Exonario

Definiciones y términos que no figuran en el diccionario (exonario no figura en el diccionario)

Archive for 31 diciembre 2009

Hekibocasion

Posted by jorgemux en diciembre 31, 2009

(Sustantivo. De equivocación)

Palabra que contiene la mayor cantidad posible de errores ortográficos.

Quienes cometen errores de ortografía, por lo general, no se equivocan en cada ocasión que se presenta: es esperable que en un escrito sólo se cometa un determinado número de errores ortográficos, pero nunca el máximo posible. Quien desea escribir la palabra “sensible”, por ejemplo, tiene al menos tres posibilidades primitivas de error ortográfico: “censible”, “sencible” o “sensivle”. A partir de estas posibilidades puede derivarse una combinación de dos de esas posibilidades: “cencible”, “sencivle”, etcétera. Sin embargo, es difícil que se den todas las combinaciones de error en una misma palabra (“cencivle”) y, menos frecuente aun, en toda una secuencia de palabras.
Hay palabras que no dejan demasiadas posibilidades de error (como “pata”, “clamor”, “cala”, “comer”, y un sinfín más) , y si alguien se equivoca en esos casos difícilmente se pueda imputar como una falta de ortografía. Escribir “commer” o “patta” son, sin duda, errores en la escritura, pero no puede decirse que sean errores de la misma clase que cualquier otro error ortográfico
Para que haya una hekibocasion es necesario que una palabra permita que se cometan al menos dos errores en una misma palabra. Quienes en lugar de escribir la palabra “así” escriben “haci“; quienes escriben “persive” en vez de “percibe“; pero no puede imputarse de hekibocasion a la escritura de “ematoma” en lugar de “hematoma“: como sólo se trata de un único error (aun cuando sea el número máximo de errores ortográficos en esa palabra), no se trata de una hekibocasion. 

Por lo general, las hekibocasiones las cometen quienes a propósito quieren escribir un texto con una hiperbólica cantidad de faltas ortográficas. En esos casos, incluso, se cometen faltas allí donde normalmente no se cometerían. “Te invito a mi casa” en esta modalidad podría escribirse: “The himbitto ha mih kházza“, agregando letras duplicadas, haches y zetas en lugares donde no las agregarían quienes de verdad cometen errores.

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Metagraña

Posted by jorgemux en diciembre 30, 2009

(Sustantivo. Del griego metá = más allá y kránion = casco, yelmo)

Si la palabra “migraña” proviene del griego hemicrania, la cual metafóricamente alude a un invisible y doloroso casco que comprime la mitad de la cabeza, la metagraña puede definirse como una fuerza que está más allá de la cabeza y que la comprime hasta obliterarla
En la migraña el casco rodea de manera periférica al cráneo. En la metagraña, en cambio, el casco ocupa todo el universo, y la fuerza de compresión parece infinita. 
Cuando alguien padece de metagraña no puede siquiera señalar dónde le duele: parece dolerle una zona que está por fuera y por encima del cráneo, en algún lugar lejano e indefinido. Se trata de un dolor ubicuo que desalienta cualquier posibilidad de localización, aunque, paradójicamente, se puede localizar en la cabeza. Quizás pueda entenderse como si la propia cabeza hubiera cobrado el tamaño de todo el universo (en un proceso de titanestesia), y es esa cabeza titánica la que duele.

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Hemitopía

Posted by jorgemux en diciembre 29, 2009

(Sustantivo. Del griego hemi = medio y topos = lugar)

Si la palabra “utopía” significa “lugar que no existe”, la hemitopía es, literalmente, un “lugar que existe a medias“. En  un sentido más figurado, una hemitopía es una historia en la cual los sucesos sólo ocurrieron parcialmente: es el caso en el que se cuenta una “verdad a medias”. La hemitopía, en este último sentido, es un mundo posible en el cual algunas cosas son idénticas a las de nuestro mundo, pero otras -la mitad, o una buena parte- son diferentes.

