Exonario

Definiciones y términos que no figuran en el diccionario (exonario no figura en el diccionario)

Archive for 30 septiembre 2007

Ekekismo

Posted by jorgemux en septiembre 30, 2007

Palabra y definición enviadas por Malena Oxum.

(De Ekeko: dios de la abundancia. La palabra “Ekeko” significa en aymara “Cómpreme”)

Costumbre que consiste en colgarse todo tipo de bolsas y mochilas en gran número.

Es común en mochileros, en vendedores ambulantes y en gente que vuelve de compras en general. Un caso doméstico de ekekismo (y que no necesariamente involucra el transporte de objetos ni la venta de los mismos) consiste en guardar cosas dentro de bolsas que a su vez serán guardadas dentro de otra/s bolsa/s, y que serán colgadas en algún rincón de la casa.

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Ekekismo

Posted by jorgemux en septiembre 30, 2007

Palabra y definición enviadas por Malena Oxum.

(De Ekeko: dios de la abundancia. La palabra “Ekeko” significa en aymara “Cómpreme”)

Costumbre que consiste en colgarse todo tipo de bolsas y mochilas en gran número.

Es común en mochileros, en vendedores ambulantes y en gente que vuelve de compras en general. Un caso doméstico de ekekismo (y que no necesariamente involucra el transporte de objetos ni la venta de los mismos) consiste en guardar cosas dentro de bolsas que a su vez serán guardadas dentro de otra/s bolsa/s, y que serán colgadas en algún rincón de la casa.

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Monocordil

Posted by jorgemux en septiembre 29, 2007

(Palabra y definición enviadas por Julio David Auster)

Aplícase a la guitarra a la que le queda una sola cuerda// Aplícase al/a la guitarrista que toca una tal guitarra, por tener tan pocos recursos económicos que le es imposible reponer las cuerdas que se le van rompiendo, por lo que al final se queda con una sola.

Como las cuerdas de la guitarra son seis y se puede considerar que es más o menos equiprobable que se rompa cualquiera de ellas, en teoría hay seis variedades de monocordiles (guitarras y guitarristas): monocordiles primos, monocordiles segundos, etc., hasta monocordiles sextos. Esto da pie para la formación de sextetos de guitarras monocordiles, capaces de una polifonía única, ya que los acordes que se podrían producir serían imposibles de obtener con una sola guitarra con todo su cordaje completo.

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Monocordil

Posted by jorgemux en septiembre 29, 2007

(Palabra y definición enviadas por Julio David Auster)

Aplícase a la guitarra a la que le queda una sola cuerda// Aplícase al/a la guitarrista que toca una tal guitarra, por tener tan pocos recursos económicos que le es imposible reponer las cuerdas que se le van rompiendo, por lo que al final se queda con una sola.

Como las cuerdas de la guitarra son seis y se puede considerar que es más o menos equiprobable que se rompa cualquiera de ellas, en teoría hay seis variedades de monocordiles (guitarras y guitarristas): monocordiles primos, monocordiles segundos, etc., hasta monocordiles sextos. Esto da pie para la formación de sextetos de guitarras monocordiles, capaces de una polifonía única, ya que los acordes que se podrían producir serían imposibles de obtener con una sola guitarra con todo su cordaje completo.

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Meflo

Posted by jorgemux en septiembre 28, 2007

(Es insulto)

Hombre gordo, de aspecto ligeramente andrógino, que usa vestimentas pasadas de moda, anteojos de vidrios gruesos y se sienta en las mesas del fondo en los bares y restaurantes. Siempre está acalorado y se lo oye suspirar. Suele tratar mal a las camareras.

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Meflo

Posted by jorgemux en septiembre 28, 2007

(Es insulto)

Hombre gordo, de aspecto ligeramente andrógino, que usa vestimentas pasadas de moda, anteojos de vidrios gruesos y se sienta en las mesas del fondo en los bares y restaurantes. Siempre está acalorado y se lo oye suspirar. Suele tratar mal a las camareras.

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Segunda historia: Una reunión trabada

Posted by jorgemux en septiembre 27, 2007

En el año 1998 trabajé como disc jockey con mi amigo Roberto. Él tenía (y sigue teniendo) un hermoso kiosco en el cual levanta quiniela clandestina por teléfono y, por esa razón, publicábamos semanalmente un aviso en el diario con el número telefónico de su kiosco.

