Exonario

Definiciones y términos que no figuran en el diccionario (exonario no figura en el diccionario)

Archive for 30 enero 2009

Moscelar

Posted by jorgemux en enero 30, 2009


(Verbo. Del latín monstro = mostrar y celo = ocultar

Exhibir algo un momento para luego esconderlo.

Un niño tiene un chocolate y la muestra a un amigo. El amigo observa admirado y entusiasmado, pero el niño oculta la golosina una vez que la ha mostrado. Un millonario muestra su holgada billetera a sus parientes pobres para luego guardarla sin ofrecer un peso. En estos casos se moscela con dos intenciones: fanfarronear y despertar cierta envidia. Pero existe una tercera intención oculta en aquellas dos mucho más maliciosa que es despertar la ilusión y el deseo ajenos, haciendo creer que hay una voluntad de compartir aquello que se exhibe, cuando en verdad no es así.

Se puede moscelar con el propio cuerpo. Cuando una mujer muestra por un segundo sus pezones o su trasero con la intención de despertar la lujuria de un hombre, está moscelando. Si luego se quita toda la ropa y se entrega, no hubo moscelación. Si después de esa mínima y provocativa exhibición decide vestirse y retirarse, diremos que hubo histeria y moscelación.

Anuncios

Posted in M, Sexonario | Leave a Comment »

Idiópero

Posted by jorgemux en enero 29, 2009

(Sust. Del griego idios = propio, particular y péras = límite)

Objeto que limita consigo mismo.

El idiópero no es un objeto infinito ni ilimitado. Se trata de una cosa que no comparte las propiedades geométricas habituales, pues se encuentra plegado sobre sí mismo sin otro objeto alrededor: todo lo que hay alrededor, es él mismo.

Otra manera de ser del idiópero consiste en que sus límites o bordes poseen propiedades distintas a las usuales. Se pueden postular idióperos cuyos límites perimetrales sean una entidad matemática, un color abstracto o una energía metafísica y no estrictamente un límite en el sentido común de la palabra.

(La imagen que acompaña a esta entrada, por supuesto, no corresponde a la de un idiópero. Como se habrá entendido, no puede visualizarse un ser de características idióperas. En su lugar, hay una medusa intergaláctica llamada Lordakium, que es aproximadamente lo que imagino cuando trato de tener una idea visual de un idiópero)

Posted in I | 1 Comment »

Anoperdacia

Posted by jorgemux en enero 27, 2009

(Sust. Del latín a = partícula privativa; nosco = conocer; per = con insistencia y data = datos)

Profusión de datos para identificar algo que no se conoce.

Dado que la definición es un tanto árida, conviene aclararla con ejemplos. La anoperdacia se manifiesta en diálogos. Supongamos que A y B conversan. A desea hacerle recordar algo a B. B insiste en que no conoce eso que supuestamente debería recordar. Por lo tanto, A agrega información y datos para que B tenga mayores indicios identificatorios.
Ejemplo:

A – ¿Te acordás de la película Los dragones también lloran?
B – Nunca vi esa película
A – ¿No te acordás? Trabajaba Robert de Niro haciendo de dragón rojo.
B – Nunca vi esa película.
A – ¡Robert de Niro! y el otro… Ese, el rubio… el de Ghost.
B – Nunca vi esa película.
A – También trabajaba la actriz esa que hace los locos Addams.
B – Nunca vi esa película.
A – ¿Pero cómo que no? Esa en la que entra un tipo a la habitación y descuartiza un oso de peluche creyendo que es la mujer.
B – Nunca vi esa película.

Como puede apreciarse, este diálogo puede continuar por siempre. Mientras A permanezca empecinado en no escuchar o no creer lo que dice B, adolecerá de anoperdacia. Por supuesto, también puede ocurrir que B efectivamente haya visto la película, y no lo recuerde. En ese caso, la anoperdacia pretende tener un efecto mnemotécnico: los datos son pequeños hilos para poder traer el recuerdo a la luz. Sin embargo, sea que el hecho en verdad haya ocurrido o no, es algo que muchas veces resulta irrelevante. A veces, el dialogante pretende hacer recordar al otro algo para lo cual no es necesario ningún dato o ningún recuerdo. Imaginemos que A se proponía contar el argumento de la película Los dragones también lloran. En ese caso, no parece relevante que se requiera ningún recuerdo por parte del interlocutor, y menos con tanta vehemencia.

