Exonario

Definiciones y términos que no figuran en el diccionario (exonario no figura en el diccionario)

Archive for 31 julio 2009

Monogorar

Posted by jorgemux en julio 31, 2009

(Verbo. Del griego monos = uno, único y agoréuo = hablar. Adjetivo: monógoro,a)

Insistir en hablar con una sola persona en una reunión.

Mientras el superfante desea acaparar todas las miradas y todas las atenciones, el monógoro busca a un interlocutor y lo persigue de manera incansable. Su conversación está dirigida únicamente a su víctima: hace chistes que sólo ella podría entender y cuenta historias en las que falta mucha información para que los demás se queden afuera. Si alguien intenta entrar en ese cerrado círculo conformado por el monógoro y su víctima, no conseguirá hacerlo: el monógoro ignorará los comentarios de este tercero e iniciará una conversación que a ese tercero nunca podría interesarle y en la cual no tiene posibilidad de intervenir.

Un ejemplo. A es el monógoro que se encuentra con B en una reunión. B está sentado alrededor de una mesa junto con otras diez personas que intercambian palabras. A busca un lugar en ese grupo, pero en vez de compartir su charla con las diez personas, sólo se dirige a B. B intenta escaparse, tratando de reconectar sus palabras con las del resto del grupo. Pero A sacará algún tema quizás polémico que sólo pueden entender A y B. Si C intenta entrar en ese grupo, el monógoro no le dará lugar; continuará monopolizando la atención de B e ignorará la presencia de C.

Palabras relacionadas: nefascordio, osunocer, onfaloquio, subafar.

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Alicuabio

Posted by jorgemux en julio 30, 2009

(Sustantivo. Del latín aliquis = alguien y habeo = hay)

Desconcierto que produce darse cuenta de que ha quedado encendido un artefacto en nuestra ausencia.

Fuimos al supermercado y dejamos el televisor encendido en casa; nos acostamos a dormir y dejamos la luz del baño encendida; salimos de vacaciones durante un mes y cuando volvemos descubrimos que hemos dejado la hornalla prendida y la pava puesta para el mate. En estos tres casos, el descubrimiento nos produce una extraña sensación de sorpresa; por un instante -menos de un segundo- suponemos que alguien ha ingresado a casa durante nuestra ausencia. Sin embargo, es mucho más desconcertante darse cuenta de que ese alguien es una parte de nosotros mismos que hace cosas y las olvida. Una parte de uno quería seguir mirando televisión o leyendo revistas en el baño. Una parte de uno mismo no quería irse de vacaciones; sólo deseaba tomar unos mates.

Según la etimología del término, “alicuabio” significa “hay alguien”. Durante todo el tiempo en que la luz, el televisor o la hornalla quedaron encendidas, es como si una parte de nosotros mismos estuviese allí. El alguien al que se refiere el término soy yo, pero es un yo extraño y ajeno que se desdobla de mi cuerpo y habita en lugares en los que mi yo de siempre no está.

¿Qué estoy haciendo yo en la habitación del fondo donde dejé la luz encendida? ¿Para qué quiero estar allí sin mi cuerpo?

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Queroloquio

Posted by jorgemux en julio 29, 2009

(Sustantivo. Del latín quaero = inquirir y loquor = hablar)

Relato interrumpido por las preguntas innecesarias, accesorias o retóricas del propio narrador.

Muchas personas necesitan una continua aprobación de su interlocutor: no hacen un relato de corrido porque intercalan pausas, preguntas o guiños paralingüísticos para que su interlocutor se vea obligado a decir algo.
“Ayer fui al médico porque me empezó a doler… ¿cómo se llama? ¿Metacarpio? (pausa)”.
La pausa fuerza al interlocutor a dar alguna respuesta.
A pesar de su tono interrogativo, a veces la pregunta no es una genuina pregunta sino una afirmación que requiere asentimiento: “Te voy a contar la historia de Raúl. La última vez que lo vi se estaba volviendo bastante zurdito… Porque viste que ahora desde que están los Kirchner se vinieron los zurdos a lo loco… (pausa)”
También puede haber preguntas que fuercen una “respuesta de atención”. Por ejemplo: “Yo te voy a explicar cómo es esto, ¿me oís? (pausa), bueno, mirá, ¿estás mirando? (pausa); ahora te cuento para que sepas cómo se preparan los ravioles, ¿me escuchás? (pausa); agarrás la harina, la mezclás con el agua, ¿me vas siguiendo? (pausa)”. Las molestas preguntas sólo tienen el objetivo de corroborar que el oyente está siguiendo atentamente los pasos de la instrucción; no son realmente preguntas.