Una vez, como tantas, recibió un llamado para un cumpleaños de cuarenta. Los datos de la fiesta eran: salita médica de la calle Blandengues, el próximo sábado. Homenajeado: Raúl. El papel, escrito a mano por Roberto, incluía además números telefónicos, tema de entrada, vals y detalle del estilo musical para el baile. Jorge, me dijeron que quieren hacer unos sketches. Por eso, te van a llamar a vos para coordinar, me precavió cuando nos encontramos.

Tres días antes de la fiesta, me llamó una mujer preguntándome si tenía micrófono, si podía conseguirles una canción (se llamaba La Movidita, y si mal no recuerdo es de Gladys la bomba Tucumana) y si no tenía problema en que, durante la fiesta, cada quince o veinte minutos se interrumpiera el baile para hacer una coreografía. Está perfecto, dije.

Sólo para corroborar los datos, pregunté una vez más quién era el homenajeado y en qué salón se hacía. Salita médica de la calle Blandengues, dijo la mujer, la homenajeada es Lourdes.

Revisé el papel que me había traído Roberto: en él decía Homenajeado: Raúl. Probablemente, se había confundido (el resto de los datos coincidía), así que taché “Raúl” y pose “Lourdes”. Al día siguiente, recibí otra llamada de la misma mujer. Raúl quiere entrar con el tema de Celia Cruz, “La vida es un carnaval”. Miré mi papel con el nombre tachado y lo volví a tachar, poniendo nuevamente “Raúl”. Pensé que, quzás, tanto Raúl como Lourdes cumplían años (tal vez eran una pareja); pero no quise preguntar un detalle tan fundamental para no parecer desorganizado.

El sábado a las seis de la tarde vino un muchacho con una camioneta a buscar el equipo. Hacía frío y ya estaba oscureciendo. El salón quedaba en un primer piso. Por suerte el fletero nos dio una mano enorme para subir los bártulos. Recuerdo también que esa noche, además de Roberto y yo, nos había acompañado Fernando, un pibe de diecisiete años que estaba algo fascinado con nuestro pintoresco trabajo.

Cuando terminamos de armar el equipo y se hicieron las nueve y media de la noche, entendimos por qué la confusión entre Raúl y Lourdes. Raúl era Lourdes. Noventa y cinco por ciento de los invitados de la fiesta eran travestis, incluyendo por supuesto a la homenajeada. Los travestis venían ataviados con lo que, según Roberto, era ropa de batalla. Algunos de ellos, -portadores de un increíble cuerpo de mujer pero con inequívocos rasgos faciales masculinos-, sólo llevaban una minifalda y un top. Otros se habían puesto una vestimenta representativa de algún gremio laboral: la maestra, la secretaria, la mucama sometida por su patrón, la porrista de fútbol americano. Los límites entre el disfraz y el travestismo no siempre son muy claros. En este caso, los personajes eran un disfraz que se habían puesto por encima de la habitual ropa de travesti. También puede pensarse que ser travesti es, de por sí, encarnar algún personaje femenino y en ese caso, disfraz y travestismo coinciden.

Dije que el noventa y cinco por ciento de los asistentes eran travestis. El cinco por ciento restante (excluyéndonos sin honra Roberto, Fernando y yo) estaba conformado por indisimulados hombres, incluso con barba, pero engalanados con alguna prenda paradójica e inapropiada. Uno de ellos sólo tenía calzoncillos, zapatos negros, guantes blancos y moño negro, y mostraba sin pudor su pecho y sus piernas peludas. Otro (un hombre de unos sesenta años) sólo usaba un grueso pantalón con tiradores y el torso desnudo.

Hasta aquí, excepto por la contingencia de que todos eran travestis, no parece haber ningún problema para un disc jockey. Las cosas se complicaron un poco cuando el hombre de torso desnudo y tiradores comenzó a hacer gestos impúdicos y a tirar besos a Fernando, el integrante más joven de nuestra troupe musical. Jorge , yo me voy”, dijo, temeroso. “No tengo ningún problema con los travas, pero que no me jodan” fue su argumento. Pidió un taxi y desapareció.

El acoso no terminó allí.

Después de que se fuera Fernando, Roberto se dirigió al baño y un travesti mal afeitado y vestido de novia lo interceptó. “Dijo que yo estaba re fuerte y me quería dar un beso. Es más, me acompañó al baño y me apoyó por detrás”, comentó Roberto entre exaltado y preocupado. De hecho, no sólo la novia aprovechó para tirarse un lance; también otros rodearon al pobre Roberto y le querían mostrar sus especiales cualidades. En aquella época, al igual que ahora, Roberto y yo solíamos espantarnos cuando una mujer nos acosaba de manera descarada –cosa que no ocurría muy seguido. Puedo entender su contrariedad al verse rodeado casi con hostilidad por ambiguas mujeres con rostro de hombre y rastro de barba.