Posted in A | Leave a Comment »

Gastropía

Posted by jorgemux en enero 26, 2009

(Sust. Del griego gasterós = estómago y entropía = medida de desorden de un sistema)

Deterioro en el placer culinario a través del tiempo.

Un niño adora agregar salsa de chocolate, dulce de leche y merengue al helado. Ese mismo niño, cuando es adolescente, puede comer medio kilo de helado, pero le resulta empalagoso subrayar algo dulce con otra cosa dulce. Ese adolescente, cuando es adulto, no comería medio kilo de helado, sino apenas un pequeño vasito de oblea. En la vejez, sólo comerá obleas sin agregado de dulces. Para que se produzca la gastropía, es necesario que en cada etapa resulte repugnante el placer que se obtenía en la etapa anterior: “Ahora ni loco como crema chantilly“, dice como si se hubiera quitado la venda de los ojos. El gastrópico, a pesar de la repugnancia que siente, puede sentir cierta nostalgia: “Antes me tomaba diez cervezas y no me hacía nada. Ahora tomo medio litro y caigo redondo

Posted in G | Leave a Comment »

Econocuate

Posted by jorgemux en enero 22, 2009

(Sustantivo y adjetivo. De económico y cuate)

Persona que señala la inconveniencia de hacer determinada compra.

El econocuate acompaña a un amigo al shopping. Cuando el amigo se entusiasma por comprar algo caro, suntuoso y en cuotas con altos intereses, el econocuate lo convence para que busque una opción mejor o para que evite las muestras de desmedido entusiasmo frente a los vendedores.

Hay que destacar que el econocuate nunca puede ser un marido que acompaña a su mujer al shopping y pone cara de disgusto ante cada compra. Tampoco es una madre que se enoja por los compulsivos gastos de sus hijos en los videojuegos: el econocuate busca argumentos sólidos para hacerle ver a su acompañante que ese gasto no vale la pena, y no se enojará si, a pesar de las buenas razones en contra, el amigo de todos modos decide hacer la compra.

En el supermercado, el econocuate es quien se da cuenta enseguida de las trampas escondidas detrás de las ofertas, los anuncios, los envases y las marcas. ¿Atún de lata grande? No conviene, es mejor dos latas de atún en envase chico. ¿Seis al precio de cinco? Sí, pero cuidado: en otro supermercado cuesta aun más barato que en esa oferta. ¿Jamón cocido? No, paleta. El econocuate detecta enseguida los propaláfelos.

Posted in E | 4 Comments »

Artisenirro

Posted by jorgemux en enero 21, 2009

(Sust. Del latín ars = producto; signum = señal y erro = ir equivocado)

Envoltorio, envase o producto de manufactura que posee su línea de corte o sus flechas indicadoras en un lugar inadecuado.

“Abra por la línea punteada” o “siga el troquel” son indicaciones propias de un paquete de galletitas, un envoltorio de chocolate o una plancha de ticket canasta. A veces, sin embargo, esas instrucciones gráficas vienen corridas por un error de impresión o manufactura, y en esos casos, si las seguimos al pie de la letra, corremos el riesgo de no poder utilizar correctamente el producto: el sachet de leche quedaría abierto en un lugar incómodo para servir o las galletitas se desparramarían por el piso.

Los artisenirros son monstruos cuyos horrendos padres son las ciegas máquinas empacadoras.

Posted in A | Leave a Comment »

Perfactismo

Posted by jorgemux en enero 20, 2009

(Sust. De per = prefijo que indica insistencia y factum = hecho, acción)

Obsesiva tendencia por mostrarse activo y productivo.

