Exonario

Definiciones y términos que no figuran en el diccionario (exonario no figura en el diccionario)

Archive for 24 julio 2006

El invitado de lujo

Posted by jorgemux en julio 24, 2006

Durante meses me han venido invitando a las reuniones del Clan Alimenti, y siempre me he negado a asistir. Un amigo mío, Esteban, me dio el mail de esta asociación que, según decía, se reúne todos los viernes a la noche para cenar opulentas y extravagantes comidas, beber vinos y champagnes imposibles de conseguir en Argentina, y jugar a novedosos y sofisticados juegos de mesa. Con total ingenuidad, me contacté con ellos después de llenar un formulario virtual, y me mandaron un correo con la dirección, los días y horarios de reunión, las actividades y el pago de la cuota (anual). Me pareció demasiado caro, así que no volví a responderles el correo.
Pero, como ocurre con toda actividad en la red, ellos siguieron insistiendo mandándome mails semanales. Uno de ellos me llamó mucho la atención, así que reproduzco literalmente parte de su contenido:

Señor Mux, nos alegramos de que ya esté hastiado de su vida. Desde hace tres meses, en nuestras reuniones hablamos de usted como si fuera un miembro de nuestro clan. Sólo le falta tomar la decisión y acercarse.

El mensaje me pareció oscuramente imperativo, y por un momento temí que se tratara de una secta. Sin embargo, a los dos o tres días me llegó un sobre firmado por el señor Alberto Alimenti, presidente del Clan, quien en términos llanos me hablaba de su comunidad lúdico – sófica y me invitaba a una reunión de prueba, sin pagar la cuota. De hecho, junto con ese sobre, me mandaba una membresía plastificada, firmada por él mismo, válida para una sola reunión.

Cuando me encontré con Esteban (el amigo que me había dado la dirección de este clan), le comenté los resultados de mi mail, y él me dijo, asombrado, que a pesar de que él mismo había enviado sus datos, nunca lo habían llamado. Conmigo estaban insistiendo demasiado.

Uno de esos viernes de enero, en los cuales hace demasiado calor, las actividades importantes se pueden postergar y los amigos y parientes están de vacaciones, decidí ir a la reunión del Clan. Era en un pueblito cercano llamado Grunbein, en el cual hay unas pocas casitas y, curiosa e incongruentemente, cuatro enormes mansiones coloniales con forma de castillo. La reunión se hacía en uno de esos castillos y, por lo que supe más tarde, todas las semanas se hacía en un castillo diferente.

Eran las siete y media de la tarde, hacía calor y todavía faltaba mucho para el anochecer. El castillo estaba rodeado por una inmensa verja negra. Toqué el portero y una voz me preguntó el nombre y el apellido. Cuando lo dije, se escuchó la vibración de la puerta. Empujé y entré. Sobre el porche me estaba esperando una persona vestida de traje, con camisa blanca y moño, quien con una sonrisa me pidió la membresía. Se la entregué. A cambio, me ofreció una copa de un champagne helado y exquisito. Me invitó a entrar y sentarme.

El castillo, por dentro, era una casa antigua de dos plantas, pintada con tonalidades verde oscuro y sepia, y adornada con antigüedades y cuadros del siglo diecinueve. Había sillones por todas partes (incluso en los pasillos).“Pase al salón principal, señor Mux”, me dijo con voz firme el hombre de traje.

En el salón principal había una mesa enorme y la iluminación mortecina del atardecer era reforzada por las treinta lamparitas de una gigantesca araña de cobre. Alrededor de la mesa había quince o veinte personas. El aire acondicionado hacía muy agradable el ambiente y, para mi aun más grata sorpresa, ninguno de los presentes fumaba.“Bienvenido, señor Mux, nos alegramos de verlo”, me dijo uno de los hombres, vestido de manera informal pero elegante, que estaba ocupando una de las cabeceras. Era el señor Alimenti.
De inmediato, Alimenti me presentó a todos los que lo acompañaban. Previo a eso, hizo una presentación exaltada de mí y de mis virtudes como docente, como escritor y como disc jockey. Aunque exageraba mucho, me sorprendió que tuviera un conocimiento tan completo de mis trabajos.

Después de las presentaciones, me mostró lo que hacían. En ese preciso instante jugaban a algo que ellos llamaban “golf de mesa”. No fue muy claro para mostrarme las reglas y yo estaba bastante distraído mirando los rostros de los presentes como para escucharlo. Sólo puedo decir que en nada se parecía al golf y que se jugaba con naipes y figuras sobre un papel en el cual iban modificando datos con lápices de colores. A cada rato pasaban los mozos con bandejas de canapés y copas con bebidas. “Jorge, servite lo que quieras o pedí, que estamos para servirte”

Yo me quedé cerca del señor Alimenti, viendo el desarrollo del juego y sirviéndome exquisitas confituras saladas que tenían mucho caviar y roquefort. Un hombre, anciano, que estaba a mi lado me contaba que él había sido empresario de la construcción y tuvo que dejar el trabajo por una enfermedad. En algún momento se decidió que una señora (de más de sesenta años y con un colgante que tenía una cruz enorme) había ganado y todos, después de un aplauso, dejaron de jugar. “La cena está servida”, anunció uno de los mozos.

