un niño sano. Un niño sano que porta, padece y manifiesta la enfermedad más rara y sutil de la familia. Una enfermedad que sólo pudo descubrir una estudiante de literatura.

El chico se hizo grande. Y Mario, ya grande, con veintipico de años, fue testigo de un asesinato. No era el único testigo, así que fue citado a declarar junto con otras personas. Esa mañana fría de mayo lo acompañé al juzgado. De acuerdo a ciertos informes preliminares, no había duda de que el asesinato se había perpetrado con un cuchillo, en mitad de la calle, a causa de una riña a la salida de un local bailable. Pero Mario declaró lo que había visto: no hubo un asesinato. No recuerdo exactamente la extensa declaración de Mario, pero en esencia se decía algo como esto: la supuesta víctima jamás fue agredida: ella, en realidad, comenzó a flotar despacio, en mitad de la noche, y se fue alejando lentamente. Una nave espacial con forma de botella de Coca Cola la vino a buscar en el aire y luego, en Miami, fueron a la playa – la víctima y él, mi primo Mario- a buscar cangrejos peludos en la arena.

Los oficiales tomaron nota en silencio, pero un abogado que estaba allí presente no pudo evitar una intervención:

– Señor, ¿nos está tomando el pelo?

Mario lo miró enfurecido y se levantó, amagando como para irse. El abogado prosiguió, sorprendido:

– La declaración de los diez testigos concuerda en que el acusado le propinó dos puñaladas a la víctima. Lo que usted dice, en cambio, ni siquiera tiene sentido.

Sin mediar palabra, Mario se fue, ofendido de que no lo tomaran en serio. Por suerte para él, el incidente no pasó a mayores.

Pero Candela, la novia de Mario, pidió una copia de la declaración. Y después de un breve análisis de todo lo que Mario había dicho, concluyó:

– La historia que declaró nos da una pista interesante. Aunque un poco fantasiosa, es coherente y consistente. Excepto en un único punto: un tiempo verbal.

Como siempre me intrigaron los enigmas lingüísticos, le pedí que no me lo dijera. Leí la fotocopia con la transcripción textual y me avergoncé de no encontrar el verbo anómalo. Ella me propuso un juego:

– Si estuviste una vez en una playa, ¿cómo lo dirías?

– Bueno… “estuve en la playa”. – dije, sabiendo que era la respuesta más tonta del mundo.

– Exacto. Ahora mirá lo que dice aquí.

En la clara caligrafía de la fotocopia, la transcripción textual decía: “Y estaba en la playa”. Todavía no lo entendía.

– ¿Por qué estaba y no estuve? La respuesta es muy simple. ¿En qué circunstancias usamos el pretérito imperfecto en lugar del pretérito perfecto?

La respuesta era muy difícil de vislumbrar para mí.

– ¡Cuando se está soñando! Fijate, Jorge, ¿cómo contarías un sueño?: “Estaba en la playa, y venía una botella de cocacola, y nos llevaba a Miami…”. ¡Siempre con el pretérito imperfecto, con los verbos terminados en aba! En otras palabras, cada vez que a Mario lo acusan de tener un exceso de imaginación, en realidad está soñando. Ese solito tiempo verbal fue la pista onírica colada en medio de una declaración judicial.

Y resultó que todo lo que había especulado esta mujer –estudiante de literatura- fue cierto. Después de otros estudios médicos, confirmaron que Mario sufría de prolongadas narcolepsias: se quedaba dormido en cualquier lugar. Pero la narcolepsia se disparaba a la par con un sonambulismo perfecto. Por eso, se dormía mientras caminaba y hablaba, y seguía hablando dormido, caminando con los ojos abiertos, manteniendo un hilo en la conversación, respondiendo, mirando si pasaba un auto cuando llegaba a la esquina, saludando a los conocidos. Ni él, ni sus acompañantes, notaban que se había dormido, porque sus ojos y su estado de vigilia no se alteraban. Pero luego, cuando le preguntaban qué había estado haciendo y de qué había hablado, él no recordaba haber hablado o haber caminado: contaba lo que había estado soñando mientras dormía.

Los médicos predijeron algo muy extraño: Mario tendría ataques de narcolepsia sonámbula cada vez más frecuentes. Hasta que algún día quedaría completamente dormido y completamente ambulante. Es decir: para quienes lo rodearan – e incluso para sí mismo- nada habría cambiado. Pero él, aun siendo el mismo, ya no sería el mismo. Sería una especie de zombie de sí mismo, que, sin embargo, tendría su personalidad y viviría en su cuerpo. Pero el auténtico Mario estaría oculto bajo ese manto aparente; estaría durmiendo un sueño eterno lleno de imágenes oníricas.

3

Esta curiosa historia ha sido una buena manera de evitar hablar de mí. ¿Cómo llega hasta aquí este árbol genealógico? ¿Cuáles monstruos se esconden en mi sangre? ¿Qué nombre tiene la muerte agazapada dentro de mí, cuya voz escucho cada día latiendo en mi corazón? ¿Cuándo se desatará la enfermedad final? ¿Quién vendrá a atacarme a través de las décadas de maleza genealógica? ¿Mi bisabuelo esquizofrénico? ¿Mi abuela insomne? ¿Mi bisabuela sin orejas ni nariz? ¿O tendré la dicha de legarle a mis hijos la posibilidad de padecer una enfermedad nueva, escabrosa, indetectable e incurable?

¿Podrá algún lector perspicaz encontrar el verbo que delata la presencia de mi más absurda enfermedad?

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Hoy comienza la aventura (parte final)

Posted by jorgemux en noviembre 22, 2007

[Este texto sólo puede entenderse bien, si previamente se leen la parte uno y la parte dos]

La jaula estaba cubierta con una tela negra y lo que había en su interior era un misterio para Zingla y para mí. No para el natural instinto felino de Tiziano.

– Sacame el bicho de áhi – gritoneó el hombre, moviendo las manos cómicamente, con la intención no muy determinada de espantar al gato. Tiziano le clavó una miradade odio indiferente y no se corrió del frente de la jaula.

El hombre no se había presentado aun.

– Unas empanadas no me vendrían mal. -dijo, mostrando una sorprendente impertinencia – De jamón y queso, y de humita. No sé dónde las vas a pedir, pero si hubiera de palmitos, yo quiero de palmitos.

– ¿Cuál es su nombre, caballero? – Interrumpió Zingla. – ¿A qué vino? ¿Qué hay dentro de esa jaula?

El hombre se sentó junto a Zingla y se sirvió vino.

– Paciencia, Zingla. Todo a su tiempo.

Me sorprendió que este desfachatado supiera el nombre de Zingla. Por un lado, si realmente el sujeto venía a traernos una información reveladora, no debía extrañarme que ya conociera mucho acerca de nosotros. Por otro lado, todo parecía una obra de teatro montada entre Zingla y él, con algún propósito que todavía no podía adivinar.

– Mi nombre es Carlos Bellabarba. – tomó un trago y luego se pasó una mano por la barba, secándose precariamente las gotas de vino que le habían resbalado por el labio- ¿Verdad que es bella?

Pedí las empanadas (cuatro de palmitos, dos de humita, seis de carne, seis de jamón y queso) y cenamos. Durante la cena, Bellabarba sólo se dedicó a comer como un desaforado, a tomar vino casi sin control y a hacer comentarios irrelevantes y fastidiosos. Su forma de sorber el vino haciendo ruido y babéandoselo, dejando surcos rojizos en la barba gris, me daba una enorme repugnancia. Zingla lo estudiaba, mirándolo en silencio y asintiendo parcamente ante las continuas estupideces. Tenía un horrible discurso fascista, al que parecía querer atenuar con expresiones jocosas. En un momento comenzó a hacer una comparación (para él divertida e ingeniosa) entre los “negros de mierda” y los “negros de color”. Por suerte, Zingla se encargó de apurarlo con cierta impaciencia.