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Anaprocacia

Posted by jorgemux en diciembre 28, 2009

(Sustantivo femenino. Del griego ána = hacia arriba, arriba pro = adelante, hacia adelante y katá = hacia abajo. Adjetivo: anaprócata

Imperiosa necesidad de derribar cosas. 

El anaprócata ve una provocación en la verticalidad: cualquier objeto que sobresalga en forma enhiesta desafiando el horizonte le insufla el deseo de abatirlo. Una pila de libros, un árbol de navidad, un jenga son clásicos blancos de la anaprocacia.
La anaprocacia se genera, habitualmente, ante la visión no de un único objeto vertical, sino de muchos de ellos en forma de pila, o uno que contiene a otros de manera heterogénea y abigarrada. La anaprocacia se genera por la sensación de equilibrio inestable de los objetos apilados o combinados de manera vacilante y temblorosa. 
Existen, desde luego, personas anaprócatas de temperamento. Para estos últimos, cualquier objeto vertical es digno de ser derribado. No importa si está bien firme en el suelo, o si resulta difícil o casi imposible: un poste de luz, un árbol, una montaña, un edificio.

Cuando una persona se enoja, a veces, da rienda suelta a su anaprocacia y derriba todo lo que encuentra a su paso con su furia.
Los niños suelen ser anaprocáticos por excelencia: levantan torres de rasti o de juguetes, y luego sienten un enorme placer en derribarlos.

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Estílotro, a

Posted by jorgemux en diciembre 25, 2009

(Adjetivo. De la expresión “Quiero esto y lo otro”)

Dícese de quien al principio no pone exigencias, pero a último momento hace pedidos caprichosos y casi irrealizables.

Invitamos a un pariente a nuestra casa para cenar. Le preguntamos qué quiere comer y nos dice “con unos fideos está bien, no se compliquen mucho“. Una hora antes de la cena nos llama para preguntar si la salsa que preparamos es putanesca o pesto. Le respondemos -con consternación- que sólo le pondremos una salsa de las que vienen en lata, y el molesto invitado retruca: “A mí las salsas en lata me dan alergia. Y los fideos sin salsa no me gustan. Y yo a los fideos los bajo siempre con un syrah bien añejado. De buena marca, ¿eh?”. El invitado es un estílotro: parece que hubiera esperado hasta último momento para darnos todos esos detalles que nos hubieran sido de utilidad antes de preparar el encuentro.

Desde luego, los estílotros no sólo se encuentran en situaciones de encuentros culinarios con parientes. Un músico o un actor, cuando paran en un hotel durante sus giras, puede que al principio sólo pidan las sábanas limpias y un desayuno a las diez de la mañana. Pero cuando le traen las sábanas, aclara “yo las quería de raso dorado”, y ante el desayuno continental, objeta: “yo desayuno con whisy importado y unas fetas de salame holandés con carne picada macerada al aceite de oliva con orégano

En los ámbitos académicos y laborales se puede aplicar este término. Es estílotro un profesor que durante la cursada no es exigente y que, incluso, se muestra benévolo y poco rebuscado con sus alumnos. Pero cerca de la finalización del cursado, nos enrostra miles y miles de libros, y nos pide una monografía o un trabajo interminable como requisitos para rendir el examen final. También es estílotro un jefe que nos contrata para atender al público, pero cuando estamos por cerrar una venta nos pide que por favor atendamos el teléfono, que repongamos mercadería y que le llevemos un café irlandés bien cargado a su oficina.

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Delograma

Posted by jorgemux en diciembre 24, 2009

(Sustantivo. Del griego délos = claro, evidente y grámma = letra)

Palabra cuya etimología no tiene complejos vericuetos históricos y semánticos.

Muchas de las palabras que tenemos en el idioma español son producto de peripecias históricas y cruzamientos semánticos. De la palabra “bigote”, difícilmente podamos rastrear a priori una etimología. Sabemos, sin embargo, que “bigote” proviene de cierta época en alguna región en España, en la cual había muchos soldados alemanes que tenían la costumbre de saludar “Bei Gott” (tal vez traducible como “vaya con Dios”) y tocarse el bigote. De esa curiosa historia se deriva el nombre del bigote. Al analizar la etimología encontramos que los bigotes nada tienen que ver con “vaya con Dios”, por lo cual ha habido aquí una fusión de hechos históricos que determinaron el uso de la palabra. “Bigote”, entonces, no es un delograma: la etimología no tiene adecuación con el significado del término.