La cena era en un salón cuya disposición de muebles y decorado lo convertían en idéntico a la sala de juegos. Todos me trataban con una suavidad y gentileza especiales, como si yo fuera una eminencia. Esto, en lugar de envanecerme, me hacía sentir muy incómodo. Los platos eran de una porcelana fina, con dibujos chinos en azul (cada plato, supe después, tenía un dibujo diferente) y los cubiertos de metal (quizás plata) tenían talladuras y molduras muy complejas. Como cena, trajeron una enorme bandeja con pavo y papines andinos, regado con una salsa de naranja, limón y menta. El champagne seguía siendo la bebida oficial.

Durante la cena conversamos sobre política, filosofía, literatura y juegos. Les expuse algunas de mis hipótesis sobre cada uno de esos puntos y ellos acogieron mis opiniones con sumo interés. Después del pavo trajeron helado casero con crema chantilly y salsa caliente de moras. Una vez que terminamos con el postre, nos invitaron a la sala de juegos.

Ya eran las once de la noche. Alimenti me explicó las reglas del juego que estaban por jugar.
En la mesa había espejos y pequeños dispositivos que emitían un láser parecido al de los llaveros. “El juego consiste en ordenar los espejos de manera tal que el láser pegue en el Rey. Es un ajedrez con láser y espejos. El rey es ese de allá” – me señalaba una pieza opaca que estaba en el borde de la mesa. “Cada equipo tiene que ordenar los espejos de manera que el láser le pegue al rey enemigo. No vale apuntar al rey directamente; el láser tiene que pasar por todos los espejos”.
Estuvimos jugando hasta las cuatro de la mañana, elaborando complicadas operaciones para calcular la trayectoria del láser rebotando a través de los espejos. Nuestro equipo ganó y, con ello, me gané una membresía para el viernes siguiente.

Cuando me fui de allí, a eso de las cuatro y media, el señor Alimenti me dijo “espero que vuelvas, ha sido un placer que compartas esta reunión con nosotros”. Uno de ellos me llevó a mi casa en un auto negro impecable y antiguo. Yo estaba sumamente feliz.

Durante la semana siguiente le conté mi experiencia a Esteban. Pero, como suelen hacer los buenos amigos, destruyó toda mi alegría a partir de una revelación inquietante.
“Cuidado con estos tipos”, me dijo. “El Clan Alimenti es una subsede de la agrupación internacional contra el cáncer”. Le pregunté qué tenía que ver el cáncer con estas reuniones. “Todos los que estaban ahí tienen una enfermedad de diagnóstico impreciso. Ellos dicen que es un tipo especial de cáncer, pero en realidad no se sabe. Han formado un clan místico para luchar contra su enfermedad. Piensan que es un cáncer inmaterial inducido por brujería o por fuerzas cósmicas negativas”
Aunque todavía no le creía, continué preguntando. “¿Por qué me invitaron a mí? ¿Yo también tengo cáncer?”
La respuesta que me dio, a continuación, la voy a reproducir lo más fielmente que pueda porque a mí todavía me parece increíble.
“Vos no tenés nada. Lo que pasa es que ellos, basándose en una teoría mística que involucra energías mentales y campos magnéticos paralelos, creen que hay personas cuya sola presencia sirve para contrarrestar la enfermedad. Han hecho algunos cálculos curiosos y, sobre la base de datos de tu primera respuesta por mail, dedujeron que vos eras quien ellos estaban esperando. Vos eras el invitado de lujo, por ese motivo”. Y continuó. “Pero no todos están de acuerdo con eso; algunos dicen que para curarse hay que comerse al invitado de lujo”.

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El camión bombero

Posted by jorgemux en julio 17, 2006

De chico el barrio se dividía por quioscos. Estaba el quiosco “de acá enfrente”, el “de acá al lado”, el “de acá a la vuelta”, el del “talego” (el viejito que, en lugar de “hasta luego” pronunciaba un alargado “taleeeeeego”), y el quiosco “de al lado de la iglesia”. Las topologías se convertían en nombres propios. Si alguno de mis amigos se mudaba, pongamos por caso, al lado del quiosco “de acá a la vuelta”, de todos modos seguiría llamando a su quiosco vecino “el quiosco de acá a la vuelta”, y al resto de los quioscos de acuerdo a la topología inicialmente aprendida. Una vez establecidos los “aquí” y los “allá”, se convertían, para nosotros, en términos absolutos.

Durante los años ochenta (época en la que fui infante) cada quiosco era diferente. No se conseguía gaseosas en todos (y, si se conseguía, era Gini, nunca Pepsi o Coca); tampoco todos tenían los mismos chocolates o caramelos, y definitivamente los helados no eran para cualquiera. No era costumbre abrir los días domingo ni durante la hora de la siesta.

