Exonario

Definiciones y términos que no figuran en el diccionario (exonario no figura en el diccionario)

Archive for 31 mayo 2008

Bolerizar

Posted by jorgemux en mayo 31, 2008

(Término y definición enviados por Julio David Auster)

(de bolero, con terminación verbal –izar)

Bregar insistemente para obtener algo de alguien, utilizando una y otra vez argumentos muy parecidos entre sí, hasta lograr que el destinatario de la súplica acceda a los deseos del suplicante.

No estamos hablando de bolero al estilo del Trío Los Panchos, sino de boléro (en francés, con acento prosódico en la o final), o más específicamente de Boléro, la gran creación de Maurice Ravel (estrenada en 1928), en la que un par de frases musicales se repiten insistentemente, cambiando únicamente la instrumentación, hasta llegar a los compases finales donde se produce la única modulación de toda la obra, dando un sentido de cambio drástico de la situación.

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Calopónimo,a

Posted by jorgemux en mayo 30, 2008

(Adj. . Del gr. kalós = bello; póiesis = artesanía y ónoma = nombre)

Dícese de la palabra que ha sido bien construida a partir de la etimología.

Existen palabras cuya etimología tiene una belleza poética insuperable: “nostalgia” proviene de “nostos” (regreso) y “algéo” (dolor), y podría traducirse como “viaje de regreso con dolor”. “Melancolía” proviene del griego “mélan” (negro) y “Jólos” (bilis), por una laberíntica asociación histórico-poética entre el color de la secreción biliar y las facultades que, en la antigüedad, se le atribuían al hígado en la conformación de la personalidad: literalmente, un melancólico es aquel que “piensa con el hígado”, siendo el hígado una especie de “segundo cerebro” del cuerpo que actuaba por impulsos inconscientes: Platón, por ejemplo, pensaba que los sueños no se soñaban con el cerebro, sin con el hígado.

Por ello, por el intrincado meandro de involuntaria poesía que conforman ciertas ascendencias etimológicas, palabras como “Nostalgia” y “Melancolía” son calopónimas. Es posible rastrear una infinidad de calopónimos en la historia de cada lengua.

Sin embargo, en nuestro idioma también tenemos palabras que parecen construidas a las apuradas por personas incompetentes y torpes. Una de esas palabras es “agflación”. Otra, “perfoverificación”. Cuando, por razones de economía verbal o con objetivos prácticos a corto plazo se introducen neologismos sin el mínimo ánimo de contribuir a la carga poética de un idioma, estamos ante un caso de cacoponimia (justamente, lo contrario de la caloponimia).

¿Es el término “calopónimo” un calopónimo? ¿O mas bien se trata de un cacopónimo? ¿Cuáles palabras de este blog son calopónimas, y cuáles merecerían jamás ser pronunciadas?

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Asuciar

Posted by jorgemux en mayo 29, 2008

(Verbo intr. Juego de palabras entre “asociar” y “ensuciar“)

Quitar de contexto palabras y dichos, interpretándolos como si formaran parte de una situación bizarra o grotesca

Si una mujer harapienta pide a los gritos frente a la municipalidad: “Quiero que me den lo que merezco“, un asuciador puede intepretar ese pedido como un desesperado clamor por conseguir relaciones carnales. Si un hombre le dice a otro: “Ayer encontré por fin la cacerola que se le había perdido a mi mujer“, este último puede imaginarse una retorcida y cómica situación de desencuentro sexual. Si un aficionado a las armas dice: “Hoy arreglé el caño del lavadero y después me fui a hacer fierros al gimnasio“, uno puede asuciar que arregló el revólver que tiene escondido en el lavadero y luego se fue a fabricar escopetas al gimnasio. Si un grupo de jóvenes de un frente cívico progresista sale a la calle con carteles que dicen “No a las drogas“, se puede asuciar que los manifestantes se oponen a la utilización de aspirinas, de antibióticos o de tecitos Vick.