El queroloquio es difícil de soportar porque requiere de una activa participación del oyente.

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Circunomio

Posted by jorgemux en julio 27, 2009

(Sustantivo. Del latín circum = alrededor y nomen= nombre)

Objeto al que no se lo bautiza con un nombre, sino con una descripción.

Mientras para algunas cosas tenemos nombres “de una sola pieza”, para otras sólo hay nombres compuestos de un sustantivo genérico y un adjetivo, o un sustantivo, una preposición y otro sustantivo. Estos nombres compuestos son descripciones; sirven como indicadores para identificar al objeto, pero no son propiamente nombres. Existe una multitud de objetos huérfanos de nombre pero fácilmente reconocibles por una descripción. En Exonario nos propusimos la tarea de dar nombre a algunos de ellos: el remolino de la cabeza ahora es un vorticipio. Todavía hay una enorme cantidad de objetos (y de especies de objetos) que aun no poseen su bautismo propio: “Trípode de pizza”, “mapa de carretera”, “mesa de cocina”, “milanesa con puré”, “mouse con ruedita”.
Existen teorías según las cuales los nombres son abreviaturas de descripciones, y en ese caso el nombre sólo funciona por una cuestión de economía verbal. Sin embargo, según otras teorías, el nombre es una etiqueta a partir de la cual se pueden dar ciertas descripciones posteriores, pero dicho nombre no queda “casado” con ninguna descripción en particular.
Si tomamos en cuenta el primer grupo de teorías, la tarea de asignar nombres a los circunomios no tiene demasiado sentido (reemplazar “remolino de la cabeza” por “vorticipio” no representa una gran ganancia en nuestra economía verbal: es más fácil acordarse de la expresión “remolino de la cabeza” antes que de “vorticipio”) Pero el segundo grupo de teorías es más interesante: un objeto queda definido por su nombre; luego las descripciones pueden variar e incluso podría haber mundos posibles en los que ese mismo objeto no satisficiera ninguna de las descripciones con las que comúnmente los asociamos. El autor paradigmático que trabaja con este tipo de teorías es Saul Kripke.

(Analícese la expresión “ese mismo objeto no satisface ninguna de las descripciones…”: ¿sigue siendo “ese mismo objeto” a pesar de no poder ser descripto de ninguna de las maneras con las que lo asociamos? ¿Seguiría siendo un vorticipio algo que no pudiera describirse como “remolino de la cabeza”?)

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Proprato

Posted by jorgemux en julio 24, 2009

(Sustantivo. Del griego pro = adelante y pragma = objeto, acción, utilidad)

Objeto al que se lo guarda porque puede “servir para algo”.

Cuando se nos rompe un artefacto que contiene piezas, tornillos y accesorios, solemos creer que cada una de esas partes puede tener alguna utilidad futura y por eso las guardamos. Lo mismo ocurre con las tuercas, tornillos, carcasas de reloj, cajas o maderitas que nos encontramos en la calle o cirujeamos de un contenedor.

Los propratos pueden conformar su propio colocio. A veces, podemos guardar propratos dentro de una caja o un frasco. A veces, los propios propratos consisten en cajas y frascos. Al acopiamiento de cajas y frascos se la denomina cenotimia.

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Estechico / Estachica

Posted by jorgemux en julio 22, 2009

(Adjetivo)

Con estas palabras hacemos una excepción en Exonario: estas expresiones tienen uso actual en ciertos lugares de la República Argentina, pero no es fácil entender su significado.
Por lo que pude corroborar, no hay definiciones ni explicaciones de uso de estos términos.