– Bueno, Don Bellabarba, ¿no le parece que tiene algo para decirnos?

Bellabarba lo miró divertido y desconcertado. Parecía que no entraba en su cálculo eso de que lo interrumpieran.

– Le estoy diciendo, caballero, que un blanco puede ser un negro de mierda. ¿Usted me oye o no me oye?

Me estaba dando miedo eso de que una revelación importante dependiera de una persona tan chabacana y volátil.

– Le oigo, Bellabarba. Ahora quiero que ya no hable más sobre esto, y que nos cuente a qué ha venido. -insistió Zingla.

– Hombre impaciente. Bueno. ¿Están preparados para conocer la verdad?

Tuve que suspirar con fastidio. Me seguía doliendo la cabeza y más que nunca quería acostarme. Ya era medianoche.

– Como era de esperar, yo publiqué esos extraños avisos en el diario. Los avisos no predicen el futuro, lo dictan.

– Misterio resuelto – dije, con algo de sarcasmo- ¿Puedo ir a dormir?

– ¿Cómo es que dictan el futuro? – preguntó Zingla.

Bellabarba se quedó pensativo, como si lo hubiesen puesto en un repentino aprieto. Pensó un par de minutos, hizo gestos y balbuceos al estilo “ya encontré las palabras justas”, pero sólo emitió sonidos inarticulados seguidos de “no, no es así”.

– Mejor preparo café. -dije.

– Las frases dictan el futuro. -soltó, finalmente- Es decir, le dicen al futuro lo que tiene que hacer. ¿Me explico?

– Se explica, caballero -acotó Zingla- Lo que no se explica es cómo hace para dictar el futuro.

– Vamos por partes – dijo Bellabarba. Luego hizo un largo silencio interrumpido por balbuceos. – ¿Oyeron hablar del Golem?

– ¿El Golem? ¿El hombre de barro?

– El hombre de barro, sí, sí señor. -Bellabarba adoptó una actitud de profesor importante y preguntó- ¿Qué tiene de especial ese hombre de barro? ¿Por qué se vuelve hombre?

Zingla pensó un momento.

– Se le otorga vida.

– ¿Y cómo se le otorga? – Bellabarba preguntaba con suficiencia y altanería.

– Mediante la palabra. – dije, desde la cocina.

– Bueno, aquí está lo que tengo para decirle. Mux, venga acá, deje el café, carajo. Venga. Mire: usted es un golem.

– Qué bien – contesté mientras preparaba las tazas.

– Usted es un ser de naturaleza golémica. Si no fuera por las frases que publiqué, año tras año, describiendo cómo iba a ser su vida, usted no habría existido.

Reconozco que esa afirmación -de una profundidad inusitada, teniendo en cuenta que la estaba profiriendo un hombre de personalidad ramplona y pedestre- me hizo temblar el pulso.

– Señor Mú – úx – gritó Bellabarba, canturreando jocosamente y ahuecando la voz con las manos- Venga para acá – á. Gó – lem, venga para acá – á.

Lo odié. Llevé las tres tazas a la mesa con la indecisa determinación de arrojárselas a la cara.

– Escúcheme, caballero. -inquirió Zingla- Lo que dice es confuso e increíble. ¿Podría aventurar alguna justificación mejor? ¿Cómo es que usted tiene acceso a palabras que dictan el futuro? ¿Por qué las publica año tras año? ¿Qué es exactamente lo que le lleva a hacer esto?

Bellabarba se empinó el café de un trago. Un poco de la espesa borra le quedó patinando por la barba, sin que se molestara en limpiarse.

– Toda mi vida estudié las muchas maneras que se practicaron en la historia de la humanidad para fabricar a un hombre. Puse en práctica todas ellas. Pero la única que funcionó fue esta: publicar anualmente una serie de frases cuya concatenación tiene un sentido. Esas frases deben hablar sobre el accionar de un sujeto en el mundo. Se supone que las frases abren y cierran el curso de acción de alguna persona. Justamente, se trata de una persona que nacerá el día en que se publica la primera frase. Todas las decisiones que tome en su vida, están marcadas por esas frases.

– A ver – dijo Zingla, negando con la cabeza – Usted quiere decir que el señor Mux no habría existido, de no ser por esas frasecitas del diario.

– No, lo que yo digo -contestó con prepotencia- es que Jorge Mux habría tomado otras decisiones en su vida, de no ser por lo que le dicté año tras año en la publicación del diario. No es exactamente lo que se entiende por un gólem, pero es lo más parecido.

– Los gólems no tienen espíritu, suelen ser bastante idiotas y no pueden hablar -acoté

– ¡Igualito a usted! -dijo Bellabarba riendo y ganándose definitivamente mi rencor. – No se ponga así, hombre. Es un chiste.

– Bueno. A ver – insistía Zingla. – Pongamos algunas cosas en claro. ¿Usted puede publicar cualquier cosa, con la condición de que sea un poema con sentido, y esa publicación sea anual?

– Claro que no. ¿Para qué traje la jaula?

– Claaaro, la jaula – dije, con sarcasmo.

– Las palabras no las digo yo. Las dice un loro.


Bellabarba sacó la tela negra que cubría la jaula y nos enseñó a su mascota. Un enorme y hermoso loro verdiamarillo.

– Los loros, como usted sabe, aprenden el lenguaje humano. Repiten lo que oyen. Pero, de vez en cuando, hay ciertos loros que pueden construir frases con sentido que jamás habían escuchado. No todos pueden hacer esto. Incluso hay que estar muy atento: cuando lo hacen, cambian de voz. Una voz gutural, gruesa, de ultratumba. Como si no fueran ellos los que hablan. Este lorito, Mux, dictó su vida punto por punto. Dice varias frases por año. Yo me encargué de seleccionarlas y publicar sólo la frase que, según creo, es golémica.

No pude evitar reírme ante tantos absurdos.

– Ríase nomás, que le va a venir bien. Desde siempre los loros fueron considerados seres que tienen contacto con el más allá. Algunos loros dicen frases de personas muertas a quienes jamás han escuchado. Otros resuelven complicados cálculos matemáticos y ayudan a científicos a elaborar hipótesis empíricas de una complejidad inhumana. Otros, como este, dictaminan las acciones humanas.

Dejé de reír y mi dolor de cabeza aumentó.

– Y se supone que este loro es mi más rara riqueza.

– Claro – dijo Bellabarba- se lo vengo a regalar. Honestamente ya no lo soporto. Se lo habría traído hace muchos años, pero preferí esperar a que él mismo me lo dijera. Por otra parte, este loro siempre fue suyo. Este loro es usted. Es su vida.

– Hay algo que no me cierra – dijo Zingla. ¿Cuánto tiempo vive un loro? ¿Durante cuántos años viene diciendo las frases del poema?

– Eso es lo que pocos saben. Los loros pueden vivir sesenta o setenta años. Lo mismo que un hombre. Este loro tiene, exactamente, treinta y cuatro años. Es de esperar, señor Mux, que si usted no cuida a su loro, y su loro muere, usted muera con él.

– Hombre, su relato es increíble pero tiene cierta consistencia. – agregó Zingla- Y digo “cierta”, porque algunas partes del poema no se explican mediante las supuestas predicciones de este lorito. Fíjese algunos de los últimos versos:

31 Un gato blanco en el techo
33 El sesentón entrecano.

Esos versos no hablan sobre Jorge Mux. Hablan, respectivamente, del gato de Jorge Mux y de mí.