El poder de asuciación es infinito, y suelen sorprendernos las retorcidas fantasías que son capaces de imaginar nuestras personas más cercanas. “Cómo, ¿no te habías muerto? Si tu amigo dijo que estabas enterrado hasta el cuello“. La asuciación suele ser gratuita y ofensiva, y solemos ser especialmente asuciadores cuando la persona que habla es muy inocente o tiene un gran poder sobre nosotros. En este último caso, el acto de asuciar es una manera de ridiculizar a los poderosos, de rebajarlos hasta lo grotesco en el único espacio donde los tenemos en nuestras manos: en la imaginación.

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Agorinema

Posted by jorgemux en mayo 28, 2008

(Sust. Del gr. ágora = plaza pública y noéma = intuición intelectual)

Revelación dada a muchas personas a la vez y que puede corroborarse por cualquiera que no haya tenido la revelación inicial.

El gran problema con las revelaciones es que, por lo general, son intuiciones metafísicas que se dan a una sola persona y suelen ser incorroborables. En otros casos, como el de la Virgen de Fátima, la manifestación se da a un grupo pequeño, y al resto del mundo sólo le queda confiar en la palabra de ese grupo. Para decirlo en términos con fuerte carga política: las revelaciones son elitistas, no democráticas.

Si pudiera haber una revelación múltiplemente corroborable, estaríamos ante un agorinema. Si la Virgen se apareciese de manera continua, en un determinado lugar, y cualquiera que se acercara a ese lugar pudiese corroborarlo, eso sería un agorinema. Si Dios enviara un mensaje directamente a la conciencia de cada ser humano, ahí tendríamos una revelación evidente para todos. Aun cuando no fuese corroborable -cada uno tendría su propia representación del mensaje divino-, al menos cada persona tendrá la certeza de que esa revelación es cierta.

(De todas maneras, subsistiría una duda existencialista ante cada revelación. Parafraseando las palabras de Jean Paul Sartre: si veo a la Virgen, o si escucho a Dios, de todos modos soy yo quien decide que eso que veo es la Virgen [y no, por ejemplo, un holograma o una alucinación], y soy yo quien decide que las voces que hablan en mi cabeza pertenecen a Dios.
Que todos escuchemos la voz de Dios no nos sirve para deducir que Dios existe: apenas podemos afirmar que hemos tenido una alucinación acústica colectiva.)

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Paramismo / Paramicismo

Posted by jorgemux en mayo 27, 2008

(Sust. De la expresión “para mí”)

1. Tendencia a opinar cuando no se tienen fundamentos o apartándose de ellos aun en el caso en que se los tuviera.

La opinión sin fundamentos se basa sólo en dudosas intuiciones y razonamientos arbitrarios. Doxafórico y dianogrécico, el paramicista expone sus más terribles apreciaciones sin mucho análisis, anteponiendo la expresión “para mí”, con la cual quiere dar a entender que su intención no es influir en los demás, sino expresar un pensamiento apenas conjetural : “Para mí que esta mujer engaña a su marido”, “Para mí que estás embarazada”. Sin embargo, los tímidos “para mí” que antepone el paramicista ante cada discurso son marcadores fuertes: no expresan una duda, o una hipótesis, sino una certeza interna del hablante.

El paramicismo es mucho más insólito y arbitrario cuando, aun con ciertas pruebas a mano una persona decide desconocerlas:
Un médico podría decir: “Los síntomas y los análisis nos indican que usted tiene fibrosis quística, pero para mí que en realidad es hipocondría”
Un docente podría decirle a un alumno: “Si tengo que atenerme a sus exámenes y a su participación en clase, usted está aprobado. Pero para mí que no sabe nada, así que nos vemos en marzo
Un patrón podría decirle a su empleado: “Veo que el trabajo está terminado y bien hecho, pero para mí que usted es un chanta, así que si quiere cobrar vaya a pedirle a Magoya
En estos casos, el paramicista se siente una persona de sagacidad superior. Al desconocer la evidencia y al anteponer el “para mí”, pretende destacar su costado intuitivo y su capacidad detectivesca. Suele decir para si mismo: “Hay pruebas de que está ocurriendo X, pero yo soy más vivo y puedo ver que, por encima de las pruebas, en realidad ocurre Y”

Habitualmente, este segundo caso de paramicistas está equivocado. Pero, como por lo general este paramicismo se exhibe en una situación de asimetría de poderes, tales errores no salen a la luz.