En verdad no tienen significado sino contextos de uso. Se trata no de conceptos sino de pragceptos: palabras cuyo verdadero contenido es puramente pragmático.
“Estechico” y “Estechica” se usan como apelativos para referirse a una persona presente cuando no se conoce el nombre de esa persona, cuando esa persona es joven (o más joven que quien pronuncia esa palabra), cuando existe algún tipo de asimetría -social, económica o educativa, o las tres- entre ambos interlocutores y cuando no se tiene la menor intención de aprenderse el nombre del apelado.

Ejemplos de uso: Una señora entra en la verdulería y es atendida por un muchacho flaco y tímido. La señora comienza su pedido diciendo: “A ver, estechico, poneme tres kilos de papas blancas, pero que sean blancas de verdad, no negras lavadas”.

Es posible que la mucama se enferme y en su reemplazo envíe a una amiga o a una parienta. Esa reemplazante jamás será llamada por su nombre ni por su profesión; suele ser común que su ama la llame gritando: “Estachica, estachica, limpiame otra vez los inodoros”.

La sola proferencia de este apelativo conlleva un desprecio y una rebaja del interlocutor a quien va dirigida. La expresión “Estechico” sólo puede preceder a una orden inapelable y de ejecución inmediata, trabajosa y humillante. Jamás se trata con este apelativo a un médico, a un abogado, a un funcionario público, a un hombre de cuerpo apolíneo o a una mujer muy bella.

No existe el uso recíproco del “estechico / estachica”, pues, como dijimos arriba, es necesario que haya una asimetría entre los dialogantes y que quien profiera el término sea el que se encuentra en la escala más alta de esa posición.

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Sulcibio, a

Posted by jorgemux en julio 21, 2009

(Adjetivo. Del latín assulto = venir saltando y cibus = comida, alimento)

Dícese del alimento de forma redondeada que posee una tendencia a salir expulsado del plato o de la bandeja cuando se lo intenta pinchar con un tenedor.

El huevo duro, el chorizo y las aceitunas son alimentos sulcibios.
Las uvas -o frutas pequeñas en general-, los cubitos de hielo y los caramelos también pueden serlo, pero no es común que se los intente pinchar con un tenedor.

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Tomasita ríe

Posted by jorgemux en julio 20, 2009

En este momento mi hija Isabella duerme en nuestra cama matrimonial y mi mujer está aterrorizada. Son las tres y media de la mañana; la casa está completamente a oscuras y en silencio, y hace unos minutos Isabella, de ocho meses, comenzó a llorar desde su cuna en la habitación del fondo. Irma se despertó antes que yo y la escuchó. Se levantó para ir a su habitación y consolarla. Mientras buscaba las pantuflas el corazón se le detuvo. No lloraba. Se reía de alegría completa y total. Una carcajada interminable como nunca le habíamos escuchado antes.
Mi mujer me despertó cuando Isabella ya llevaba dos minutos de risa. La casa seguía a oscuras, excepto por nuestro velador, y nadie se atrevía a enfrentar el pasillo para llegar al cuarto de la bebé. Después de tres minutos, la risa de Isabella era cansada y ligeramente quejumbrosa, como si alguien la torturase haciéndole cosquillas. Como si riera contra su voluntad.
En ese instante no me representé la escena espantosa que sí había imaginado mi mujer: algo, en la fría oscuridad, haciéndole invisibles e inhumanas morisquetas a Isabella; tal vez iluminándose con el escaso reflejo de la luz a través de la ventana. Quizás por eso, porque no fui capaz de pensar en una retorcida causa externa, me atreví a encender la luz del pasillo y encaré hacia la habitación. Mi hipótesis tranquilizadora era que quizás el gato se había subido a la cuna, y a mi hija le causaba mucha gracia ese muñeco de peluche viviente.

Mientras caminaba por el pasillo, la risa de Isabella había aumentado. Como si la gracia fuera in crescendo. Su tierna carcajada ya era ronca y cada tanto se entrecortaba con un breve acceso de tos. Mi mujer me seguía a pocos pasos.