La situación se puso complicada al inicio del baile, cuando los fluorescentes del salón se apagaron y sólo quedaba la impune penumbra del humo y los efectos de iluminación. Ya sin ningún pudor, la novia se acercó a Roberto y lo empezó a manosear. Salí de acá, estoy trabajando, decía Roberto con un hilo de voz. Bueno, papi, entonces cuando dejes de trabajar te agarro. Como el acoso era continuo, Roberto esgrimió la mejor solución. Para él, claro:

Jorge, me voy por un rato a ver si se calman estos tipos. Más tarde vuelvo.

La situación no era buena. Mis dos compañeros se habían ido y yo estaba solo enfrentando a sus acosadores. Sin embargo, debo decir –con algo de desilusión- que los travestis en ningún momento se acercaron a mí, excepto para pedirme música o avisarme que venía un sketch. Esa noche descubrí que no provoco la más mínima atracción entre los travestis, y hasta el día de hoy vivo eso como un fracaso.

La Novia, sin embargo, se aproximó para decirme algo al oído. ¿Dónde está tu amigo?, preguntó con una aflautada voz masculina. Decile que lo amo. Por favor, decile que lo amo. Decile que tengo su teléfono y que lo voy a llamar.

Los sketches se sucedieron a razón de uno cada media hora. Los travestis hacían shows de transformismo o cantaban temas románticos lacrimógenos, entre los que no podían faltar de Franco Simone y Quererte a ti de Camilo Sesto. Ninguno de los espectáculos era cómico; más bien se apelaba a una clásica visión nostálgica del amor imposible o –como en el caso del transformismo- se hacía hincapié en las insuperables ambigüedades e ironías de la vida.

Roberto volvió a eso de las cuatro de la mañana, un poco temeroso. No le pregunté dónde había estado. Jorge, esta fiesta es un despelote, me dijo. Abajo hay como quince trapos fumando marihuana. Yo no había prestado atención al olor (de hecho, se me confundía con el característico aroma de la máquina de humo). Si llega a caer la cana, nos detienen a todos. La preocupación de Roberto no era ingenua: no era tan terrible ir a la comisaría; lo terrible era dejar el equipo en el salón, solo, mientras nosotros dábamos nuestra declaración de los hechos.

A la media hora, Roberto decidió cortar la música y llamamos al taxiflet. No sólo estaban fumando marihuana en la entradita de planta baja. También, seis o siete de los travestis se estaban agarrando a trompadas en medio de la calle. Si no viene la cana con esto, no viene con nada. Apurate a desarmar, dijo Roberto.

Los invitados parecieron entender nuestro temor y ofrecieron su ayuda para bajar los equipos. Yo no podía evitar mi mayor preocupación: todavía no nos habían pagado.

Por suerte no vino la policía; pudimos irnos sin problemas. Mientras cargábamos el equipo no dejábamos de mirar el ambiguo espectáculo en medio de la calle desierta de una madrugada fría: dos travestis enormes, con sus atuendos rotos, el maquillaje corrido y la voz entrecortada por el esfuerzo, se golpeaban como sudorosos barrabravas después de un partido. Los años de travestismo no podían ocultar ese primitivo instinto masculino cuyo lenguaje es un rosario de uppercuts. Lo último que escuché, mientras nos alejábamos con la camioneta, fue la voz aflautada y ronca del más maltrecho de los contendientes que decía: me cansé de mantenerte, puta de colores.

El lunes siguiente apareció Raúl (no Lourdes) en mi casa a traer el dinero. Lamentamos mucho si se sintieron incómodos, dijo mientras me estrechaba la mano. Los vamos a tener en cuenta para el próximo cumpleaños.

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Builgoña

Posted by jorgemux en septiembre 27, 2007

Rostro sin cabeza ni cuerpo que flota durante la madrugada con el propósito de asustar a niños que se despiertan muy temprano.

La builgoña adopta, a veces, el rostro de una persona conocida o fallecida. Su aparición se da entre las 2 y las 6 de la madrugada en plena oscuridad, cuando todos duermen. Tiene cierta tenue luminosidad o, mejor dicho, deja la impresión de que una linterna sutil la estuviese iluminando desde abajo, dando un aspecto diabólico y horrendo. Si un niño se despierta entre esos horarios, no debe abrir los ojos, pues podría encontrarse con la figura inexpresiva, incorpórea y flotante del rostro de su abuelo muerto. Para que aparezca una builgoña, es preciso que el niño se haya dormido temprano y luego se haya despertado. Si el niño se acostó a las diez de la noche y no se durmió (por ejemplo) hasta las dos de la mañana, la builgoña no aparece.