2. Tendencia a creer que a uno le deben un regalo o un recuerdo.

Esta clase de paramicista considera que quienes lo rodean le deben algo, y espera ansiosamente que se lo den. Si unos parientes se fueron de vacaciones, espera que le traigan alfajores. Si un amigo visitó un viñedo, espera que le traigan vino. Si alguien va al supermercado o al kiosco, espera que le traigan alguna sorpresita -salamines o bocaditos cabsha-.

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Ducción

Posted by jorgemux en mayo 26, 2008

(Del latín duco = conducir)

Operación que realiza el intelecto desde las premisas de un razonamiento hasta su conclusión.

Dado que muchos razonamientos son inductivos, deductivos y abductivos; y dado que no siempre sabemos exactamente cuál fue la operación específica que se ha realizado, podemos clasificar a estos tres tipos de operaciones bajo la etiqueta de “ducciones”.

Muchas veces razonamos acerca de alguna cuestión específica y, cuando comentamos nuestro razonamiento, decimos: “Deduje tal o cual cosa“, aun cuando no fue propiamente una deducción, sino -tal vez- una inducción. Ejemplo: “Vi tres latas de tomate, las tres estaban podridas. Deduje, por lo tanto, que las quinientas latas de tomate de la alacena también están podridas“. Como se verá, aquí se utiliza impropiamente la palabra “deducir”, pues debería haber dicho “inducir”. La palabra “ducir” o “ducción”, sin embargo, nos salva de cometer ese error: podemos no saber si hubo deducción o inducción; lo que sí sabemos es que hubo algún tipo de ducción.

“Ducir”, “razonar”, “discurrir” e “inferir” son palabras casi sinónimas. “Ducir”, sin embargo, tiene un matiz muy preciso: indica alguna de las tres operaciones listadas más arriba.
“Razonar”, “discurrir” e “inferir” pueden contener otros matices, no asociados directamente con esas cuatro operaciones. A veces utilizamos “razonar” o “inferir” para asociar prejuicios y preconceptos de una manera no ductiva: “eres negro, infiero que eres estúpido“. Y “discurrir” podemos utilizarlo para una concatenación arbitraria de ideas.

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Caprichoversario

Posted by jorgemux en mayo 24, 2008

(Palabra y definición enviadas por Elizabeth Auster)

(de la superposición de capricho y aniversario):

Dícese del festejo de fechas y/o acontecimientos no convencionales.

Ejemplos: es un caprichoversario el festejo, por parte de una pareja, de sus 19 meses y medio de noviazgo (fecha no convencional), así como el de la familia que recuerda el lustro exacto del último arreglo de la heladera (acontecimiento no convencional).
Puede aplicarse también al blogger entusiasmado, que ante tantas buenas noticias derivadas de su blog, considera que festejar los 18 meses de la creación del mismo, es justo, necesario y posible.

(El mail que contenía esta palabra terminaba así: Felicitaciones por tooooodas las novedades, y por este caprichoversario, de parte de
Elizabeth Auster y Julio David Auster.
Muchas gracias a ellos por las felicitaciones)

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No es cierto que este título dice la verdad

Posted by jorgemux en mayo 21, 2008

He descubierto que soy un mentiroso enorme. Un gran mentiroso, un tipo que aprendió a mentir de una manera perfecta y redonda. Cada acto de mi vida es una estrategia de ocultamiento, de evasión o de camuflaje. La mentira es un hijo he traído al mundo, y que luego tuve que alimentar día tras día: cada mentira se nutre y se sostiene de otras mentiras, más básicas, más profundas y menos calculables. Miento sin necesidad y por deporte. Miento atentando contra mi integridad y contra mis deseos. Miento para romper el silencio, para escapar del tedio, para conseguir una mínima y dudosa ventaja frente al mundo. Miento para proteger un minúsculo espacio de libertad que no me pertenece y que no merezco.

Miento porque soy miserable.