– Usted no entendió nada – arremetió Bellabarba- el loro no sólo determina las decisiones de Jorge Mux. También determina las cosas que rodean a Jorge Mux. Si Jorge Mux pudiera dominar el universo, las palabras del loro podrían referirse a cualquier acontecimiento del universo.

– Entiendo. – dije. – ¿Me puedo acostar a dormir? ¿Se acabaron los misterios?

– No tan rápido – dijo Bellabarba. – La parte más delicada viene ahora.

Ya estaba bastante inmunizado de revelaciones, así que me resigné y me dispuse a escuchar.

– Ahora tengo que enseñarle a alimentar y cuidar a su loro. Debe aprender la manera de interpretar sus frases golémicas. Las frases que dictan su futuro. Debe publicar esas frases cada día de su cumpleaños. Y debe tener cuidado de escoger bien las frases. Ahora -entiéndalo- su vida no depende ni del trabajo, ni del estudio, ni de las miserables preocupaciones que lo atosigaron hasta el día de hoy. Su vida pende de este loro.

Zingla miraba pensativo.

– Claro, a menos que el loro dicte que usted, Jorge Mux, morirá el año que viene. O a menos que el loro quede mudo por alguna afección en las cuerdas vocales.

Bellabarba abrió la jaula. El loro salió haciendo un torpe vuelo y se posó sobre el televisor, al tiempo en que mi gato Tiziano se enloquecía y lo perseguía con furia, poniendo en riesgo mi precaria existencia de barro.

– Qué cruel destino el de los gólems. -dijo Bellabarba- Unas palabritas humillantes y un par de animalejos deciden su futuro.

Mientras se reía, pensé en matarlo. No me atreví. Quizás, porque el loro no me lo había dictado aun.

Justo en el instante de la carcajada más sonora, el loro habló con voz gutural e imponente.

[Esta historia, en realidad, debería poseer una cuarta parte, pero prefiero no abusar de la paciencia de los pocos lectores de Monstruos y Berenjenas]

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Hoy comienza la aventura (Segunda parte)

Posted by jorgemux en noviembre 15, 2007

[Esta historia es totalmente ininteligible si no se lee antes la primera parte]

– Cuando usted cumplió ocho años, esperé encontrar la continuación de este poema en los avisos clasificados. Pero, esta vez, el aviso estaba en la sección “noticias nacionales”. Desde ese año ya no fue tan fácil rastrear la frase.
Miré la página – amarillenta- del diario del día de mi octavo cumpleaños, en 1982. Al lado de una despintada foto de Galtieri, había un recuadro pequeño en cuyo interior decía, con letras casi imperceptibles: “es la mancha, la escondida” Recordé inmediatamente el juego de la mancha escondida, que viví con furor justo, justo en ese año.
– Y mire esto. En el noveno año de su cumpleaños (1983), ya me fue casi imposible de rastrear. Me hubiera dado por vencido, si no fuese porque, cuando usted cumplió diez años, apareció -al costado de un aviso de inmobiliarias- una frase que rimaba con la que no supe encontrar. A los diez años (1984), la frase fue esta. Mire:

Sentirás una derrota.

¿Ve? Rima con esto que está aquí, debajo del borrón. Dice La bolita, la pelota. ¿Usted acaso no jugaba a la bolita? ¿Y su madre no empezó a estar mal a partir de los diez años? ¿Y sus padres no se separaron a los once? Mire esto.

Debajo del título de una edición del 31 de enero de 1985, apareció la incongruente frase “Un vacío solitario”.

Tomé un sorbo grande de vino, sin creer demasiado en la interpretación del hombre. Zingla parecía enardecido. Me mostraba las frases que –según él- había ido encontrando en lugares recónditos de las sucesivas ediciones del diario local, los días de mi cumpleaños. Su habilidad para armar un poema congruente me asombraba. Cuando llegamos a la edición del 31 de enero de 2007, Zingla encontró la última frase, escrita –nunca entenderé por qué- de costado, pequeña, dentro de un gran aviso de remates automotrices. El poema de mi vida, hasta el día de hoy, según la sutilísima búsqueda de ese hombre, es el siguiente:

0 Hoy comienza la aventura
1 De una vida por delante
2 De aquel noble y tierno infante
3 Cuyo alma caminante
4 Nuevas palabras augura.
5 Una oscura berenjena
6 Tierno monstruo en la penumbra
7 Es la mancha,la escondida,
8 La bolita, la pelota
9 Sentirás una derrota
10 Un vacío solitario
11 En los juegos luminosos
12 Adicción, insomnio y gozo.
13 Hoy te inicias en las letras
14 Hoy escribes para otros
15 Una historia en un papel
16 Con la risa de un amigo
17 Es la música y la fiesta
18 El trabajo en largas noches
19 Donde hay filosofía
20 Mucho estudio y dos amores
21 Un adiós, una sequía
22 El insomnio rencoroso
23 De otro juego luminoso
24 De comandos y conquistas
25 Es el aula, es el pupitre
26 Tu palabra, tu destreza.
27 Son treinta años, y tres
28 Los de la más rara riqueza
29 Quién tuviera la entereza
30 De haber seguido este adagio
31 Un gato blanco en el techo
32 La calle Undiano, el pasillo
33 El sesentón entrecano.

En esas citas puedo encontrar algunos acontecimientos de mi vida: mi adicción a los videojuegos, descubierta a los once años. Mi febril actividad de literato amateur, a los trece. Mis eternos insomnios. Mi carrera como profesor de filosofía, mi trabajo de disc jockey, las mujeres que he querido (y me han abandonado), el amigo fiel. Otro arranque adictivo de videojuegos a los veintitrés años, con un juego llamado “Command and Conquers“. Mi trabajo como docente a partir de los veinticinco. Todos estos acontecimientos parecían bastante precisos. Pero algunos versos del poema, sin embargo, podrían ir dirigidos a cualquier persona. Y los últimos, “Un gato blanco en el techo/la calle Undiano, el pasillo”, definitivamente eran tan certeros que se volvían sospechosos.

– Fíjese, señor Mux, que el poema es sumamente atemporal al principio, bastante general en el medio y muy preciso y autorreferencial en los últimos versos. Como si las vagas frases de los versos anteriores finalmente convergieran hasta llegar a su encuentro conmigo, el sesentón entrecano.

Lo miré, indeciso y dubitativo. No sabía si, en verdad, esas frases hablaban exactamente sobre mi vida, o si yo me estaba dejando sugestionar por el entusiasmo de este hombre.

– Usted pensará que estoy loco por haber seguido esta pista durante tantos años. Yo también lo pensé. Pero, mientras la seguía, me iba preguntando: ¿a quién irá dirigido este extraño e intrincado poema? Durante largo tiempo estuve siguiendo la pista de muchos niños nacidos el mismo día que usted. Pero cada año, yo tenía una pista más precisa que me iba cerrando el círculo. A los quince años, ya no tenía dudas de que el poema se refería sólo a Jorge Mux.

Hizo una pausa para servirse más vino.
– Pero no estoy loco, señor Jorge Mux. Es obvio que alguien está más loco que yo. Alguien que deja este tenue camino de migas de pan para comunicarle una cosa importante. Fíjese lo que dice el poema:

(27) Son treinta años y tres
(28) Los de la más rara riqueza

¿Lo entiende? Usted tiene ahora treinta y tres años. Usted tendrá “la más rara riqueza”. No sé exactamente en qué consiste, y me inquieta un poco el adjetivo (“rara”). Pero en el poema está escrito que yo vendría a anunciarle todo esto. En los últimos versos de ese poema, está dibujado el cuadro de la exacta situación que se está dando en este momento, entre usted, su gato blanco en el cielo raso y yo.

