Exonario

Definiciones y términos que no figuran en el diccionario (exonario no figura en el diccionario)

Archive for 30 septiembre 2008

Cualivocer

Posted by jorgemux en septiembre 30, 2008

(Verbo. Del latín qualitas vocis = timbre de voz y nosco = conocer. Se conjuga como conocer)

Reconocer que la voz utilizada para hacer el doblaje de un personaje en una película es la misma que la de otro personaje en otros filmes.

Los personajes de televisión no sólo son populares por su imagen y por sus películas: también lo son por su doblaje. Homero Simpson se caracteriza por ser doblado con la voz de Humberto Vélez. Cuando escuchamos la voz de Humberto Vélez en una película solemos reconocer enseguida el timbre, el tono y la intensidad de Homero Simpson.

Para cualivocer no es necesario saber quién efectúa el doblaje. Basta con encontrar la inconfundible similitud sonora.

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Repretongo, a

Posted by jorgemux en septiembre 29, 2008

(Adj. Del latín reprehetor = criticar y terminación –tongo para lograr un matiz despectivo)

Persona que aparece fugazmente sólo para criticar.

El repretongo jamás está presente para dar una palabra de aliento o de elogio. Irrumpe de la nada, examina, evalúa y no puede evitar dejar alguna impresión negativa. A veces deja sus comentarios con un “te lo digo con onda”, como si esa frase insulsa pudiera amortiguar el efecto negativo de sus innecesarias intervenciones.

Si preparamos una comida con el esfuerzo de un salchipibe, el repretongo aparecerá a último momento de la cena, probará dos bocados y dictaminará que le falta cocción, le falta sal, no tiene suficiente pimienta o que los ingredientes no son de buena calidad.

En el espacio virtual, el repretongo es un blogger que jamás deja comentarios pero, imprevistamente, un día sólo deja uno, muy escueto, en el que informa acerca de un error de sintaxis, de redacción, de fuente informativa o de plantilla.

El repretongo es un terrorista. Está allí para provocar un minúsculo desbaratamiento del ánimo de quien ha hecho algo. Una vez que realiza su crítica pequeña, no se queda para ayudar a modificar las cosas ni para ver qué efectos provoca su intervención. El repretongo es el dedo índice del inspector que sólo aparece cuando justo, justo, estamos cometiendo una involuntaria infracción.

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Instrucciones para fracasar en la vida universitaria

Posted by jorgemux en septiembre 26, 2008

Yo antes pensaba, con ingenuidad, que cuando alguien decide cursar una materia en la universidad, tiene en claro –al menos- qué cosas no se deben hacer en un aula. Un estudiante universitario de primer año ya cuenta, en Argentina, con doce años de educación formal. Viene con siete años de una primaria y cinco de una secundaria. Conoce lo que es la vida académica y sabe –holgadamente- en qué consisten una clase o un examen. Pues bien, me he equivocado.

En los pocos años que llevo como docente, he visto y escuchado los peores y más incongruentes disparates. Uno podrá decir: eso no sorprende a nadie. Pero no hablo (solamente) de disparates conceptuales. Un alumno puede rendir un examen sin haber estudiado y puede escribir cualquier cosa para ver si tiene la mínima chance de aprobar. Hasta ahí no me cuesta entender su estrategia: aunque lo que escriba sea digno de una obra de teatro absurdo, hay una meta clara y definida.

Yo me refiero, en realidad, a los desatinados. A quienes no parecen haber entendido en qué consiste la situación de clase o de examen. A aquellos que, a pesar de haber acreditado doce años de educación formal y de haber pasado con comodidad una pericia psicológica, creen que una clase es una instancia con reglas abiertas, vagas y maleables.

Desde luego, los desatinados son pocos. En proporción, son muy pocos. Pero no deja de sorprenderme –no soy el único sorprendido, claro- cómo el desatinado pudo saltar todos los cercos académicos que lo condujeron hasta el aula universitaria. Es difícil de creer que alguien incapaz de escribir sin errores su propio nombre haya pasado desapercibido ante una legión de docentes que lo evaluaron y siguieron durante doce años.