Hace muchos años, después de un almuerzo familiar, mi abuelo materno me habló de su hijo. “Tu tío Eduardo”, dijo, “Es un ser indigno de vivir” Hizo una larga pausa y enumeró: “Tu tío trabaja todo el día y todos los días. Nunca se toma vacaciones. Si su familia o su patrón le exigen algo, él cumple. Agacha la cabeza, sonríe, y cumple. Parece un gran laburante y un padre ejemplar”. Luego vino otro piadoso silencio antes del espadazo final: “Pero a tu tío, lo único que le preocupa es comer, mirar televisión y dormir. Si tiene que trabajar como un burro para conseguir eso, pues trabajará como un burro. Si tiene que mantener a su familia, lo va a hacer como si fuera el mejor padre. Si su mujer le pide sexo, él le va a dar el gusto para que no siga molestando. Pero no porque él quiera: simplemente, porque es el único modo de ganar unos pocos minutos en su vida para hacer lo único que desea: tirarse en la cama, llevarse un sándwich y mirar películas de cow boys

Si hago caso a las palabras de mi abuelo, la vida de mi tío Eduardo es una mentira. Todo suceso importante es, en realidad, un barniz de mala calidad que cubre el único y verdadero objetivo de su existencia: escapar del mundo y perderse en dos o tres placeres elementales.

Pero mi abuelo se equivocó cuando hablaba sobre mi tío. Debía haberme puesto a mí como ejemplo: yo sólo he deseado una cosa en la vida: jugar a videojuegos.

Sólo eso: jugar a videojuegos.

Es cierto, también me gusta escribir. Pero escribir es ahondar en la mentira. Todo lo que garabateo –y casi todo lo que digo- es una ficción espontánea. Sea como sea, tanto para jugar a videojuegos como para escribir, se requieren dos condiciones: una, tener tiempo libre. Otra, no estar preocupado por algo. Ambas condiciones son incompatibles con la vida de adulto. Y allí está la clave de mi miseria: tengo deseos de preadolescente, pero responsabilidades de hombre maduro. Por eso, en algunos ámbitos, debo dar la apariencia de madurez para proteger mis escasos tiempos libres y despreocupados.

Toda mi vida está calculada en función de proteger mi pasaporte a la evasión del mundo. Si usted me invita a cenar a su casa un día cualquiera, yo le diré que no puedo, que tengo mucho trabajo –corregir exámenes es siempre una buena excusa-, que estoy en un proyecto muy importante, que estoy leyendo libros en otros idiomas porque quiero tener un doctorado, que voy a estar ocupado calculando mi presupuesto de los próximos meses, que mi mujer no me deja o que está enferma o que murió un pariente, o el pariente de un amigo, o que un tsunami ha pasado por mi casa y estaré ocupado colocando chapas en el techo. Lo único cierto de todo ello es: estaré en mi casa, jugando videojuegos.

Incluso este mismo texto se escribe por partes, en los perezosos fragmentos de tiempo libre que me quedan entre partido y partido. Ahora mismo, mi más hondo deseo es estar jugando. No hay un segundo de mi vida en el que repose este apetito.

Pero claro, hay amigos que conocen la peligrosa afición. Amigos a quienes no se les puede embaucar con estas mentiras. Para ellos tengo otra clase de argucias: mi cuerpo es capaz de somatizar hasta niveles insospechados. Nadie se atrevería a decir: “está fingiendo” cuando me da una repentina fiebre, un dolor de cabeza mortal o una desgarradora pataleta de hígado. Si me invitan a cenar o si quieren venir de visita, puedo convertirme por un rato en un desahuciado. Si insisten, y vienen a verme, porque no me creen, me verán pálido, ojeroso, con respiración jadeante, rogando por pañuelos descartables, un nebulizador y una cama oscura y silenciosa. Cuando se van, me recupero de forma instantánea y me siento frente a la computadora a castigar al universo mediante un jueguito con cañones, zombies y extraterrestres.

Mi asma es otra de las grandes mentiras. Desde los tres años de vida padezco ese mal que me sirve de perfecto pretexto: cuando no quiero hacer algo, aparecen las dificultades para respirar, lo que me deja en una buena posición para pedirle a otro que la haga por mí. Dar lástima respirando con estruendo ha sido una estrategia para evitar el esfuerzo. Y como un asmático no puede acostarse mientras tiene un ataque, ¿qué mejor cura puede haber, que unos partiditos videojuegos frente a la computadora?