Nos quedamos en silencio unos minutos. Yo tenía mucho para preguntar, pero no sabía exactamente qué ni cómo hacerlo.

– Cálmese. Tengo hipótesis muy precisas sobre todo esto. Pero presiento que la respuesta se nos revelará aquí y ahora.

Ya era cerca de las once de la noche; todavía no había cenado y el vino me mareaba. Cuando abrí la boca para invitar a Zingla a cenar y escuchar sus hipótesis, alguien tocó timbre.

Abrí la puerta. Había un hombre, mayor que Zingla (tendría unos setenta años) , que me dijo, con una sonrisa cómplice y sin saludarme:

– Llega la más rara riqueza.

El hombre llevaba una jaula en su mano izquierda. Durante la enunciación de la frase, levantó mucho la jaula, como mostrándome que eso era la riqueza.

Hice un gesto de fastidio y suspiré con resignación. La noche iba a ser un desfile de ancianos místicos enloquecidos, de crípticos y tortuosos poemas, y revelaciones metafísicas. Yo sólo tenía hambre, cansancio y dolor de cabeza.

– Pase – le dije, sin preguntar nombres ni motivaciones – Hay vino y creo que estamos a tiempo de pedir unas empanadas. Las milanesas que tengo no alcanzan para tres.

En ese momento, mi gato blanco Tiziano se bajó del techo y vino corriendo a través del pasillo, repitiendo un ritual cotidiano, pero que esta vez cobró un sentido especial a la luz de las últimas líneas del poema. Tiziano, al ver la jaula del hombre, se puso al acecho y en posición de cazador.

[Esta historia continúa]

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Hoy comienza la aventura (Primera parte)

Posted by jorgemux en noviembre 8, 2007

Hay un hombre que, desde el día que nací (el treinta y uno de enero de mil novecientos setenta y cuatro) hasta hoy, estuvo siguiendo mis pasos sin saber a quién seguía y rastreando cada uno de mis movimientos sin conocerme.

Un hombre que encontró un enigma sumamente sutil e imposible, y gracias a la finísima trama de hipótesis que tejió con paciencia, durante treinta y tres años, llegó anoche a mi domicilio.

Ese hombre -de barba, unos sesenta años- tocó timbre ayer a las nueve y media de la noche y yo lo atendí con cierto fastidio, porque estaba cansado y no quería visitas. Mucho menos de desconocidos y a la hora de la cena.

– Jorge Mux – dijo.

– Sí, qué quiere – contesté con impertinencia. El hombre murmuró algo, sin responder.

– Me llamo Ricardo Zingla. – balbuceó, finalmente- Desde hace tiempo quería conversar con usted, pero aun no era el momento. Tengo algo importante para decirle.

Por lo general, un preludio como ese me inquieta o suscita mi curiosidad. Pero el tono misterioso de este hombre –y mi cansancio- lo único que lograron fue exacerbar mi desconfianza. Además, tenía la impresión de que, si mostraba algo de interés, el viejo me iba a tener un buen rato contándome estupideces. Por eso resolví preguntarle:

– ¿Me lo puede resumir?

– Primero, necesito que me crea. ¿Puedo pasar?

Me pareció un pedido tan inoportuno que reaccioné enseguida con un “no” enérgico. El hombre, ante eso, abrió un bolso y sacó la página doblada de un diario viejo.

– Mire esto y después me cuenta.

En la hoja no había nada interesante. Un papelucho amarillento, de la sección Avisos Clasificados del diario “La Nueva Provincia”, de hace muchos años. Leí algunos de los avisos sin encontrar algo extraño y temiendo que este desconocido aprovechara mi distracción y la puerta abierta para meterse en casa.

– ¿No se da cuenta, señor Jorge Mux?

Seguí mirando y tuve que reconocerlo. El papel no me decía nada.

– El recorte pertenece al día en que usted nació. Fíjese la fecha.

Era cierto. Treinta y uno de enero de mil novecientos setenta y cuatro. Me asombró que el hombre supiera mi fecha de nacimiento y que, además, conservara una hoja del diario de ese día.

– Eso no es todo, claro. Mire este aviso.

Señaló uno del rubro “mensajes personales”. Allí alguien había dejado estas palabras:

Hoy comienza la aventura.

– Sorprendente, ¿no?

No entendía. “Hoy comienza la aventura”, repetí para mí.

– Se refiere a su nacimiento, señor Jorge Mux. La aventura de su nacimiento. La aventura que sigue hasta el día de hoy y cuyo secreto está a punto de develar. Perdón, estamos a punto de develar.

El aviso no tenía firma y no parecía dirigido a nadie. El tono sentencioso y casi apocalíptico del hombre me inquietó un poco.

– No entiende nada, ¿Verdad? ¿Por qué no me deja pasar así le explico? Es sólo un par de minutos. Se lo aseguro. – insistió- A menos que quiera saber más. Pero no le llevará nada. En serio.

Me convenció con lo de “un par de minutos”. Lo dejé pasar y le convidé vino. Aceptó.

– Déjeme mostrarle algo sobre una mesa. ¿Puedo vaciar el bolso sobre la mesa, señor Jorge Mux?

– Claro.

Del bolso sacó muchas amarillentas hojas de diario.

– Mire.

Otra hoja de avisos clasificados. En el rubro “Mensajes personales”, decía:

De una vida por delante.

– ¿Lo ve? Y ahora mire la fecha…

El diario era del treinta y uno de enero de mil novecientos setenta y cinco. Es decir, cuando yo cumplía un año.

– ¿Entiende lo que le quiero mostrar? ¿Usted se da cuenta?

Algo alcanzaba a entrever. Pero preferí que Zingla me lo dijera claramente.

– Alguien estuvo publicando un mensaje breve, críptico, en el diario local, todas las fechas de su cumpleaños, señor Jorge Mux. ¿Hace falta que le diga que en ese pequeño mensaje anual alguien está escribiendo, de manera anticipada, la historia de su vida?

Miré todavía sin creer. ¿Por qué Zingla suponía que se refería a mi vida? ¿Por qué no pudiera ser una publicación al azar? ¿Cómo sabía él que esa frasecita críptica era publicada solamente el día de mi cumpleaños?

– Señor Jorge Mux, yo hice una investigación. No crea que caí aquí, hoy, de casualidad. Que yo esté acá, señor Mux, para revelarle todo, es parte de un plan mayor. Un plan magnífico, de alguien que lo conoce muy bien a usted y que me conoce muy bien a mí. El día en que usted nació leí el diario por completo. Cuando digo por completo, es eso: por completo. Mi memoria es –era- prodigiosa hace treinta años; todo lo que leía me quedaba. Y me quedó la frase, desconectada, sin sentido, que decía: Hoy comienza la aventura. Todos los días, durante un año, leí el diario y no recuerdo ninguna frase similar. Pero justo un año después, leí otra frase que, en sí misma era totalmente incongruente. Y esa frase decía: De una vida por delante. Le recuerdo, mi memoria era prodigiosa. En ese entonces, no reparé demasiado en la posible conexión de esas dos frases, a un año de distancia. Pero los años siguientes, cuando usted cumplía dos, tres, cuatro, cinco años, entendí que ahí había un código. Fíjese lo que decía en cada año:

(0) Hoy comienza la aventura

(1) De una vida por delante

(2) De aquel noble y tierno infante

(4) Cuyo alma caminante

(5) Nuevas palabras augura.