Las builgoñas no son espíritus ni provienen del más allá. Son entidades evanescentes cuya vida se encuadra en el estricto y riguroso ecosistema conformado por la oscuridad, la madrugada, las casas y los niños insomnes.

(Anécdota personal: cuando fui pequeño, a los cuatro años, me encontré una madrugada con una builgoña que venía de la cocina cuyo rostro era el de la Pantera Rosa. En aquel momento no sabía qué era eso. Hace unos años, una alumna -Agustina Haure- de la escuela donde trabajo me dijo que había soñado con una “cara sin barba y sin pelo que se aparecía a la madrugada”. En el sueño, se llamaba La Builgoña. De allí derivé este nombre y esta definición)

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Builgoña

Posted by jorgemux en septiembre 27, 2007

Rostro sin cabeza ni cuerpo que flota durante la madrugada con el propósito de asustar a niños que se despiertan muy temprano.

La builgoña adopta, a veces, el rostro de una persona conocida o fallecida. Su aparición se da entre las 2 y las 6 de la madrugada en plena oscuridad, cuando todos duermen. Tiene cierta tenue luminosidad o, mejor dicho, deja la impresión de que una linterna sutil la estuviese iluminando desde abajo, dando un aspecto diabólico y horrendo. Si un niño se despierta entre esos horarios, no debe abrir los ojos, pues podría encontrarse con la figura inexpresiva, incorpórea y flotante del rostro de su abuelo muerto. Para que aparezca una builgoña, es preciso que el niño se haya dormido temprano y luego se haya despertado. Si el niño se acostó a las diez de la noche y no se durmió (por ejemplo) hasta las dos de la mañana, la builgoña no aparece.

Las builgoñas no son espíritus ni provienen del más allá. Son entidades evanescentes cuya vida se encuadra en el estricto y riguroso ecosistema conformado por la oscuridad, la madrugada, las casas y los niños insomnes.

(Anécdota personal: cuando fui pequeño, a los cuatro años, me encontré una madrugada con una builgoña que venía de la cocina cuyo rostro era el de la Pantera Rosa. En aquel momento no sabía qué era eso. Hace unos años, una alumna -Agustina Haure- de la escuela donde trabajo me dijo que había soñado con una “cara sin barba y sin pelo que se aparecía a la madrugada”. En el sueño, se llamaba La Builgoña. De allí derivé este nombre y esta definición)

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Cacangelizador

Posted by jorgemux en septiembre 26, 2007

(Sustantivo. Del griego kakos = feo, malo y angelos = anunciador)

Si el evangelizador es quien, de acuerdo a la etimología, da las buenas noticias, el cacangelizador es quien tiene por costumbre dar malas noticias, o noticias de dudosa reputación en momentos inoportunos. También es cacangelizador quien da (malas) noticias viejas.

El cacangelizador cree que “abre los ojos” de sus interlocutores, infundiéndoles temor. Ejemplos: “Ese yogur que compraste en el supermercado chino, estuvo toda la noche con la cadena de frío cortada. Los chinos desconectan las heladeras durante la noche“. “Sí, tu piel es muy linda, pero las mujeres de piel blanca están condenadas a arrugarse prematuramente“. “Muy linda la fiesta, pero , ¿sabías que bailar mucho produce osteoporosis?”

El evangelizador religioso es en realidad un cacangelizador. Frases como “El mal está presente en nosotros porque somos herederos del pecado original“, o “el infierno está a un paso de nosotros“, o incluso “vendrá el apocalipsis” podrían ser dichas por un evangelizador, cuyos efectos sobre el público funcionan como una cacangelización. Un evangelizador se convierte en cacangelizador cuando, a través de su prédica, quiere distorsionar algunos discursos a partir de su supuesto conocimiento de la palabra divina. (Remito aquí a un ejemplo personal: una mujer que vino de parte de una iglesia evangélica, con la intención de traerme una buena noticia sobre la segunda venida de Cristo, usó el siguiente argumento para convencerme de que el hombre no desciende del homínido: “La teoría de la Evolución de las especies es totalmente contradictoria porque no se basa en los hechos. ¿Vio usted acaso alguna vez que un mono pariera a un ser humano?”)

Un cacangelizador es una persona que actúa con muy mala intención. No siempre es ignorante; en realidad muchas veces da una noticia falsa o escandalosa con el único propósito de generar temor, duda o inquietud en su oyente; pero él conoce que aquello que dice es falso o que no puede justificarse.

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