Un deportista de la mentira como yo juega con los límites de lo calculable y lo no calculable. No siempre mis mentiras sirven al objetivo final: a veces se pasan de la raya y me perjudican. Una vez dije –por deporte- que me interesaba mucho el cine húngaro. Por eso mi interlocutor me invitó a las sesiones de cine que organizaba un modesto club de cinéfilos. Jamás en la vida había visto una película húngara, y nunca accedí a las entusiastas invitaciones de los miembros del club: les puse alguna de las excusas que enumeré más arriba, o todas ellas juntas, o una distinta ante cada invitación.

Otra vez, les dije a unos evangélicos que ya no tocaran timbre, porque estaba muy enfermo y no me resultaba fácil hacer el trayecto desde mi departamento hasta la puerta del frente, a través de un largo pasillo, para recibirlos. En realidad, el problema es que me interrumpían mientras jugaba en internet. Mi confesión –la terrible enfermedad- les pareció un buen motivo para seguir insistiendo. Luego me llamaban por teléfono tres o cuatro veces al día para saber cómo estaba, y cada tanto enviaban a una especie de trabajador social religioso para asistirme en mi solitario sufrimiento. Un día le aclaré al religioso que yo no estaba enfermo, que eso decían los demás, pero en verdad yo era Jesucristo. El hombre se puso pálido, dijo algunas palabras oraculares, se fue de mi casa y al otro día volvió con cinco hombres con traje negro y maletín. En ese momento hice el numerito del poseído, y quedé tirado en el piso, moviendo frenéticamente los brazos y los pies detrás de la puerta entreabierta, expuesto a la mirada atónita de los religiosos y de mis vecinos que pasaban por ahí. A mis vecinos les dije, luego, que yo padecía de epilepsia y que cada tanto me daban ataques. Ahora los vecinos me preguntan cómo estoy y, claro, para sostener lo de la epilepsia, cada tanto tengo que fingir un ataque frente a ellos. Una vez simulé temblores y baba en medio de la vereda y me vio un pariente. Le aclaré lo que pasaba, pues mi familia sabe que no tengo epilepsia. Cuando lo vi en un asado familiar, le dije que había tocado un cable y me estaba quedando electrocutado. El resto de mi familia preguntó cómo había ocurrido. Tuve que inventar una complicada historia según la cual un cable de luz se había desprendido de un poste, había caído con chispazos sobre mi cabeza y yo había sufrido la descarga. Claro que no tenía pensado quedar como idiota: me vi obligado a aclarar que ya había iniciado un juicio al estado y que el propio gobernador me había mandado un mail solidarizándose con mi problema. Como muchos quisieron ver el mail, tuve que crear una cuenta con el nombre del entonces gobernador y, desde esa cuenta, me envié un mail a mí mismo con un ecuánime mensaje de apoyo. Sospecho que ni los evangélicos, ni mis vecinos, ni mis parientes, creen una sola palabra de lo que les digo. De todos modos, cada tanto finjo temblequeos y vahídos, para que no se olviden de mi personaje y para sostener todo lo que he mentido durante tanto tiempo y ante tanta gente. Que ellos no me crean no es buena excusa para dejar de mentir.

Pero no todas mis mentiras desmadradas tuvieron un mal desenlace, y esa es la parte irónica: hay gente – mucha gente- que todavía sigue creyendo en mis mentiras. En las mentiras que he dicho, y en las que sigo diciendo con un sostenido –fingido- convencimiento.

Un día dije que me gustaba la filosofía y me anoté en una carrera. Para sostener otras mentiras que había dicho por ahí, la terminé. Luego dije que me gustaría estudiar tales y cuales temas. Ahora soy profesor en esos temas y hay gente que me consulta sobre ello. Podrán decir que me mando la parte, pero estoy en el lugar donde estoy –no es un mal lugar, por cierto- gracias a una complicada trama de malentendidos. Eso significa que vivo temiendo que alguien me descubra. Que alguien diga, finalmente, “no entiendo cómo este tipo está acá”. O “Al final este tipo es una cáscara vacía”. Un poema de Pessoa me describe con una exactitud aterradora:

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.