– Hasta aquí, una sorprendente coincidencia. Pero fíjese lo que salió publicado cuando usted cumplió seis años. Y cuando cumplió siete:

(6) Una oscura berenjena

(7) Tierno monstruo en la penumbra

– ¿Y? ¿No le dicen nada estas palabras? “Nuevas palabras augura” ¿No le hacen pensar en Exonario? “Oscura berenjena, tierno monstruo…” Vamos, hombre.

Estaba asombrado, apabullado y un poco confundido. Pero allí no terminaban las revelaciones.

[Esta historia continúa]

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Deutrofibia

Posted by jorgemux en agosto 15, 2007

En mis últimos viajes al futuro conocí una tormenta de agua sutil que caía desde cúbicas nubes verdes y cuadradas. Conocí un asteroide de células cancerosas que se había venido acercando a la Tierra hasta entrar en órbita con ella, girando casi a ras del suelo y poniendo en peligro todo a su paso. Conocí los sabores que mi lengua encontraría en una manzana si mi cerebro fuera de silicio. Conocí mesetas y tundras infestadas de pequeños robots salvajes: especies de silicio mutadas, autorreproducidas, que reptaban arrastrando su panza de plástico y llenaban el silencio de los arbustos con silbidos de altoparlante. Conocí un pequeño robot salvaje que mutaba hasta que su cuerpo se parecía a mi rostro. Conocí el Autologo: una voz de infinitas modulaciones que surge de la nada, que canta, cuenta historias, noticias viejas y pensamientos de gente muerta: una ligera vibración de aire que habla sin cansancio y que lleva su voz al vaivén del viento. Conocí personas que seguían al Autologo en su carrera etérea, creyendo que las palabras surgidas de la nada son un mensaje divino o una voz objetivada de su propia conciencia. Conocí a un hermano gemelo que tendré en el futuro. Conocí que mi madre, muerta en el año 2005, hará tortas fritas una tarde lluviosa del año 2145. Conocí que las ciudades del siglo XXII están hechas de un material reluciente como el cristal.

De todos los pasmosos sucesos del futuro, a mí me maravilló el más simple: el rostro melancólico, la piel perfecta y la mirada ausente y esquiva de algunas mujeres de fines del siglo XXII.

Ante cada uno de los breves, casuales y fugaces encuentros con una de estas mujeres, sentía una dolorosa atracción seguida de un terror breve pero profundo. A veces, sin saber que me iba a cruzar con una de ellas, algo en mí se activaba y comenzaba la adrenalina. Entonces, a los pocos metros –como si mi cuerpo pudiera anticiparse a los sucesos- aparecía alguna.

Durante varios días posteriores a la visión de esas mujeres, sentí una enorme opresión en el pecho cada vez que recordaba sus rostros. Tenían algo perturbador: con sólo verlas una vez, se hacía imposible olvidarlas. Pensé: es una suerte que jamás, ninguna de ellas, me hubiese mirado o dirigido la palabra. Si la sola visión de su rostro bastaba para que mi memoria retuviese sus detalles, creo que el recuerdo de su voz o su mirada escudriñándome me habrían matado.

Hasta aquí, pareciera que esas mujeres tenían la intensa virtud de enamorar. Pero en realidad, a pesar de su belleza innegable, me causaban una enorme repugnancia y el recuerdo –recurrente, obsesivo – de su mirada ausente aparecía una y otra vez, convirtiéndose en un repentino visitante indeseado.

Tuve la sospecha de que se trataba de robots, pero mi guía –en aquel viaje me acompañó otro viajero, Esteban Gorrer– me dijo al oído, apartándome:

Son eófibas. No te acerques demasiado ni las mires a los ojos.

Después de un largo paseo en silencio, nos sentamos en un inmenso parque de césped transparente y me explicó qué ocurría con esas mujeres, a las cuales él parecía ser inmune:

Durante la tercera década del siglo XXI, comenzó el programa Deutrofibia. Esa palabra significa aproximadamente “segunda juventud”. El programa deutrofibia consistió en un tratamiento al que se podían someter los niños y las mujeres embarazadas, y cuyo éxito no se podía predecir con exactitud.

¿Qué se esperaba de ese tratamiento? Quienes lo recibieran, o los hijos de quienes lo habían recibido, iban a tener una segunda juventud.

Sus vidas transcurrirían normalmente. A los sesenta años, sin embargo, les crecería nuevo cabello; aumentarían la masa muscular y los niveles de testosterona (en los hombres) o estrógeno (en las mujeres). Las mujeres volverían a tener menstruación y podrían tener hijos. Paralelamente, comenzaría un proceso de regeneración de neuronas. A los setenta años, volverían a crecer los dientes. Para cuando la persona cumpliera ochenta años, el proceso de rejuvenecimiento habrá sido completo y la persona luciría, en todos sus aspectos, igual que a los veinticinco. La segunda juventud duraría aproximadamente hasta los ciento cuarenta años. A esa edad, el cuerpo envejecería rápidamente y en menos de una semana sobrevendría la muerte. A menos, claro, que para esa época se encontrara algún método de prolongar la deutrofibia.

Por supuesto, estas eran las expectativas más optimistas que, como podrás imaginar, no se cumplieron.

Los que participaron del proyecto tuvieron diversos destinos.

Algunos de ellos, al llegar a los sesenta años, simplemente envejecieron y murieron naturalmente. El tratamiento, en estas personas, no ejerció ningún efecto.

Otros recibieron algunos de sus efectos, pero no todos: volvían a tener dientes, o cabello, o una inexplicable energía, pero en su aspecto general seguían envejeciendo hasta morir a una edad promedio natural.

Otros, -la mayoría- recibieron las peores consecuencias. El tratamiento les hizo efecto, pero de manera negativa. A los sesenta años, algunos comenzaban a experimentar enfermedades degenerativas o deformidades. Lo más común era el cáncer, pero también hubo enfermedades nuevas y curiosas. Hubo ancianos a los que les crecía el cabello o los dientes sin control, a velocidades macroscópicamente perceptibles. De más está decir que estos rara vez vivían más allá de los setenta años.

Hubo un minúsculo grupo de personas que tuvieron todos los síntomas positivos de la deutrofibia, excepto uno: no vivieron ciento cuarenta años, sino apenas ochenta. Morían en el preciso momento en que se completaba todo lo que el tratamiento había prometido.

Existió incluso un grupo, aun más pequeño, de personas que sufrieron mutaciones y, literalmente, dejaron de ser humanos para convertirse en nuevas especies de animales. En la mayoría de los casos, no sobrevivían mucho tiempo después de la mutación, aunque hubo uno –realmente excepcional-, el caso de John Walker Ripley, quien se convirtió en un pez alado de agua salada con capacidad para reproducirse a través de las hembras de algunas especies de pejerreyes. Por causa de esa mutación, ahora existen los riplerreyes, que poseen alas con las que hacen pequeños vuelos a ras del agua, y pueden aprender a hablar.

Las terribles mujeres con las que nos hemos cruzado son una consecuencia del tratamiento deutrofibia. Son una consecuencia no del todo indeseada, pero escalofriante.

Este grupo sólo está conformado por mujeres –sólo mujeres-potencialmente inmortales. Por eso se las llama “eófibas”, que quiere decir “eternamente joven”. Llevan más de ciento ochenta años de vida y su rejuvenecimiento es continuo. No hay indicios de desgaste en los efectos del tratamiento. Su piel es cada día más suave y su belleza se acentúa año tras año. Incluso sus feromonas se vuelven más enloquecedoras para los hombres. Sin embargo, en sus ojos se puede ver un cansancio infinito por la vida.