Alguien puede preguntarnos: “¿Qué hiciste durante las vacaciones?” y nos pueden ocurrir dos cosas: que seamos sinceros, o que nos sintamos en la trabajosa obligación de enumerar la multitud de objetivos que logramos. Recordamos vagamente que un día hemos pintado el techo de la cocina, y responderemos: “Estuve arreglando la casa”, aun cuando la mano de pintura sólo ocupó media hora de trabajo de una tarde calurosa. Por supuesto, el perfactista necesita enumerar varias acciones: además del arreglo de la casa, debe incluir otras actividades para que no parezca que estuvo holgazaneando -lo que le resulta horroroso, aun cuando eso es lo que efectivamente hizo. “Estuve estudiando”, agregará, mientras recuerda que sólo leyó dos carillas de un libro de texto. “Ayudé a mi vieja a limpiar el patio”, cuando en realidad sólo le cebó mate durante quince minutos. “Hice trámites”, cuando sólo fue a buscar a su esposa con el auto a la salida de Rentas. El autoengaño puede incluso ser más profundo: el perfactista pudo haber pasado todo el verano tirado en la cama mirando el cielo raso, y contará esa experiencia como “un intento tortuoso por descubrir una fórmula universal en las imperfecciones de la pintura del techo”.

En las empresas y comercios, los patrones obligan a sus empleados a fingir perfactismo. Un jefe no puede ver que su empleado esté sentado tomando un té: necesita verlo en actividad continuamente. Por eso, el empleado no sólo finge que trabaja sino, además, tiene siempre preparado un discurso profuso en enumeraciones de las cosas que se hicieron durante esa mañana. En este caso, no hay una tendencia obsesiva sino una estrategia de supervivencia: al patrón le gusta creer que sus empleados son eficientes y eficaces, y al empleado le conviene no defraudar esa creencia.

Fuera de los ámbitos laborales y académicos, el perfactismo es peligroso cuando somos incapaces de reconocer frente a otros que simplemente no hemos hecho nada. Cuando tememos el juicio y creemos que siempre se debe justificar nuestra existencia mediante acciones sin descanso, nos hemos dejado llevar por un perfactismo nocivo.

El perfactista cree que cada instante de la vida humana debe generar un producto, y siente horror a la pérdida de tiempo.

(Esta palabra hoy se publicó más tarde de lo habitual porque estuve muy ocupado tratando de desentrañar los secretos más profundos y controvertidos de un videojuego)

Posted in P | 1 Comment »

Foricondio

Posted by jorgemux en enero 19, 2009

(Sust. de latín foris = puerta y abscondo = esconder)

Ángulo de una puerta o ventana desde donde se pueden observar otras dependencias de la casa de manera parcial y casi sigilosa.

Una persona sabe que su habitación tiene una puerta que da al pasillo, y que el pasillo conduce al comedor. Un día descubre que, si observa desde esa puerta parándose de una manera determinada y mirando desde un muy estrecho ángulo, puede ver una buena parte del comedor y de la cocina -la cual, en principio, no se podía ver desde la habitación. Descubre luego que, si abre la ventana que da al patio, desde allí no sólo ve la ventana de la habitación contigua, sino que a través de ella visualiza parte del pasillo y el baño. Desde luego, la visualización de estos inesperados ambientes de la casa es parcial y muy imperfecta. Estos modestos y ocasionales micropanópticos, descubiertos de manera fortuita, son los foricondios.

Posted in F | 1 Comment »

Copalipsis

Posted by jorgemux en enero 17, 2009

(Palabra y definición enviadas por Julio David Auster)

(Sustantivo. De copa y apocalipsis)

Dícese de la última copa de fútbol antes del fin del mundo. No hace falta aclarar que sería una copa de clausura. No más revanchas, no más “el próximo es para nosotros”.

Posted in C | 3 Comments »

La Máquina Yo

Posted by jorgemux en enero 16, 2009

01/ 01/ 09 / 08:00

A las ocho de la mañana del uno de enero tocaron timbre en mi casa.

El sonido me provocó más intriga que sobresalto. Por casualidad yo estaba despierto a esa hora, en la cama, tratando de decidir si seguía durmiendo o si había algo mejor que hacer en el día más feriado del mundo.