Al verano se lo llama, también “canícula”. Me asombró descubrir que en latín “canicula” significa “perrita”. ¿Qué relación puede haber entre las perritas y el verano? He aquí una palabra que tampoco es un delograma. Hace poco, gracias a este maravilloso diccionario de etimologías, descubrí que en Roma el verano coincidía con la aparición de la constelación del Can Mayor, conocida también como “la canícula”.
Probablemente podamos encontrar un término que defina a estas palabras gestadas a partir de una etimología llena de vericuetos: son tafogramas, pues esconden (táfos) su conexión con el hecho que les dio origen.
Los tafogramas tienen una etimología puramente casual, aleatoria y son producto de la larga, compleja y diversa trama de las  historias de los pueblos. Son inventos sin inventor; vocablos cuya fuerza semántica surgió muchas veces gracias a la feliz conjunción de algunos malentendidos que jamás fueron aclarados. 

En contraste con los tafogramas, tenemos los delogramas: términos en los que se puede rastrear sin problemas la etimología. “Democracia”, “Monarquía”, “Soliloquio” y cientos de miles más. Son palabras que se conectan con su etimología sin conflictos y de manera transparente.

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Prevenéreo

Posted by jorgemux en diciembre 22, 2009

(Adjetivo. Del latín pre = antes y venus = deleite o acto sexual. Dícese de los pensamientos: es un pensamiento prevenéreo)

Modo en el que se imaginan las experiencias eróticas cuando jamás se las ha tenido.

Se considera prevenéreo a un pensamiento de índole erótica cuando se lo concibe antes de cualquier experiencia sexual, incluso masturbatoria. Los niños, cuando conocen en qué consiste el sexo, sólo pueden representarse las experiencias sexuales por analogía y de manera imperfecta. Cualquier intento por imaginar qué se siente tener sexo se convierte en una hipótesis de dudosa confiabilidad.

Los pensamientos prevenéreos también los tienen quienes se han volcado a la castidad de manera completa y total, y quienes no tienen desarrollado su aparato sexual, o lo han perdido (por algún accidente, o una enfermedad) a edad temprana.

Un excursus por la vida mental de un niño intentando imaginar qué es el sexo puede verse en esta entrada de mi otro blog, Monstruos y Berenjenas.