Los pocos desatinados hicieron muchas cosas desatinadas. De allí deriva mi sorpresa: un hecho aislado no llamaría mi atención; sería una de las tantas curiosidades que pueblan los pasillos de la facultad. El desatinado cree que entiende las reglas, pero en realidad sus criterios están trastocados y cada paso que da es un nuevo desatino. No encuentra el timing de la vida académica y, a veces – mucho peor- jamás encuentra un lugar amable dentro de la vida social.

Voy a contar la historia de varios desatinados –dos o tres, no más- como si fueran una única historia. Los desatinos son tan completos y vergonzosos que poco importa si los cometieron muchos o uno solo. Baste saber que sus autores fueron un magro puñado de personas raramente confundidas.

A veces en mis clases de ética pregunto: “¿Por qué no venimos desnudos a clase?”. La pregunta es casi retórica: la única respuesta que espero debe involucrar la noción de reglas morales, costumbres y cosas por el estilo. Una tardecita de mayo un alumno entendió mi pregunta como una provocación literal. Después de decir algo desafiante (algo como “¿Qué te pensás vos?” o “A mí nadie me pone las reglas”), comenzó a sacarse la ropa. Quedó en calzoncillos ante nuestra pasmada contemplación. En ese momento, cuando nos vio sorprendidos, se puso a tararear y a bailar el Rock del Gato, moviendo la pelvis contra el banco que había usado de perchero. Después de cantar “Al ver sus ojos me den / alguna noche de hotel”, pidió a los gritos que hiciéramos palmas. Cuando pude reaccionar le pedí que se vistiera y se retirara. “No te lo tomes así, era una joda”, dijo el desatinado con un genuino temor. “No me vas a hacer llevar la materia a diciembre por una boludez”.

Analicemos este hecho: puedo entender que alguien quiera provocarme y lleve su provocación hasta las últimas consecuencias. Puedo entender un desafío cuyo único bizarro objetivo sea desbaratar una clase. Lo que no me explico es la mirada aterrorizada del muchacho cuando descubre que su intervención no me hizo gracia. Como si hubiera sido incapaz de calcular de antemano que su acto de rebeldía era muy incongruente. (Dejo de lado el ruego de que “no lo mande a diciembre”, como si se tratara de un colegio secundario)

Como dije, el desatinado no se contenta con un único desacierto. Ni siquiera tiene la ligera sospecha de que lo que hizo puede ser muy mal juzgado.

Otra tarde de mayo, el nudista repentino escuchaba mi clase sobre Sócrates y bufaba después de cada una de mis frases. Cuando terminé de explicar cuál era el objetivo de Sócrates al interrogar a los atenienses, me gritó desaforado: “¡Qué hinchapelotas, Mux!”

Los desatinos causan mucho estupor, pero en el fondo tienen una lógica sencilla. La alborotada cabeza de este muchacho funcionaba de una manera muy simple: él creía que la historia de ese hombre que interrogaba a los atenienses era mi propia historia. En otras palabras, había pensado que yo tenía el hobby de viajar a la Grecia del siglo quinto antes de Cristo para molestar a jóvenes con preguntas absurdas. En esa misma clase –por algunos indicios leves pero inequívocos- descubrí que ese muchacho había creído que las teorías de los filósofos griegos eran en realidad mis propias teorías acerca del universo.

Como el desatinado no conoce los límites entre lo académico y lo personal, busca mi teléfono en la guía y me llama un día cualquiera para contarme que “se le ocurrió una idea filosófica” y que quiere hablar porque “no está de acuerdo con nada de lo que yo pienso”. En mitad del relato de “su idea”, me cuenta retazos de su vida personal y se pone a llorar porque una novia lo dejó y “se llevó el reproductor de DVD”. Un minuto después me pide perdón y me pregunta cómo tiene que hacer para ser profesor, porque él “ya es filósofo”, dado que tiene una idea filosófica. Como ya se siente parte importante de la vida académica, me llama repetidas veces al celular para anunciarme que va a llegar unos minutos más tarde o que se va a retirar antes, o que la idea que tenía antes no era muy buena y que ahora se le ocurrió otra idea mejor.