Cuando el timbre insistió por segunda vez me levanté con pereza y busqué las ojotas. Era necesaria esa insistencia para apurar mi decisión. Ninguno de mis amigos vendría de visita a esa hora, a brindar, con el sol ya tan alto. Tampoco podía ser un vendedor o un empleado del correo.

La única posibilidad –por la cual me estaba levantando- era un pariente que venía a comunicarme un hecho desgraciado. Algún familiar muerto por un cohete, o un atracón, o una borrachera de año nuevo.

Abrí la ventanita de vidrio de la puerta. Del otro lado me esperaba un hombre desconocido de unos sesenta años vestido con pantalón, camisa y zapatos blancos. Sonreía con la boca abierta como un niño tonto.

– Buenos días, caballero. Feliz año nuevo –dijo.

– Buenos días – contesté, todavía tratando de calcular qué podía querer ese hombre

– Le vengo a traer una buena noticia.

“Familiar muerto, descartado”, pensé con alivio.

– Me alegro mucho. Dígame.

– ¿Usted se ha encontrado a sí mismo?

“Claro”, pensé. “Un religioso”. Sólo un religioso podría levantarse muy temprano el uno de enero y alborotar la trasnochada tranquilidad de los durmientes. “¿Qué debo contestar?”, me pregunté. A lo largo de mi vida tuve encarnizadas discusiones metafísicas con religiosos, con creyentes en el misticismo new age, con autoproclamados príncipes intergalácticos y niños índigo. Mi carrera como profesor de filosofía me enseñó sólo dos cosas: una, el agnosticismo. Dos, la argumentación y el diálogo hasta las últimas consecuencias, siempre que pueda mantenerse dentro de ciertos marcos racionales. ¿Qué debía hacer ante este hombrecito de ridícula vestimenta que venía a hacerme una pregunta tan contundente? ¿Esperaba él una encarnizada dialéctica? ¿Estaba yo dispuesto a batirme a duelo erístico con este ocasional desconocido en la puerta de mi casa?

Ganaron mis deseos de generar un diálogo tormentoso:

– Depende de lo que entienda por “sí mismo”, “usted” y “encontrarse? ¿A quién o qué se refiere cuando me dice “usted”? ¿Qué es el “sí mismo”? ¿Encontrarse en qué sentido? ¿En el espejo? ¿En un dilema moral? ¿En la propia conciencia? ¿En peligro?

El hombrecito siguió sonriendo sin amedrentarse.

– Típica respuesta de quien nunca se encontró a sí mismo. Quien tiene un hijo, sabe qué se siente tener un hijo. Quien está enamorado, sabe que lo está. Pero el que pregunta, es porque no entiende, y el que no entiende es porque no se ha encontrado.

Suspiré y concedí ese punto. No porque me convenciera; simplemente quería saber adónde se dirigía.

– Usted nunca se encontró a sí mismo. Por eso, para comenzar este dos mil nueve voy a invitarlo a que se encuentre. El didáscalo le puede conceder una cita sin compromiso. ¿Le parece bien en una semana, el ocho de enero a las veinte horas?

Suelo pensar con mucha cautela cualquier ofrecimiento. Pero este, en particular, era sumamente oscuro y a decir verdad me confundía. ¿Adónde me estaban invitando? ¿Qué me iba a mostrar? Preferí seguir preguntando antes de responder.

– Vamos por partes, caballero. ¿Quién es usted? ¿Qué es el didáscalo?

El hombre sonrió con más afabilidad, tal vez sintiéndose halagado por mi interés.

– Yo soy un discípulo del didáscalo. Mi nombre es Juan, pero eso no es importante. El didáscalo es el maestro.

Las cosas se iban poniendo bizarras, lo cual atraía mucho más mi hambre de discusión. Decidí preguntar hasta el final.

– Y el didáscalo, ¿me puede enseñar quién soy?

– No directamente. Él lo preparará para enfrentarse a la Máquina Yo. La Máquina Yo le dirá quién es.

– ¿Qué es la Máquina Usted? – pregunté, fascinado por ese nombre pomposo que me sonaba a robot del futuro.