Ahora bien, si te acercas demasiado a ellas es inevitable que te sientas encantado; sus feromonas son como el canto de las Sirenas. Son seres cuyo cuerpo está diseñado para generar una atracción incontenible. Pero por desgracia ellas tienen una repugnancia sobrehumana por todo lo que tenga que ver con el amor y el sexo. Hasta el punto de que, si un hombre insiste con su cortejo, pueden llegar a asesinarlo. Ocurre que, aunque sus cuerpos son perfectamente atractivos, por su cabeza sólo se cruzan los pensamientos de una abuelita ancianísima, de una ancianidad a la que ningún hombre ha llegado. En esa ignota ancianidad de ciento ochenta años sólo hay lugar para dos cosas: el ruego de que la dejen en paz y la furia asesina para los que no cumplen con su ruego.

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Atavismos del futuro (2)

Posted by jorgemux en julio 16, 2007

[Este texto es la continuación de “Atavismos del futuro“; no es del todo inteligible si previamente no se leyó el anterior]

Segunda parte: el master pávico

Durante el siglo veintitrés, la tecnología cibernética se hace cada vez más precisa y más pequeña. Los microbots son como pequeñas e invisibles plagas de insectos (insectos artificiales, insectos de metal) que vuelan en el aire. A principios del siglo veintitrés, esos microbots tienen el tamaño de un cuanto de materia y ya no necesariamente están controlados por un ordenador. De hecho, se reproducen por sí mismos. Son más pequeños que un átomo. Y pueden combinarse para formar casi cualquier cuerpo: pueden configurar la estructura del átomo de oxígeno y convertirse en aire respirable. Pueden convertirse en cafetera, en mujer sensual o en un clon del planeta Júpiter. Si un ordenador los induce a combinarse de determinada manera, ellos lo hacen. Algunos robots ingenieros pueden, con su voz, obligarlos a obedecer y acomodarse de una u otra forma. De esa manera, un ingeniero puede pedirle a una serie de microbots que se conviertan en un implante para tu cerebro. Así, gracias a las vibraciones que induce un robot ingeniero, tendrás un cerebro implantado formado por una miríada de microbots. Sencillo, ¿verdad?

Supongamos que ya tienes todo lo necesariao para la visión polaroide: los explantes y los implantes. ¿Qué ves? Ves todo en un ángulo de trescientos sesenta grados. Ves detrás de tu cabeza, ves tu cabeza, ves lo que ven tus ojos y ves lo que ven miles de ojos a cientos de kilómetros por encima de tu cabeza.
Tu visión polaroide se coordinará con la visión de un satélite omnisciente. El satélite es una cámara consciente que ve todo lo que ocurre en la superficie de la Tierra y todo lo que ocurre en el sistema solar y en el sistema de Próxima Centauri. Tendrás la visión simultánea de todo aquello a lo que la cámara tiene acceso. Es como ver a la vez todos los canales de cable, desde la perspectiva de todos y cada uno de los actores de cada filme o documental, y desde todos los ángulos posibles. Es un áleph que te muestra lo que ocurre en simultáneo. Lo que ves –todo lo que es posible ver- lo ven todos los hombres, todos los robots, todos los ingenieros, todos los ordenadores fijos y todos los proto.
Ahora te voy a contar algo sobre la naturaleza de la luz.
Estás acostumbrado a que la luz tenga una fuente. En tu época, los objetos son iluminados por lámparas o por el sol. En el año 2250, si tienes visión polaroide, los mismos microbots te inducen una imagen mental de los objetos que te rodean, aun en plena oscuridad. Ni siquiera te hace falta abrir los ojos; en uno de los cerebros artificiales que te habrá implantado el ingeniero cuántico, tendrás almacenada toda la información de las cosas que te rodean, con una vivacidad y detalle que superan millones de veces a la de tus ojos actuales. Tendrás la sensación de que las cosas son iridiscentes; es decir: emiten su propia luz. Todos los objetos del mundo y de fuera de él, están iluminados desde todos los ángulos posibles. Incluso en su estructura microscópica. Lo que debes hacer, en todo caso, es pensar las imágenes que están alojadas en tu cerebro artificial y ya lo estás viendo. ¿Quieres encontrarte con un amigo y deseas saber si él está en Marte? No debes llamarlo; busca en tu cerebro implantado, trata de localizar la imagen de tu amigo y verás si está allí o no. Los descubrimientos y las búsquedas no se hacen a través de sistemas explantados, sino a través del escudriñamiento del propio cerebro. Si quieres conocer París, por ejemplo, la imagen de la torre Eiffel que tienes alojada en tu mente es mucho más perfecta que el hecho de estar allí observando la torre. El turismo consiste en un turismo mental: te sientas y buscas en tu mente cómo es tal o cual lugar.
Ahora bien, Jorge Mux. En el año 2007 llevas ese nombre y esa identidad, pero siempre tuviste la sospecha de que algo extraño ocurría en tu cabeza.

Debes saber algo: el yo que serás tú en el año 2253, no es este yo que es en el año 2007. Serás otro yo, muy superior a ese. Muy superior a cualquier yo humano. Serás este yo que te está hablando. En cierto modo, esta información es redundante, porque estoy hablando conmigo mismo.

Te dije que los masterbots pueden inducir a la materia para que cobre una determinada forma. Te dije que estos masterbots pueden, gracias a un tipo especial de vibraciones, generar átomos y estructuras a partir de los cuantos.
Pues bien: uno de estos masterbots combinó los cuantos de materia de una manera como jamás se había hecho. Inventó nuevos tipos de materia: los pavios.
Los pavios son una nueva generación de entes. No tienen estructura atómica y no se comportan como los objetos materiales. De hecho, como se encuentran a frecuencias muy diferentes de cualquier objeto, pueden atravesarlos como si fueran fantasmas. Pueden romper el tiempo y el espacio, porque no están sometidos a sus leyes. El pavio no ocupa espacio, pero está en todas partes. No se modifica con el tiempo, pero está en todos los tiempos. No tiene colores, no posee una forma física determinada (una forma clásicamente física); es una sustancia etérea que navega en una especie de para- universo.

El pavio nació gracias a que un masterbot indujo vibración en los cuantos. Lo que nosotros hemos construido es un masterbot pávico: un ser que pueda redireccionar al pavio y convertirlo en otro tipo de materia, muy superior al pavio y al átomo.

Ese masterbot pávico, señor Jorge Mux, eres tú.

Un masterbot pávico no está atado al tiempo o al espacio, pero se manifiesta en algún tiempo y en algún espacio determinados. El momento y lugar en que nuestro masterbot pávico decidió manifestarse fue en tu persona, Jorge Mux. Es decir, entre el 31 de enero de 1974 –tu fecha de nacimiento- y el 16 de septiembre de 2031 –tu fecha de defunción.

Cada pensamiento, cada movimiento, cada cosa que haces en tu vida, genera una vibración cuántica en el futuro; una vibración que está en consonancia con el pavio. Todo en tu vida tiene significado; toda tu existencia es un código transuniversal.
Por eso te estoy contando esto: porque, al enterarte de lo que provocas en el futuro, te estoy induciendo a que provoques aun más cosas. Te estoy induciendo a que provoques determinadas cosas, porque yo sé lo que vas a hacer cuando te enteres de esto.

¿Para qué te hablé del futuro, si morirás de cáncer en el año 2031?