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Divina sensualidad

Posted by jorgemux en diciembre 21, 2009

A los nueve años mis compañeros de grado y mis amigos del barrio iban a catecismo y de vez en cuando uno de los curas les hacía levantar la remera para acariciarles el ombligo y pasar sus labios por las pancitas lampiñas. Por esa misma época, había un muchacho de mirada vidriosa, de unos once o doce años, que cada tanto pasaba por nuestra calle y nos tocaba el culo sin disimulo y con deleite evidente. También, un señor del barrio que era gasista o plomero a veces jugaba a la lucha con nosotros y nos mordía. Pero esas cosas no nos parecían aberrantes, porque no tenían nada que ver con el sexo.
El sexo –según sabíamos a esa edad- era algo que se hacía entre un hombre y una mujer, e involucraba al pene y a la misteriosa y mítica vagina. Los besos en la boca tenían algo que ver. En cambio, besar un ombligo, tocar el culo o morderse entre hombres podían ser conductas raras, pero jamás las asociaríamos a algo sexual. No había penes, no había desnudez del torso para abajo, ni besos de lengua.
Cuando yo tenía nueve años no existía el acceso a la pornografía. No cabía la mínima posibilidad de representarme qué era exactamente el sexo. Las escuelas tenían prohibido hablar del aparato reproductivo –las palabras “gónada” y “vulva” no debían siquiera mencionarse- y lo más excitante que podía verse en televisión eran las piernas de Luisa Albinoni, si nuestros padres dejaban que nos quedáramos hasta después del horario de protección al menor. El sexo, para nosotros, era un misterio alrededor del cual tejíamos todo tipo de increíbles y complicadas fabulaciones.
Teníamos un serio problema con el lenguaje en esa época. La palabra “coger” era accesible, breve y efectiva –particularmente, para insultar- pero no sabíamos bien qué era eso de “coger”. Mi amigo Martín resumía el proceso de coger en la siguiente explicación: “Encontrás una mina, te la chapás, se te para la pija, a ella se le abre la concha y te la cogés”. He ahí un método de cinco pasos en el cual el último decisivo eslabón permanece en el misterio más profundo: ¿qué demonios es “coger”?
Martín, vecino y compañero de cuarto grado, presumía de su precocidad contando historias de sus encuentros sexuales con primas mayores o con compañeras de inglés. Siempre –según sus relatos- se seguía el método de cinco pasos, aunque de vez en cuando daba detalles del misterio. Hoy puedo recordar esos detalles con una tierna sonrisa. Martín se esforzaba por inventarnos una historia verosímil acerca de los procesos fisiológicos del hombre y de la mujer cuando están cogiendo. La cuestión era que él, como nosotros, no tenía la menor idea de lo que significaba coger. “Después de chapar, te le tirás encima. Están una o dos horas así sin moverse hasta que ella te toca la poronga y empieza a gritar” Para entender esta historia no hace falta suponer que los dos participantes tienen un contacto piel con piel: lo esencial es que el hombre se tire encima de la mujer y que alguno de ellos comience a gritar. A mí me parecía algo aburrido y sin sentido. Sin embargo, en esa historia se filtraba algo que al poco tiempo iba a ser el rumor más escandaloso. ¿Por qué en el sexo había gritos? La única respuesta posible era: porque el sexo duele. Todos sabíamos lo delicada que es la piel del pene y qué fácil resultaba pasparse o lastimarse con el mínimo roce. Si el pene cumplía alguna otra función además de orinar, esa función debía conllevar una experiencia dolorosa.
Por esa época nos obsesionaba el dolor del sexo. Nosotros mismos jugábamos con nuestro pene (todavía sin saber bien qué hacer con él); nos tocábamos, entrábamos en erección y descubríamos que los sensibles pliegues internos del prepucio se irritaban y ardían al mínimo contacto con las manos. Existían, además, trabajosas fabulaciones acerca de lo que le ocurrió al primo de un amigo de un conocido: se tocó tanto el pene que comenzó a sangrar y hubo que llevarlo a una guardia médica, donde le amputaron el miembro. En otras versiones, la amputación venía como consecuencia de haber tenido sexo con una mujer. En todos los casos, las derivaciones y secuelas del sexo eran problemáticas y poco atractivas.
A esa edad nos quedaba claro que los hijos se gestaban a partir del sexo. Por lo tanto, éramos capaces de deducir cuántas veces una pareja había tenido sexo a partir de la cantidad de hijos: tres hijos, tres veces sexo. Era raro que alguien tuviera más de cinco o seis hijos (eso en casos límite); por lo general las familias que conocíamos tenían hasta tres hijos. Eso era un buen indicador de que el sexo era algo que se ejecutaba pocas veces en la vida, debido, quizás, al dolor que provocaba. Asumíamos que las personas de más de cincuenta años no tenían sexo (y no deseaban tenerlo, desde luego) porque nunca nos encontrábamos con cincuentonas embarazadas.