– La Máquina Yo no soy yo, hombre. Tampoco es usted. Es una porción del Ojo de Dios que le fue concedida al Didáscalo.

“Por fin algo bueno”, pensé. “Por fin aparecen los componentes divinos, la fina hilacha de metafísica vacía hecha a propósito para desbaratar cualquier argumento en contra”

– ¿Y cómo le fue concedido el ojo de Dios al Didáscalo?

– El Didáscalo soñó con el Ojo de Dios. Cuando despertó, tenía al Ojo en su estómago. Después de cuarenta días de ayuno y purificación, el Ojo atravesó su intestino y finalmente lo defecó. Lo divino se manifiesta en sueños; luego se hace carne y finalmente es parte del mundo.

– Y el Didáscalo, ¿era Maestro desde antes? ¿O se convirtió en Maestro después de recibir el Ojo de Dios?

El hombrecito de blanco seguía entusiasmado. Probablemente se sentía feliz de que alguien le mostrara tanto interés.

– Antes de soñar con el Ojo, al maestro le fueron reveladas las siete verdades que están escritas en su libro. Las siete verdades hablan del conocimiento de sí mismo.

“Verdades reveladas”, pensé “Es delicioso. Las tienen todas consigo”

– ¿Y cómo fueron reveladas esas siete verdades? ¿Mediante apariciones?

– Nada de eso. Mediante sueños. El Maestro una noche se acostó, y al otro día era un sabio. Un sabio de Sí mismo. Ese Sí mismo que somos cada uno de nosotros cuando somos cada uno.

– Y esas siete verdades, ¿se pueden conocer? – pregunté

– Claro, hombre. Están en el libro del didáscalo. Puede comprarlo en cualquier librería. El Didáscalo firma con el seudónimo de Maestro Yo.

– ¿Usted es el Maestro? ¿El Maestro Usted? –pregunté burlándome.

– No, no “yo”. No “yo” de “yo”. “Yo” de “Él”. ¿Me entiende?

– Ah, claro. Clarísimo. Y muy interesante. ¿Dónde se hace este encuentro con el Yo?

– Le dejo la dirección del templo. ¿Día ocho a las veinte?

Estuve de acuerdo. El hombrecito sacó un cuaderno del un bolsillo y anotó algo. Luego cortó un papel y me lo dio.

– Esta es la dirección. No es lejos. Lo esperamos. Hasta luego.

Eran las ocho y veinte, y el discípulo del Didáscalo se había ido, dejándome con muchas ganas de tener una agitada discusión metafísica.

08/ 01/ 09 / 20:00

Una hora antes del día y el horario pactados, yo había olvidado por completo esta cita. Irma tuvo que recordármela, como un reproche. “No vayas”, me había dicho el uno de enero, cuando le conté el curioso encuentro con el hombre de blanco. “No sé qué esperás encontrar. Unos cuantos dementes, rituales, cantos… ¿qué más?”. Yo le había contestado con arrogancia: quería ir para ver si tenía una oportunidad de desenmascararlos. Quería continuar y profundizar la inevitable y deliciosa discusión con un fundamentalista. Siempre me había gustado discutir con mormones y evangelistas, porque sus únicos endebles argumentos eran una sujeción literal a la Biblia o al libro sagrado que fuera. “Estos no son mormones, Jorge. Tené cuidado”.

No le hice caso.

Ya estaba en la dirección. No era un templo o, al menos, no tenía la apariencia que yo esperaba. En el frente había un jardín donde competían con violencia las rosas y las margaritas con varios tipos de malezas. Al fondo de esa inmóvil contienda de vegetación silvestre había una casa antigua bastante deteriorada. La puerta estaba abierta de par en par. En la mirilla alguien había colgado un dibujo de un hombre con tres ojos.

Mientras ingresaba por el zaguán tenía la sensación de estar en un lugar muy alejado de la ciudad. Me daba la impresión de que por allí pasaba un río. El aire era fresco y el olor de las plantas tenía para mí una intensidad desacostumbrada.