Bien, tú, como masterbot pávico te volverás a manifestar en el año 2253. En ese año, aparecerás siendo Jorge Mux, ya adulto, como si vinieras de la nada, pero con todos los recuerdos y la identidad intacta. Será una continuación de tu vida. Recordarás haber muerto. Entenderás que has revivido y que te has vuelto a manifestar. Te recogeremos, te daremos todo el soporte necesario para llevar una vida humana y de a poco los masterbots te irán transformando para que te conviertas en mí. Yo soy el producto de tu identidad descarnada; soy la contracara pávica de tu existencia. Yo vivo tu vida desde afuera del tiempo; soy una especie de súper entidad trascendental.

Y mi nombre sigue siendo Jorge Mux.

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Atavismos del futuro

Posted by jorgemux en julio 8, 2007

Primera parte: q-iridiconoide unitexal, catoptrótica, anacatoptrótica, opacita y anafractal.


Siempre pensé que yo no era de este tiempo. Siempre supuse que mi identidad no es esta, sino otra. No soy Jorge Mux, sino algún otro ser (o una multitud de seres) que, desde un tiempo muy posterior, decidieron
que yo sea esto que soy. Mi sospecha está fundada en los sueños lúcidos y las visiones de un futuro lejano que me han acompañado desde muy pequeño. Como si algo en mí guardara la reminiscencia de un recuerdo desmesurado; un recuerdo que supera la capacidad imaginativa de mi propia memoria.
Siempre supe que este Jorge Mux es el retazo de otro (quizás con ot
ro nombre y sin duda con otra forma) que existirá en la segunda mitad del siglo veintitrés. Ya no quiero seguir andando por el mundo sin saber lo que hice en el futuro.
Anoche tuve la confirmación. El primer sueño lúcido revelador. No un remiendo, no una sugerencia: fue una comunicación directa.
Ese ser colosal (y ahora lo sé: no humano) que seré yo en el futuro, mucho después de que me haya muerto, me comunicó vía revelación telepática transtemporal por qué tengo estas premoniciones tan certeras. Por qué me despierto a la madrugada con el deseo de batir mis enérgicas y grandiosas alas de metal. Por qué me enfermo de tristeza al no poder encontrar a mis hermanos de pavio líquido, sin saber siquiera qué es el pavio ni a qué hermandad me refiero. Por qué recuerdo con
alegría un juego abstracto, con esferas de éter rosado, en una ciudad colosal de rascacielos que se perdían más allá de las nubes.
Ayer me llegó una revelación. Fue como un preparativo para el año 2253. En la noche del sábado 7 de julio de 2007, me revelé a mí mismo (desde el año 2253) una serie de descripciones para cuando regrese al futuro. Las descripciones me llegaron como un golpe intuitivo; simplemente supe esto que voy a contar. Lo supe sin palabras. Lo que voy a describir a continuación es, en realidad, un desglose ciertamente imperfecto de esa revelación perfecta.

He aquí la descripción cuyo carácter era meramente pedagógico: servía de preparativo para cuando yo vuelva al año 2253.

Soy yo mismo. Soy más yo que nunca. Soy yo mismo.

Me estoy esperando, desdoblado en ti, en el año 2253.

Te diré lo que debes saber para cuando llegues. Será un momento de mucha confusión para ti, porque será un enorme cambio. Esto es lo importante: los robots cuánticos que están flotando en la atmósfera (y que ya son parte de ella) te instalarán un implante. Ni siquiera te darás cuenta; sólo notarás que la percepción del mundo cambiará de manera sustancial. Vas a ser un novato en el futuro, así que más te vale ir un poco prevenido.

Existen los implantes y los explantes. Un implante es –como su nombre lo indica- un sistema o una serie de objetos aislados que se introducen en tu cuerpo o en tu psiquis. Un explante, en cambio, es un nuevo órgano externo o una nueva terminal para tu cuerpo. Para que entiendas la analogía: un reloj pulsera de tu época es un explante, lo mismo que un teléfono celular o un automóvil. Imagina ahora que los explantes te acompañan a todas partes y que no sólo sirven para transportarte o decirte la hora: imagina que un explante está allí presente para llevarte, eligiendo el mejor camino para llegar adonde quieras. Imagina, también, que el explante genera una burbuja virtual alrededor de ti, en la cual no puede entrar absolutamente nada dañino. Es como un poderoso escudo que te protege y te transporta.

El primer explante que recibes automáticamente es el de la vista multifocal. Tú tienes dos ojos. Los dos ojos te dan cierta percepción de la profundidad. Ahora imagina que, en lugar de dos, tienes cien mil ojos. Cien mil, que están ubicados en muchos lugares más allá de tu cara. Cien mil ojos, ubicados en fila, uno al lado del otro, miles de kilómetros arriba y a los costados de tu cuerpo. Puedes ver todo desde una perspectiva que jamás habías visto. Puedes verte a ti mismo viendo el entorno. Como si te acompañaran cien mil cámaras. A este explante lo llamamos la visión polaroide. Pues bien, imagina que acompañas el explante de la visión polaroide con un implante cuántico que consiste en ver muchos colores y texturas que usualmente son invisibles. Puedes distinguir, por ejemplo, la estructura molecular de un cristal. Puedes ver una gama de colores –antes para ti invisibles- entre el rojo y el amarillo.

Pero también puede ser que no estés mentalmente preparado para todo ello. Sería como darle sofisticadas herramientas a un mono. Los cerebros humanos de la primera mitad del siglo veintiuno no tienen implantes. Por eso, no poseen la inervación necesaria para recibir determinados estímulos, como la visión de la majestuosa gama de colores efebónicos. Entonces será necesario que un ingeniero bot te implante, una configuración de cuantos de materia que sirvan como un anexo de tu cerebro. El ingeniero bot no hace cirugías: sólo utiliza su voz. La voz de ese ingeniero cuántico provoca unas pequeñas vibraciones que inducen un determinado orden en la estructura de los átomos. Yo no espero que entiendas todo, desde luego. De todas maneras, decir “implante cuántico”, “ingeniero cuántico” o “estructura atómica” suena a anacrónico. En el año 2250 (y mucho antes) el término “cuántico” se ha vuelto tan amplio que ya dejó de tener un significado preciso. Debes saber que sólo utilizo la palabra “cuántico” para referirme a algo de lo cual puedas entender por analogía, pero para ser un poco más exacto debería decir “q – iridiconoide unitexal” en algunas de sus variantes catoptrótica, anacatoptrótica, opacita y anafractal. No quiero multiplicar las palabras desconocidas porque, de todos modos, no podrías entender su significado.

Todos estos implantes y explantes ocurrirán de golpe, apenas caigas en el año 2253. Te despertarás de la muerte con este arsenal sensorial y con muchas cosas más.

[Este relato continúa; en unos días aparecerá El Master Pávico, la segunda y última parte de esta alucinación del futuro]

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Carnero de Brasil

Posted by jorgemux en abril 1, 2007

Mamá era una mujer enérgica y trabajadora que cada tanto se derrumbaba. Pasaba meses limpiando, cocinando, lavando, planchando y cuidándonos sin quejas y sin descanso. Pero, cada tanto, caía en cama con una depresión profunda y misteriosa. Estaba así dos o tres días, casi sin moverse y sin siquiera hablar. Luego salía de la habitación y ya era la misma de siempre. Alegre, eficiente, precisa como un martillo eléctrico, y trabajadora como una hormiga.
Alguna vez, cuando yo era muy chico, durante una de esas depresiones recuerdo haberme acurrucado en sus brazos en la completa oscuridad de la habitación. No hablamos durante horas; estábamos despiertos, ella con su momentáneo y fulminante desgano por la vida, y yo con mi infantil necesidad de abrazo materno.

Ya desde ese entonces se escuchaban los ruidos en el placard.