Una tarde cualquiera se levanta en mitad de la clase, se acerca al pizarrón, me pide permiso e intenta exponer “su teoría” frente al resto de los alumnos. Yo lo escucho en silencio a un costado. Dice dos o tres palabras, balbucea, comenta que su novia lo ha dejado, se pone a llorar y vuelve al banco.

Llega el día del examen parcial y el desatinado se presenta a rendir. Él no sabe –se lo tengo que explicar allí mismo- que un parcial es una instancia escrita que se resuelve en silencio. Insiste en que él está más cómodo cuando yo hablo, porque –según su versión- él es “bueno para escuchar” y “bueno para responder en el diálogo”. Le explico una vez más cuáles son las reglas. Acepta sin enojos pero con gran desconcierto. Como si fuera la primera vez que se enfrentara a un examen. Cuando le entrego el examen insiste una vez más en que la oralidad es lo suyo.

Aquí la historia se bifurca. Como dije, venía hablando de dos o más desatinados. Contemos qué le ocurre a dos desatinados en esta instancia.

El desatinado Uno sigue insistiendo en que el examen escrito no es lo suyo. Lo convenzo para que, o acate las reglas, o se retire. Después de veinte minutos de inusitado silencio, el desatinado se levanta, me entrega la hoja y me confiesa que no ha estudiado lo suficiente. Pero no sólo eso: confiesa que no sabe escribir a mano y que sólo es capaz de hacerlo frente a una computadora. Agrega, además, que le cuesta mucho leer los enunciados del examen porque él en realidad no está acostumbrado a leer “tantas palabras de corrido”. A pesar de que me ha entregado una hoja en blanco, me pregunta si llega al siete necesario para aprobar. Cuando le digo que no, me mira con asombrado terror y grita: “Pero a mí no me sirve una mala nota“. Después de un pequeño escandalete se retira murmurando. Como si no hubiera previsto la sola idea de desaprobar. Aquí termina la vida académica del Desatinado Uno.

El desatinado Dos recuerda que no trajo bolígrafo ni hojas. Pide un bolígrafo prestado pero, en lugar de pedir hojas, decide escribir sobre la madera del banco. Yo no me doy cuenta de lo que hace hasta que, treinta minutos después, me entrega su examen: levanta su banco y me lo trae al escritorio frente al pizarrón. “Terminé”, anuncia, triunfal. No le acepto el examen escrito sobre un banco y se muestra sorprendido. Como si un injusto abogado le estuviera anunciando que le van a quitar la casa por una deuda hipotecaria: así me mira. Como si yo fuese un ogro. El desatinado se retira cabizbajo, buscando con su mirada el refugio compinche de algún compañero. Murmura algo y cierra la puerta. En ese momento leo algunas de las respuestas que escribió sobre la madera del banco:

Pregunta: ¿Cuáles son las críticas que realiza Aristóteles a la Teoría de las Ideas de Platón?

Respuesta: (SIC) aristroteles lo queria a planton pero sufrio mucho

Pregunta: ¿En qué consiste la doctrina platónica de las Ideas?

Respuesta (SIC): se estudian las ideas de los grandes pensadores grigos ellos avian dicho dios que todo tiene matematica y pensaron en la caberna

Pregunta: “El ser es inmutable” ¿Es esta afirmación verdadera o falsa dentro del pensamiento de Parménides? Justifique su respuesta.

Respuesta (SIC): no no justifica

Lo curioso es que, como una coda al final del tablón del banco, había una frase apenas legible que estaba dirigida al ayudante de cátedra (llamado Hipólito), y decía lo siguiente:

Señor polito corrigame uste porque yo a mux le tengo miedo grasias atentamente

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Detroloquio

Posted by jorgemux en septiembre 26, 2008

(Sustantivo. Del latín detortum = torcido y loquus = habla)

Historia innecesaria que se cuenta luego de dar una respuesta, o en vez de ella.

Llegamos a la farmacia y pedimos aspirinas. La farmacéutica nos dice que no tiene y, acto seguido, nos cuenta que ha hecho el pedido varias veces a la droguería y nunca le han traído las aspirinas, porque los transportistas de medicamentos están en un conflicto gremial en el que se involucran patotas sindicales de bandos mestizos, entre los cuales están infiltrados algunos integrantes del sindicato de la construcción y posibles trabajadores de Bayer, la empresa líder en aspirinas, cuyos intereses se ven perjudicados dada la sospecha de que otras marcas -como Geniol- probablemente estén haciendo lobby para que las aspirinas Bayer no lleguen a las góndolas.
La única información relevante para el comprador es el “no tengo” del pedido inicial. Todo el resto es un detroloquio.