Fui por un pasillo directamente a la primera habitación donde había una luz encendida. En un antiguo comedor, un hombre estaba escribiendo algo en una computadora portátil, sentado frente a una mesa de caña.

– Buenas tardes. Siéntese, por favor – dijo, invitándome a una banqueta con almohadones sucios delante de su escritorio. En ningún momento levantó la vista de la pantalla – Dígame su nombre.

– Buenas tardes. Soy Jorge Mux.

– Jorge… Mux. Lo anoto y ya lo hago pasar.

– ¿Aquí es la reunión? –pregunté algo incómodo.

– Es en el salón principal. Póngase esto y sígame.

El hombre me dio una especie de chaleco plateado y una cofia. La casa tenía otro largo pasillo que comunicaba a habitaciones oscuras. Al final de ese pasillo, había una puerta que no formaba parte de la arquitectura original. Era una puerta blanca de metal, con una palanca de apertura de emergencia.

– Yo lo voy a acompañar para hacerle dos o tres advertencias. Pero luego se quedará a solas con la Máquina Yo. ¿Está claro?

“Está claro”, dije, tragando saliva. Mis esperanzas de una discusión prolongada con un grupo de fanáticos se empezaban a frustrar. El hombre abrió lentamente la puerta.

Estábamos en una habitación blanca, iluminada con fluorescentes que estaban ocultos dentro de las paredes. La luz provenía de todos lados, y no dejaba que se proyectaran sombras. En la mitad de la habitación, había una caja de cartón corrugado colgando de cuatro alambres del cielo raso. La caja estaba a la altura de mis ojos, y tenía un agujero muy grosero, hecho quizás con cuchillo. En ese lugar, en el agujero, tenía pegada una lupa con cinta de embalar.

– Bueno, Mux, no mire la lupa todavía. Hágalo cuando yo le diga.

Sin querer, ya había mirado. Lo único que veía era oscuridad. La oscuridad del interior de una caja de cartón.

– Siga mis instrucciones, por favor. Cuando yo me vaya de esta sala, usted empiece a gritar. Grite como si estuviera haciendo fuerza para evitar que lo aplaste una roca gigante. ¿Entiende? Haga gritos largos, que consuman todo su aire. Cuando ya se sienta cansado, en mitad de uno de sus gritos más prolongados, mire a la lupa. ¿Queda claro?

Me imaginé a mí mismo en pocos segundos, gritando como enloquecido y me estremecí. “Queda claro”, dije.

– Ahora yo voy a decirle algunas cosas a la máquina – dijo el hombre- para que no se sienta incómoda con su presencia.

El hombre empezó a acariciar la caja de cartón y le habló con dulzura. “Mirá quién está ahí… Pero mirá quién está ahí… él es Jorge Mux… no te va a hacer nada”, decía en el mismo tono de voz con que se habla a las mascotas o a los retrasados mentales. Cinco minutos después de susurros y caricias, el hombre se retiró.

– La puerta sólo se abre desde afuera. Yo me retiro. Usted empiece a gritar apenas cierro.

08/01/09 20:30

Estaba solo en una habitación con un chaleco plateado y unas pocas instrucciones absurdas. Durante los primeros minutos me mantuve pensativo y en silencio. Observé las paredes y el techo buscando una cámara o algo parecido. Evitaba mirar la caja de cartón, desprolija e incongruente. Pensé que adentro podía haber una rata, o una araña gigante, pero no se oía ningún movimiento. Todavía no estaba arrepentido ni preocupado: la sorpresa y la curiosidad eran superiores. Luego pensé que sólo abrirían la puerta si me escuchaban gritar. Luego me di cuenta, con horror, de que precisamente mis gritos eran la indicación para no abrir. Yo podría estar gritando de desesperación y claustrofobia, y el hombre interpretaría que sólo estaría siguiendo sus instrucciones.

Lancé un pequeño grito. Un grito sin fe, con cierta vergüenza. No es fácil desaforarse en un lugar desconocido. Con los minutos fui mejorando. Tomaba aire, me apoyaba contra las paredes luminosas y gritaba. Corría de un extremo al otro y gritaba. Concentraba toda mi fuerza en el estómago, y gritaba. En uno de los gritos observé la lupa.