Mi antifaz dice: “Me interesa progresar día a día, soy feliz, amo mi trabajo y mi vida”.

Mi verdadero rostro murmura, silenciado por la máscara: “Videojuegos”. Sin verbo, sin adjetivos y con baba.

¿Con cuál de las dos faces he escrito este texto?

¿Quién de ustedes lo está leyendo con sus verdaderos ojos, y quién con la desalmada mirada de felpa de un antifaz carnavalesco? ¿Y quién sabe si hay ojos de verdad debajo de la máscara?
Quizás sólo somos capaces de mirar el mundo a través del antifaz. Quizás nuestro verdadero rostro sea otra de las mentiras que el antifaz ha elaborado para nosotros.

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Exonario cumple un año y medio

Posted by jorgemux en mayo 20, 2008

Hoy, veinte de mayo, este blog cumple dieciocho meses de vida.

Durante este corto tiempo han ocurrido muchos sucesos memorables:
– Hace exactamente un año hicimos, para festejar, el concurso “cree su propia palabra”
– Hace seis meses lanzamos otro más, como celebración del primer aniversario.
– El diario Clarín me hizo una nota.
– Radio Caracol (de Colombia) también me hizo otra nota (el audio de la entrevista está a la derecha)
– Una radio de Costa Rica se puso en contacto conmigo para hablar sobre este blog. (No tengo más información que esta; ni siquiera tengo una copia de la entrevista)
– Exonario comenzó a publicarse en papel.
– Hay propuestas para que, en un futuro no lejano, muchas acepciones de este blog sean publicadas en un libro.

Nada de esto habría sido posible si no fuera por ustedes, queridos lectores.

También, en este tiempo, han ocurrido sucesos divertidos y curiosos:

– Una participante del primer concurso exonario pidió que cambiara su nombre porque había enviado una palabra ligeramente malsonante que le dificultaba conseguir trabajo: cada vez que se presentaba en una entrevista laboral, sus potenciales jefes buscaban en Google su nombre y aparecía este post encabezando la lista (No damos el verdadero nombre de esta persona por razones obvias).

– Una lectora (tampoco es conveniente decir su nombre) pidió que le creáramos una palabra específica para referirse a una mujer, licenciada en sociología, de unos treinta años, de parloteo impreciso, vago y grandilocuente, de nula sapiencia académica. Después de muchas cavilaciones, pude elaborar esta palabra (aunque tengo ciertas reservas sobre mi interpretación de algunas partículas que la conforman) : Ginecanamatabhipocléptica.

(Gyné, Gynaicós = mujer; an = sin; mathos = conocimiento, ab = separada de, hipo [por “hipótesis”= base, fundamento]; klepto = robar) [Literalmente: mujer que roba con ciertas opiniones sin fundamento, que está alejada de un verdadero conocimiento]

– El lector Julio David Auster se convirtió en un colaborador entusiasta de este blog y no ha cesado de enviarme palabras cuyas definiciones derrochan ingenio, creatividad y humor. No las he contado, pero sus colaboraciones (calculando las que todavía no fueron publicadas) ya deben rondar los cincuenta términos.

– En este año y medio se han publicado quinientas veinte palabras, a razón de casi una por día -excepto algunos fin de semana-. De esas quinientas veinte, al menos cien pertenecen a colaboraciones de lectores.

Hay palabras publicadas que tarde o temprano se irán de este blog porque no cumplen con los requisitos de originalidad o de novedad en la acepción: se trata (entre otras) de las palabras antropía, pigra y mónago. Aunque por ahora van a quedar allí, como un testimonio de palabras inapropiadas, deben leerse como si estuviesen en una virtual cuarentena semántica. “Antropía” es un término que ya existía. “Pigra“, según un fiel lector, es una palabra que se utiliza -incluso con la misma acepción que le dimos aquí- en el idioma italiano (lo cual no la invalida, pero al menos le resta puntos), y “Mónago” nació como un chiste que, al final, resultó que tenía una referencia real: yo había pensado que, si un monaguillo es un niño asistente del párroco, un mónago podía ser un adulto, cuarentón, soltero, desocupado, que vive con su madre, que continúa desde niño siendo asistente. ¡Pero resulta que la figura del asistente adulto, en España, parece que existe, y se llama justamente monago, sin acento!