A veces el detroloquio se usa como innecesaria advertencia o inoportuno consejo. Si le pedimos al veterinario que nos indique cómo debemos hacer la mudanza de nuestras mascotas, el veterinario podría respondernos: “Tenga mucho cuidado, yo tengo un perro y la última vez que me mudé se me escapó de la nueva casa y se había ido a la casa vieja, allá, por el Patagonia, y unos vecinos me llamaron por teléfono para avisarme que el pobre bicho estaba aullando en la puerta“. Como puede verse, aquí ni siquiera hay respuesta: hay una historia cuyo único efecto es el de asustar o inmovilizar a quien hace la consulta. Esa historia es un detroloquio. Lo curioso es que, aquí, justamente se consulta a alguien especializado en el tema y no sólo no se obtiene respuesta, sino que se sale de allí con más inquietudes.

Cuando alguien nos cuenta un detroloquio puede tener unas pocas razones: a) porque piensa que su historia nos puede interesar o resultar relevante; b) porque quiere ponernos sobre aviso (a veces maliciosamente) acerca de los riesgos que estamos asumiendo; c) porque es una persona solitaria y está desesperada por un poco de diálogo.

El detroloquio es uno de los recursos de quienes padecen de tumicia.

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Metamecalito

Posted by jorgemux en septiembre 25, 2008

(Sust. Del griego metá = más allá; mechané = invento y lithos = piedra)

Objeto metálico producto de la tecnología que cae del cielo.

Los satélites artificiales mueren orbitando alrededor de la Tierra y, en algunos casos, tarde o temprano van cayendo por partes. Si una sección del satélite es lo suficientemente grande como para no incinerarse por completo en su intrusión a la atmósfera, el fragmento chamuscado será un metamecalito.

No todos los metamecalitos son productos de la tecnología humana. En algunos casos se han reportado objetos de manufactura extraterrestre, como una serie de metamecalitos con forma de vasija rodeada de pequeñas esferas en cuyo interior hay mercurio.

Más desconcertantes aun son los metamecalitos que tienen la forma de un objeto imposible que ha caído del cielo sin razón y sin aparentes daños por la fricción con la atmósfera: heladeras, sillones, automóviles, y barcos cargueros.

Esta acepción está íntimamente conectada con la de petrópalo. La única diferencia destacable entre uno y otro término es la de que, en este caso, se resalta el hecho de que el objeto es un producto puramente tecnológico, mientras que en los petrópalos es suficiente con que el objeto sea sólido.

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Falefigie

Posted by jorgemux en septiembre 24, 2008

(Sust. Del latín fallo = engañar y effigies = imagen)

Capacidad que se suele tener durante los sueños de inventar ad hoc la justificación de algún suceso onírico.

Podemos estar soñando con una casa grande y antigua. Una casa desconocida de la cual -arbitrariamente- sentimos que es “la casa de nuestra abuela”. De inmediato, cuando hacemos esta atribución (cuando decidimos que esa casa es la casa de la abuela), nos viene una serie de imágenes oníricas en las cuales nuestra propia abuela está en esa casa, cuidando de nuestra madre cuando ella era pequeña. ¿Qué ha ocurrido aquí? La ensoñación “inventa” que esa casa es de nuestra abuela. Para hacernos creer ese invento, nos inventa -además- una serie de imágenes que “cuentan la historia” de ese invento inicial. De manera que, una vez que tenemos el racconto sucesivo de las imágenes que justifican el primer invento, todo lo posterior nos parece verosímil.

Las falefigies son falsos recuerdos oníricos que se van acumulando para darle congruencia a nuestros sueños. Mientras se padece una falefigie, se tiene la sensación de que los recuerdos vienen a la memoria con fluidez y coherencia.