Y allí ocurrió el milagro.

Cuando puse un ojo en la lupa, me vi a mí mismo gritando. Me vi desde adentro de la caja, observándome, gritando y queriendo observarme. Vi mi rostro de desesperación, de orfandad, de horror ante el desdoblamiento. Me vi a mí mismo, a mi hermano y a mi hija. Y vi un poco de mi padre, y de mi madre, y apenas un atisbo de mis abuelos. Me seguí mirando, con el imposible ojo fijo en la lupa (el ojo que miraba desde adentro), y vi a mis nietos. Los vi porque ellos estaban afuera mirándome, pero también porque yo era todos ellos. Recorrí con detalle algunas vidas – la de mi hermano, la de mi hija y la de otra persona desconocida, con mucho más fuerza que el resto. Pasé interminables años sintiendo la angustia de ese yo múltiple que no era yo y que no era exactamente cada uno de los yoes que escudriñaba. Era como un ojo sin conciencia, o con una conciencia indefinida e impotente. Como un muerto que se visita a sí mismo y a sus parientes, y los visita desde adentro, viendo lo que ven y pensando lo que piensan.

Pero no sólo vivía en mis parientes cercanos. De a poco, comencé a ser otros, desconocidos e inciertos. Otros todos juntos, otros todos a la vez que latían y me inundaban con oleadas de sensaciones, dolores, placeres, recuerdos y pensamientos. Yo mismo fui todos los otros en todos los tiempos.

Luego terminé de exhalar ese grito que parecía perpetuo, y sólo vi la lupa. Del otro lado, el hombre abrió la puerta.

– Muy bien, Jorge–dijo –Ya puede salir.

No estaba temblando. No tenía miedo, ni me sentía especialmente raro. Sin embargo, había tenido la experiencia más extraña –y a la vez más familiar- de mi vida.

El hombre me invitó a la cocina y me ofreció una taza de té verde. Lo tomé en silencio.

– ¿Hay algo que quiera preguntarme? –dijo, cuando ya casi terminaba la taza. Tenía calor, y el té estaba muy caliente. Una cigarra había estado chirriando todo este tiempo, y yo no la había escuchado.

– Claro. ¿Por qué veía con más fuerza las vidas de mi hermano, de mi hija y de una persona desconocida?

– Por una simple razón –dijo el hombre- los lazos genéticos más fuertes son con tus hijos y con tus hermanos. Con ellos compartís la mayor cantidad de genes.

– ¿Y quién es el desconocido?

– Tu futuro hijo. El hijo que todavía ni siquiera está concebido.

Me quedé pensativo otro largo rato, tomando la taza con ambas manos.

– ¿Por qué a algunos acontecimientos los veía con claridad, y a otros algo borroneados, de color verdoso, y los sonidos se escuchaban como en una cinta vieja?

– Bueno… Lo que se ve con un verde musgo y lo que se escucha difuso, pertenece a acontecimientos que sólo ocurrirán cuando ya hayas muerto. Estás mirando la vida de otros desde una perspectiva que tu vida física no puede alcanzar. Por eso, se ve todo deformado.

“Estuve muerto”, pensé. “Así ven el mundo los muertos”.

– Una última pregunta y me voy. ¿Usted es el Didáscalo?

El hombre se rió.

– Yo soy un empleado. Soy profesor de física. El Didáscalo es el hombre que lo fue a visitar y lo invitó aquí.

Todavía no había hecho la pregunta más elemental.

– ¿Qué hay adentro de la caja?

– ¿Cómo? ¿Todavía no se dio cuenta, Jorge? Dígame, ¿En qué parte de su cuerpo está usted? ¿Puede señalar una parte y decir “Aquí, este soy yo”? ¿En sus pies? ¿En su cabeza? ¿En qué parte de la cabeza, exactamente? ¿En la glándula pineal?

El hombre me miraba con una confianza burlona, quizás esperando que yo le respondiera. Sin embargo se adelantó:

– Jorge, la caja está totalmente vacía.

Posted in Uncategorized | 17 Comments »