Ya en el umbral de la puerta de su habitación, la risa generaba un molesto eco agudo que perturbaba los oídos. Cuando encendí la luz, pudimos ver una de las cosas que mi mujer más temía.

Isabella estaba despierta, mirando hacia un ángulo del cielo raso y no paró de reír aun después de que hubiéramos encendido la luz. El gato no estaba y, por supuesto, no había nada en el rincón del techo al que sus ojos se dirigían.

– Hija, ¿qué te pasa? –le preguntó Irma, tomándola entre brazos desesperada. Isabella nos dirigió una breve mirada y siguió riendo, tratando de esquivar nuestras cabezas para seguir mirando ese ángulo vacío.

Mi primera hipótesis fue que Isabella en realidad estaba sonámbula. Irma se puso a llorar y me recordó una de las historias más sórdidas de su familia.

– Igual que Tomasita.

2

Tomasita es una sobrina que vive en Chubut, y de la cual sólo tenemos escasas noticias. Ahora, ella tiene doce años y una incierta enfermedad neurológica. Lo que conocemos sobre su vida se resume en una sucesión de visiones aterradores y premoniciones fatales.

Una vez, hace seis o siete años, toda la familia de mi mujer se reunió en Rawson (Chubut) para comer un asado y reencontrarse después de largas décadas de vivir en lugares muy distantes. Estaban los tíos de Irma, la madre, los hermanos, las cuñadas y los sobrinos. En la larga sobremesa de ese domingo de mayo se jugó al truco, se habló de política, de fútbol y de la situación personal de cada uno de los asistentes. Muchos de ellos se quejaban de que el dinero no les alcanzaba para llegar a fin de mes, de que el alquiler era una locura, de que su trabajo les rendía poco, de que la inestabilidad laboral los estaba matando. Otros, en cambio, contaban sus éxitos laborales o amorosos. Tomasita tenía seis años. Había estado jugando con sus primos en un pelotero y se apareció en el comedor. Le preguntó a su madre: “¿por qué el tío Alberto no llega a fin de mes?”. La madre contestó: “porque le pagan muy poco, Tomasita”. La niña miró por un momento al tío Alberto y volvió al pelotero.

El veintinueve de mayo de ese año, el tío Alberto murió de un paro cardíaco. No llegó a fin de mes.

En otra ocasión, Tomasita hablaba con su abuela y su madre, haciendo planes para su cumpleaños número ocho. La abuela le prometió a la madre que iba a hacer una torta. Tomasita dijo, sin dudar: “Abuela, vos no vas a estar para mi cumpleaños”. Y así ocurrió. La abuela falleció una semana antes de la fiesta.

Pero nadie habría prestado atención a las palabras de Tomasita si no fuera por algo que le había ocurrido a los dos años de vida. Algo que la emparentaba con mi hija Isabella.
Una noche Tomasita se despertó en la madrugada y comenzó a reír sin parar. Mi cuñado Rubén se levantó, encendió la luz y vio que la niña observaba atenta y divertida un rincón vacío del cielo raso.

En este momento agradezco que mi hija Isabella todavía no pueda hablar. Rubén no tuvo esa suerte. Tomasita vio a su padre y, sin parar de reír, dijo, señalando el cielo raso:

– Mirá el nene.

No sé lo que hizo Rubén. Supongo que habrá mirado una vez más, sin encontrar más que un ángulo de pared pintado de blanco y rosa. Después de tragar saliva, habrá preguntado:

– ¿Qué nene?

Tomasita, sin dejar de reír, contestó:

– Ese que está ahí, que tiene las cosas como las palomas.

Quizás Rubén recordó que ese mismo día Tomasita había preguntado por qué vuelan las palomas. Y él le había respondido: “porque tienen alas”.

– ¿Tiene alas? ¿Es un nene con alas?

La niña tal vez no respondió, pero yo mismo siento un escalofrío cuando recuerdo lo que dijo luego:

– El nene está vestido con una sábana blanca y canta una canción.

– ¿Qué canción, Tomasita?

-No sé. Grita mucho.