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Propamergo

Posted by jorgemux en septiembre 23, 2008


(Sustantivo. Del griego prín = antes; prágma = objeto, cosa y ergon = trabajo, fuerza)

Objeto de uso frecuente que requiere una fastidiosa preparación antes de ser usado por primera vez.

Las ollas, las cacerolas y los mates requieren de una “curación” previa a su primer uso. Las maderas necesitan laqueados y barnices para evitar su deterioro. Los lavarropas demandan la instalación de mangueras y desagües. Las computadoras necesitan de programas; los programas necesitan “upgrades” para funcionar en internet; la internet necesita de configuraciones trabajosas. En muchos casos, esta preparación primigenia debe hacerse con sumo cuidado, pues un error puede hacer que todo el proceso fracase y debamos deshacernos del objeto.

Los propamergos tienen otro defecto: muchas veces, no sólo se requiere una preparación previa, sino también un cierto periodo de prueba posterior a la preparación.

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Desensobar(se)

Posted by jorgemux en septiembre 22, 2008

(De sobar. Sustantivo: desensobamiento)

Limpiarse partes del cuerpo que han sido tocadas por algo o alguien repulsivo.

Si un jettatore se cruza con nosotros y nos roza el hombro, iremos corriendo a cepillarnos el hombro para evitar el contagio de la mala suerte. Si descubrimos que una araña o una culebrilla han caminado por nuestro abdomen mientras dormíamos una siesta al sol, iremos corriendo a frotarnos con fruición el abdomen. Si tenemos fobia de los botones o los fósforos, nos lavaremos las manos luego de manipularlos, pero no para limpiarlas sino para hacer desaparecer nuestra sensación de asco. Todos estos son ejemplos de desensobamiento.

A veces, hay un desensobamiento que no ocurre por algo repulsivo, sino con la intención de borrar ciertas pruebas. Un hombre que engaña a su mujer puede desensobarse las partes del cuerpo donde lo besó su amante, para que su mujer no sospeche de perfumes y olores delatores.

Quienes padecen aceitosis tienen el continuo y nunca satisfecho deseo de desensobarse.

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Encañonear

Posted by jorgemux en septiembre 21, 2008

(Término y definición enviados por Julio David Auster)

(de caño, con terminación frecuentativa):

Seducir al cónyuge mediante la técnica del baile de caño.

Esta danza, muy lejos de haber sido creada en la televisión y ni siquiera en los hoteles de Las Vegas, tiene un origen antiquísimo.
En la antigua Grecia era del dominio de todas las esposas de los reyes de las distintas ciudades. Claro está que aún no podían disponer de caños de acero entre el cielorraso y el piso de los dormitorios; por eso utilizaban columnas de mampostería, que al efecto, tenían un grosor mucho menor que el empleado en las columnatas de los grandes templos.
No hay que olvidar, sin embargo, que las columnas griegas seguían tres estilos: dórico, jónico y corintio. Y así eran también las columnas que utilizaban las gráciles danzarinas griegas para deleitar a los monarcas.
Este arte, finalmente, fue abandonado. Las columnas de todos los órdenes se hacían con acanaladuras que lesionaban continuamente a las niñas, por lo cual se perdió el entusiasmo y con él las ganas de reproducirse de los reyes; las dinastías fueron decayendo paulatinamente y finalmente Grecia fue dominada por otras potencias antiguas.

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Zaracería

Posted by jorgemux en septiembre 20, 2008


(Término y definición enviados por Bárbara Campassi)

Seria patología que consiste en el empleo de diversas interjecciones, onomatopeyas y sílabas inconexas en el medio de un relato o anécdota, a las que no se encuentra vocablo alguno que concuerde con lo que desea expresarse o no viene a la ocasión precisarlo.

Las personas que padecen de zaracería (zaraceros) constantemente se ven interrumpidas por quejas o gesticulaciones de su interlocutor, el cual, ofendido por la falta de respeto del zarazero al omitir detalles de la anécdota. Por esta misma razón se pierde el hilo del discurso y el zaracero acrecenta aún más su zaracería al no acertar el momento exacto del relato en donde fue interrumpido.


Ejemplos típicos de zaracería se llevan a cabo con las siguientes expresiones: zaraza, sarabarasa, blabla, tururu, lalala, entre otras.

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