Cuando terminamos las clases de cuarto grado, Martín y yo nos seguimos viendo para jugar a la pelota o a la bolita. En ese verano él comenzó a tener una extraña fantasía platónica: se había enamorado de una monja muy joven que vivía en un convento a dos cuadras de mi casa, y me aseguraba que ella, a su vez, le mostraba cierto interés. Martín aparentaba tal vez uno o dos años más, pero parecía desquiciado pretender algo con una mujer adulta que usaba hábitos grises y que no mostraba un solo indicio de sensualidad con ese aparatoso y sofocante vestuario. La monjita pasaba todas las tardes por la esquina de mi casa, y yo la podía ver con detalle: tal vez no era tan joven, y su rostro poceado de viruela tenía una profunda amargura. No podía dejar de mirarla: quería entender qué había encontrado Martín en ella, y todo lo que conseguía era impresiones de tristeza y asco. “El otro día se levantó la sotana y me dejó verle el culo”, me contaba orgulloso Martín, fingiendo –o tal vez no- que había entrado al convento con la excusa de ayudar a la hermana a hacer unos mandados. “¡Me mostró el culo, Jorge!”, repetía triunfal. “Claro, casi me la cojo, pero justo venían las monjas viejas y tuve que salir cagando”.
La tarde del veintiuno de diciembre hacía un calor espeso, casi viscoso. La monjita pasó por la esquina de mi casa. Martín estaba conmigo y allí ocurrió algo insólito: ella disminuía el paso y se levantaba el hábito con disimulo para dejar al descubierto la parte inferior de la rodilla. Se mordía levemente el labio y dirigía a Martín una mirada perversa o cómplice. Luego siguió su paso. Martín, muy excitado, decidió que la siguiéramos a unos veinte o treinta metros de distancia. Llegamos hasta la entrada del convento. Sin disimulo, la monjita se daba vuelta y hacía algún gesto. “Está conmigo. Hoy me la cojo”, repetía Martín casi a los gritos.
La monja llegó al convento y entró. Martín decidió entrar después de unos instantes de impaciencia e indecisión. La puerta estaba abierta. Yo me quedé afuera y, durante los veinte minutos en que estuve solo, el cielo se nubló, se desató un chaparrón, se dejó ver un arco iris y volvió a salir el sol. Cuando un rayo tibio de sol iluminó la puerta del convento, Martín salió con paso lento y una expresión de horror.
– Me la cogí nomás – dijo apurado y casi sin voz.
Durante un buen rato no quiso hablar sobre el tema. Eran las cinco de la tarde; íbamos a tomar una leche chocolatada a mi casa; luego jugaríamos a la escondida con los otros chicos, y Martín se había cogido a una monja y no quería hablar.
Al atardecer de ese larguísimo día por fin dijo las primeras palabras sobre el tema.
– Coger es horrible.
Le pregunté qué le había pasado. Después de todo, él ya sabía desde antes lo que era “coger”.
– Jorge, lo que te decía era todo bolazo. Esta es la primera vez que cogí en mi vida. Y no tiene nada que ver con lo que creíamos.
En ese momento me contó los detalles.
– La monja se bajó un poco el hábito y me hizo lamerle las tetas. Tenía las tetas llenas de venas azules. Una teta era muy larga, como llena de pocitos y cada tanto chorreaba un líquido rojo. Yo le decía que no, pero ella me agarró más fuerte y me apretó. Después se sacó toda la ropa. Abajo tenía todo peludo, como un oso, y de la panza hasta la rodilla había una especie de pelota verdosa que latía. Entonces me bajó los pantalones y el calzoncillo, me agarró el pito y se lo acercó como acariciándose la cosa verde. Cuando me pude zafar le di una patada y me gritó que quería más, que la siguiera pateando. Chillaba como una rata vieja y enorme. Entonces traté de salir corriendo.
Hubo un silencio largo. Por primera vez tenía la sensación de que Martín hablaba en serio. El espanto que sentía nos daba la pauta precisa: coger era horrible.
– Pero eso no fue todo, Jorge. Cuando salía de ahí, me agarraron dos monjas viejas y me dijeron algo espantoso. No sé cómo se lo voy a contar a mis viejos.
“No sé cómo se lo voy a contar”, repetía.
– Me dijeron que la dejé embarazada. Me dijeron que, por mi forma de coger, dentro de poco se me va a caer la poronga, me voy a convertir en mujer y cuando sea grande voy a querer ser monja como ellas.
Mientras llegaba la noche nos quedamos en silencio, sentados en el borde de un cantero. Martín lloró un momento y siguió repitiendo detalles. Durante un rato nos pusimos a evaluar qué tan cierta podía ser la advertencia de las monjas viejas. Antes de irnos a cenar cada cual a su casa, y tal vez para darse un poco de valor, Martín se animó a ser tímidamente escéptico y me preguntó:
– ¿Cómo voy a querer ser monja si a mí no me gusta ni coger?