– ¿Dice algo? La canción, ¿dice algo?

– Sí. Pero grita mucho.

Hasta aquí, la reconstrucción más o menos fiel de lo que recuerdo del relato que mi suegra le hizo a mi mujer acerca de lo que dicen que ocurrió con la hija de mis cuñados. Este relato era una curiosa anécdota hasta hoy. La imagen de un angelito revoloteando por la habitación, haciendo de payaso cantor a la madrugada, me había parecido tierna e inverosímil. Ahora, hoy, me resultaba probable y escandalosa.

A las tres y media de la mañana, Isabella se volvió a dormir. Irma la sacó de su cuna y la llevó a la cama matrimonial. Yo me quedé levantado, maquinando hipótesis, examinando sin convicción el ángulo del cielo raso de su habitación. Golpeé el techo con un palo de escoba; sacudí las cortinas, abrí el placar y puse mi oreja en las paredes. Nada raro. Incluso apagué la luz y traté de mirar el cielo raso con los ojos entrecerrados, o de costado y sin enfocar la vista. Dicen que esa es la manera en que pueden verse los fantasmas. Llegué a sugestionarme: sentí tenues olores a musgo, a hortalizas y a magnolias. Y me pareció escuchar unos volátiles ruiditos en las paredes y el techo, como las pisadas de un duende minúsculo. También tomé fotografías en plena oscuridad, pero la entidad metafísica que tanta gracia le causaba a mi hija se empeñaba en no manifestarse.

Finalmente, terminé aceptando la posibilidad de que Tomasita e Isabella compartieran un oscuro destino común de revelaciones y clarividencias. Lo que en verdad me preocupó era el futuro de las neuronas de mi hija: Tomasita, a los doce años, padece una enfermedad mental de diagnóstico impreciso y vacilante, cuyos únicos síntomas definidos son el llanto perpetuo y las alucinaciones.

Pero mientras yo jugaba al Sherlock Holmes metafísico, mi mujer me llamó desde nuestra habitación. Eran las cuatro menos cuarto de la mañana.

– Recibí un mensaje –me dijo.

En el celular se leía:

Siempre te voy a cuidar, primita.

De: Rubén.

El número era de Rubén, pero el mensaje había sido enviado por Tomasita. Irma respondió con un lacónico y desconcertado “gracias”.

3.

Los sucesos que acabo de contar ocurrieron anoche.

Hoy a la tarde nos llamó Rubén desde el sur, preguntando por qué le habíamos dicho “gracias”. Irma le contó lo del mensaje y, entre lágrimas, trató de explicarle todo lo que había pasado. Rubén le contestó con idéntico desconcierto:

– Anoche nadie te mandó un mensaje, Irma.

Nos enteramos de que a esa hora Rubén estaba durmiendo; que su celular había estado toda la noche en su mesa de luz y que Tomasita desde hace tres días está internada en estado de coma.

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Parágelo,a

Posted by jorgemux en julio 20, 2009

(Adjetivo. Del griego para = conjuntamente y geláo = reír)

Dícese de quien sólo se ríe porque cree que los demás también se reirán.

El parágelo suelta su carcajada en la mitad del chiste, cuando todavía no se dijo el remate gracioso. A veces, cuando realmente se quiere reír, trata de reprimir su deseo si se da cuenta de que quienes lo rodean no se ríen. Su risa es totalmente obsecuente y condicional.
El parágelo es muy afecto a la pauquirisa.

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Navagar

Posted by jorgemux en julio 19, 2009

(Palabra y definición enviadas por Elizabeth Auster. Blog: Textualidea)

(De navegar y vagar)

Uso exclusivamente ocioso de Internet.

El usuario que navaga no consulta el mail laboral, no lee el blog corporativo, no visita sitios académicos ni se informa a través de los diarios on line de ninguna noticia que pueda ser útil para su vida cotidiana o sus negocios. Por el contrario, el empleado de recursos humanos acudirá a la mensajería instantánea para planificar salidas, el gerente entrará a sitios de juegos y pornografía, el profesor leerá los blogs de chimentos y el politólogo, el suplemento deportivo.

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