La habitación de mamá era como un bastión inaccesible y cargado de misterios. Había dos roperos de roble, un placard empotrado en la pared, dos mesitas de luz, cómodas, ajuares y espejos. Mi hermano y yo, mientras fuimos muy pequeños, tuvimos un pasatiempo delicioso: entrábamos a la habitación cuando mamá se iba a hacer las compras, y revisábamos los cajones de la cómoda, o nos escondíamos en el ropero para disfrutar del milenario aroma a madera con naftalina. O patinábamos en el piso de pinotea lustrada cuyos tirantes crujían bajo nuestros pies. En verdad, los tirantes crujían incluso cuando nadie los pisaba.

Esa habitación tenía un detalle que la convertía en un recinto casi místico: estaba en el fondo de la casa y no tenía ventanas. Le otorgaba luz un par de veladores tenues sobre las cómodas. Siempre había olor a cera mezclada con otro aroma al que ahora identifico como de magnolia.
Cuando yo tenía once años, un día mamá se levantó de su depresión periódica y ya no fue la misma. O, mejor dicho, era la misma pero con una diferencia pequeña pero escandalosa.
Lo primero que hizo, después de levantarse, fue comunicarnos algo que me asustó muchísimo:
– La virgen María habló hace un rato conmigo y me dio fuerzas. Me dijo que la casa está sucia, que ustedes –que son un amor- necesitan de mi cariño y que la tarde es perfecta para hacer tortas fritas. Así que acá estoy de vuelta.
Mamá no era religiosa. De hecho, se enorgullecía de su ateísmo. Por eso, esa declaración constituía un quiebre o una grieta enorme en su temblorosa psiquis.

A partir de esa declaración, mamá empezó a tener cada vez más seguido la visita de la Virgen. Siempre era en la habitación y, para aumentar la sensación de misterio y ligero horror que nos causaba su dormitorio, ella decía que la virgen hablaba desde el placard. Yo recuerdo haber tenido crueles sueños en los que una tropilla de ángeles sucios y escuálidos, con los rostros llenos de desolación y las alas raquíticas, salía espantado del ropero como polillas que revolotean. Esos sueños me impidieron volver a entrar al aposento de mi madre. Mi hermano tampoco se atrevía a entrar.
A veces uno sabe que algo no anda bien. Uno intuye y enseguida –si pudiera expresarlo en palabras- se daría cuenta de las crueles y terribles verdades con las que convivió durante muchos años. Pero la niñez es una edad en la que lo mágico todavía es posible. Por eso, aunque le temíamos, aceptábamos que la Virgen estuviera habitando un placard de nuestra casa. Y aceptábamos, también, que la Virgen hacía esos extraños ruidos, guturales, matizados, precisos, como si una pequeña sierra eléctrica estuviera desbastando la habitación. Como si esa misma sierra pudiera articular palabras tenues y trabajosas.
Pero hubo cosas que no pudimos aceptar. Todavía hoy me siento como en un pozo sin fondo cuando, a mis catorce años, mamá nos dijo:
– Chicos, la Virgen me pide que me vaya muy lejos, muy lejos. Ustedes van a estar bien.
Salió de casa con el changuito para hacer las compras y nunca más volvió. Quizás, por haberla visto con el changuito –en esa imagen tan familiar de “salir al supermercado”, en una mañana cualquiera de abril-, pensamos que volvería. No lo hizo. No llevó dinero ni fue al supermercado. Simplemente, dejó el changuito a unas cuadras y se arrojó al río. Hallaron el cuerpo a las pocas horas.

Lo que nos tocó vivir después de la muerte de mamá puede resumirse como una serie de peripecias enloquecidas, de idas y vueltas en casas de parientes que no nos querían, de cambios de escuela, de enfermedades repentinas y recuerdos macabros y dolorosos. Así pasamos cuatro o cinco meses, mientras el resto de la familia decidía qué iba a hacer con la casa; si iban a seguir pagando el alquiler para que siguiéramos viviendo allí, o si nos iba a adoptar algún tío o pariente en su propia casa. Alguien decidió que nos teníamos que ir.
Cuando hubo que hacer la mudanza, había que vaciar la habitación del fondo. Allí estaba todo el olor de mamá (olor que aun persiste como una inminencia en mi nariz) y, mientras estudiábamos cómo desempotrar el placard de la pared, descubrimos algo horrible.

Adentro había una colonia de arañas.

Arañas enormes, de hasta seis centímetros de largo, que tenían un color entre negro y rojizo. Las arañas comían la madera del placard, y se habían mudado abajo del oscuro y tétrico piso de tirantes. Desde ahí –supimos unos minutos después- carcomían todo. En el fondo del placard, detrás de cajas de revistas que mi padre había coleccionado muchos años antes de morirse, había un bastión de octópodos queratinosos.
Supimos, después de una breve investigación, que las arañas eran de la especie carnero. La arácnea carnero, una variedad que no se encuentra en la Argentina y que suele vivir en cierta zona selvática de Brasil.

¿Cómo habían ido a parar allí esas arañas?

Mi tío Eduardo, quien no parecía impresionarse por los bichos, corrió algunas revistas polvorientas y descubrió que, en el piso del placard, había una especie de puertita. La puertita no era parte del placard; era como un rincón secreto dentro de la pared donde estaba empotrado.
La abrió.

Después de un pequeño desparramo de arañas, encontró una caja de madera. Adentro de la caja había una virgen. Una virgen fea, de yeso ajado, con expresión de tristeza infinita. La caja decía, del lado de adentro, “Made in Brazil”, y estaba carcomida como si le hubieran dado miles de pequeñas dentelladas.

Mi hermano y yo estuvimos desolados mucho tiempo después de la mudanza. Los muebles, previamente fumigados, fueron a parar a una compraventa y la virgen quedó recluida entre los santos, en la casa de uno de los tíos, hasta que a alguien se le cayó al piso. El misterio de los ruidos en la habitación había sido resuelto. Ahora tenía explicación el hecho de que, cada tanto, encontráramos cuatro o cinco arañas coloradas paseándose por la casa. Sólo quedaba el misterio de la voz virginal hablándole a nuestra madre, y la curiosa coincidencia de una estatuilla en el placard. Estatuilla de la cual –suponemos- mi madre no tenía noticia.

Con el tiempo hice muchas conjeturas. Quizás mi padre había conseguido esa estatuilla por contrabando. Él, que se declaraba ateo, igual que mi madre, quizás en el fondo tenía una fe que no se atrevía a blanquear. Quizás era devoto de María. Por eso la adoraba en un improvisado culto frente al placard, mediado por una puertita y una caja que decía Made in Brazil. Quizás mi mamá lo escuchó, alguna vez, rezar arrodillado, con la puerta del placard abierta, mirando hacia el oscuro fondo, hablándole a una invisible divinidad de los roperos y quizás su locura fue producto del recuerdo de esa imagen.

Quizás ocurrió todo esto, o realmente la Virgen –a través de esa estatua- se comunicó con mi madre. Lo cierto es que había un pequeño detalle estremecedor en la estatuilla: las comisuras debajo de sus ojos estaban erosionadas por restos de lo que parecía ser sangre seca.


Ahora, cuando pienso en esas dulces tardes que pasaba yo junto a mi madre en la cama, agrego un elemento de horror a ese recuerdo; imagino a las arañas corriendo frenéticas y silenciosas por encima y por debajo de los tirantes, y a la virgen dando instrucciones precisas y rabiosas a mi madre. Imagino al mundo, luminoso y colorido, siguiendo su curso afuera de la habitación. Y en medio de mi madre y yo, el silencioso abrazo que nos unía como el refugio más real de la confluencia entre todos esos mundos.

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