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Pretrete

Posted by jorgemux en diciembre 21, 2009

(Adjetivo. Del latín pre = antes y traho = arrastrar)

Quien antes de presentarnos una cosa emite juicios de valor para condicionar nuestra opinión acerca de esa cosa.

 “Escuchá el chiste que me contaron… Está buenísimo… Es uno de los chistes más graciosos del mundo… No puedo parar de reírme…” nos dice el pretrete. Luego nos cuenta el chiste y resultó que no era tan gracioso. Sin ánimo de discutir, le decimos que en verdad no nos pareció tan bueno, pero él se siente ofendido o sospecha que no lo hemos entendido, o incluso apela a que él no sabe contar chistes. El pretrete pretende arrastrarnos a su opinión (de ahí viene la etimología) sin que medie nuestro juicio, el cual podría ser disidente.

Los pretretes más patéticos son los que emiten juicios positivos acerca de sus propias obras, por lo general estéticas. Un escritor que dijera “Tenés que leer mi novela, está buenísima, no sabés el suspenso que tiene“, o un músico que nos anuncia la “sensibilidad increíble” que tiene tal o cual canción y que “nos va a hacer llorar” es no sólo un pretrete, sino también un peligroso ególatra. A veces el pretrete ególatra realiza una falacia de apelación al pueblo: “todos los que leyeron mi novela dijeron que tenía un suspenso bien logrado… Si a vos no te pareció, entonces es problema tuyo“. “La mayoría de los que escuchan mis canciones me agradecieron con lágrimas… Si a vos no te emocionan andá a ver a un psicólogo“. Con este argumento, el pretrete cree que el dictamen de una supuesta mayoría es válido sin discusiones. El pretrete tiene una ilusoria e ingenua concepción de las experiencias estéticas: reclama para sí una uniformidad de juicio con respecto a su obra, cuando -precisamente- el masivo juicio uniforme es lo que tal vez evidenciaría la poca riqueza y profundidad de su trabajo. Por otra parte, cada vez que un autor pretende crear tal o cual emoción bien definida y determinada, está obrando como un miope: no es posible predecir lo que van a sentir los receptores de la obra, ni cómo va a ser recibida, ni qué reinterpretaciones se harán con ella.

(El chiste que ilustra el post -robado de este sitio– es el mejor del mundo. )
 

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Chulafuertes

Posted by jorgemux en diciembre 18, 2009

(Adjetivo. Idiotismo)

Dícese de quien habitualmente se toma las nalgas con las manos.

El clásico gesto de “agarrarse la cabeza”, en el chulafuertes se traslada a las zonas lumbares. Sin embargo, un chulafuertes no necesita de un estado de preocupación para tocarse las nalgas. Por reflejo, pone los brazos en jarra pero en lugar de apoyar sus manos en la cintura (la postura clásica), las lleva hacia atrás y más abajo, adoptando una postura incómoda de ver. Desde luego, este caso de chulafuertes es socialmente tolerado. Existe un tipo de chulafuertes que se toca las nalgas con fruición, sin reparar en que puede haber gente que sienta incomodada.
A veces, las personas enchulenguizadas y enrajadas suelen darse cuenta de que, por el prominente tamaño de sus traseros, es probable que el pantalón les haya quedado por debajo de la línea visual aceptable y entonces recurren al manotazo para corroborar si eso es así o no. Se trata de un chulafuertes que se toca para contrarrestar los efectos nocivos del enrajamiento causado por la enchulenguización.

Los chulafuertes suelen ser extrovertidos, desenfadados y altamente prejuiciosos.

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