La palabra “Pragcepto” me ha servido como término teórico para realizar un trabajo que envié a un congreso de filosofía (El título del trabajo es: “Los conceptos del concepto: ¿es usted un zagunfio?”) Es posible que en parte de mi tesis doctoral utilice ese término y, dado que la tesis es una investigación sobre la intensionalidad (sí, con “s”) en el lenguaje, es altamente probable que Exonario me sirva de continuo ejemplo testigo de ciertos juegos con el lenguaje.

Casi todos los días se me ocurren dos o tres palabras nuevas, de modo que publicando a razón de una por día, el blog tendrá una reserva de términos por cierto tiempo, aun si dejaran de ocurrírseme acepciones. Algunas de las palabras que están en lista de espera son: holomiasma, zoolexia, lexozoísmo, fitolexia, usolexia, telóptero, hpnoleucia, intraviarse, chonguismo, dormidero, cuico, ultrafacto, pocholear, gregorinicia, amefacto, coprocinético, cosolo, paratrofia, altrafaz, eumecanocosmia, helichula, paraverso, trochemochista, acongotar, replosión, electroma, epistemometría, codividuo, encamamarse, vercesi, goloncho, intraceptar, panfronismo, engrotar, descopetar, guiñeñe, acrocracia, matungo, holemia, opismo, prostulticia, antícono, dopesismo. Dado que las palabras y las definiciones se me ocurren -a veces- en momentos y lugares inoportunos, muchas de ellas están anotadas en papelitos arrugados con la incomprensible letra de la tambaleante escritura en la oscuridad luego del súbito despertar a la madrugada.

Este blog me ha servido de una inesperada terapia intelectual. Gracias a Exonario he logrado detener la gregocronía: la sensación de que el tiempo pasa demasiado rápido. Desde el día 20 de noviembre de 2006, fecha de creación de este blog, los días han pasado sin prisa, sin esa sensación de que el tiempo vuela. ¿A qué se debe esto? Una especulación posible es que cada jornada se convierte en algo especial: cada día lleva la marca de la palabra que fue publicada, y eso lo hace relevante y no simplemente un día más. Por eso he publicado la palabra taxonario, para hacer notar que -al menos desde mi subjetividad- los días ya no se marcan con fecha, sino con la palabra que fue publicada. El 31 de diciembre de 2006 no fue fin de año: fue el día pisodiadroma. Y el miércoles 6 de febrero de 2008 fue inolvidable por muchas razones, pero sobre todo por la palabra navidar.

Todavía hay infinitos campos semánticos que no tienen nombre. Descubrirles el correcto es una maravillosa tarea que no pienso abandonar, y en la que espero que me acompañen.

Salud y saludos.

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Exonario se publica en papel

Posted by jorgemux en mayo 19, 2008

La revista Ecodías, de edición semanal, ha comenzado a publicar palabras de Exonario en su suplemento de arte, cultura y sociedad (El nombre del suplemento es “Línea de Fuga”)
Se trata de una revista de la ciudad de Bahía Blanca, de distribución gratuita y con muy buena difusión. Sus notas no son meramente informativas; hay muchas veces un trabajo de reflexión y de denuncia sobre hechos nacionales e internacionales, aunque el foco de atención está puesto sobre casos a nivel local.

El profesor Marcelo Díaz, encargado de la redacción del suplemento, escogió la palabra “Cronoclepsia” para inaugurar las publicaciones. No sé cuántas ni cuáles palabras publicarán (En las próximas ediciones se publicarán “Cachipirrosa” y “Epistecripticismo“, pero no sé qué otras están en lista de espera, si es que hubiera una lista tal). Supongo que será una sorpresa abrir la revista y ver allí una acepción -al azar- tomada -con mi consentimiento, claro- de este blog.

(En las fotos muestro la tapa de la revista y la página donde aparece la palabra. No se ve bien porque están fotografiadas, pues no tengo escáner)

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