El quiosco “de al lado de la iglesia” cobró para mi un especial interés en el verano del 83. Mi amigo Fernando había conseguido la antorcha en un paquete de figuritas comprado precisamente allí, a fines de diciembre. La antorcha era la figurita imposible de un álbum del Cuerpo Humano. Sabíamos que ese era un acontecimiento único; los quiosqueros, –especie malentretenida y perversa- en su tiempo libre, que es mucho, abren los paquetes con vapor; sacan las figuritas importantes y luego vuelven a cerrarlos con plasticola. Era fácil imaginar al Talego calentando la pava, poniendo paquete tras paquete a la luz del vapor para robarnos la antorcha, con el propósito de regalársela a sus nietos o, peor aun, de extorsionar a alguien con su deseo de obtenerla. Sabíamos que el Talego se entregaba a esa práctica macabra porque, según decían, era chileno.

Pero el quiosquero de al lado de la iglesia no había sucumbido a esa tentación. Nuestra mente de ocho años lo imaginó emparentado con la divinidad, por su cercanía con el templo de María. Aunque, a juzgar por su apariencia, era más parecido al diablo o a alguno de sus demonios. El quiosquero de al lado de la iglesia era muy flaco, extrañamente contrahecho, petiso y su rostro hacía acordar al hombre lobo. Sus manos parecían garras, y por debajo de la manga se adivinaba que tenía mucho pelo. Como el hombre lobo. También era muy malhumorado: si le pedían un chupetín de frutilla, él decía “el que agarre”; metía la mano al azar en la batea y nos daba cualquiera. Era casado (con una mujer muy parecida a él) y tenía dos hijos, una niña y un niño, que iban a la misma escuela que Fernando y yo, aunque a grados diferentes. Toda su familia era horrible, contrahecha, con dientes muy grandes y mal vestida. A nosotros nos parecía obvio que, si un quiosquero tenía hijos, iba a hacer todo lo posible por conseguirles la antorcha. Pero este curioso hombre lobo no tenía piedad con sus hijos y le entregaba la antorcha a cualquiera, por azar, como Dios manda. Pensé que ese quiosquero era, en realidad, un hombre lobo o un emisario infernal que trataba de redimirse evitando ciertas tentaciones (como la de abrir paquetes de figuritas con vapor), porque Dios lo vigilaba muy de cerca, desde la Inmaculado Corazón de María que tenía al lado.

Durante los primeros días de enero del 83, el hombre lobo comenzó a traer barriletes de river y de boca. Su quiosco era oscuro y tenía olor a humedad, pero él marcaba la diferencia con los juguetes: era el único que traía lo que realmente nos importaba a precios que nuestros padres consideraban convenientes. En pocos días todos teníamos un barrilete de náilon con los colores de nuestro equipo. A mediados de enero, trajo los primeros yoyóes y Fernando no tardó en comprar uno. Recuerdo cómo era el primero que tuve, un par de días después que Fernando: de caño; pintado de colores psicodélicos y con un sonido espacial cuando giraba.

El treinta y uno de enero, día de mi cumpleaños, fui con mi abuela Lita a elegir mi regalo. Yo hacía mi fiesta al día siguiente, que era sábado. Mi abuela me dijo: “elegí lo que quieras, yo mañana te lo compro”. Había un espectacular camión de bomberos que costaba muchísimo porque era a fricción. El hombre lobo lo apartó para envolverlo y mi abuela dijo: “mañana lo vengo a buscar”.

A la mañana siguiente, con el corazón galopando, fui con mi abuela Lita, de la mano, a buscar el camión bombero. Cuando el hombre lobo lo había probado, con el girar de las ruedas se movían unas campanitas que le daban un espectacular sonido. Tenía escaleras que se desplegaban. La noche anterior no había podido dormir, porque cumplía nueve años, porque el sábado era mi fiestita y porque ese camión increíble iba a ser mío.

Sorpresa: el quiosco estaba cerrado. La persiana verde y picada de óxido tenía un cartelito miserable, hecho a mano, a último momento, con papel de cuaderno a rayas: “cerrado por vacaciones”. Enseguida entendí que ese hombre lobo no era divino, sino maligno y que había jugado con mi ansiedad y, lo que me parecía mucho peor, con la buena fe de Lita. “menos mal que ayer no le di un centavo”, repetía mi abuela, mientras caminábamos hacia otro quiosco donde me compraría un juguete maravilloso del que ya no me acuerdo.

Mi fiesta fue inolvidable. Vinieron mis compañeros, mis amigos y mis primos. Todos trajeron regalos, que era el derecho de admisión. Hubo coca cola, chizitos, papas fritas y unas deliciosas salchichas de copetín que sólo se comen cuando hay cumpleaños. Anduvimos en bicicleta por toda la manzana, por el jardín, y a la noche nos quedamos hasta tarde jugando a la mancha escondida. Mi papá abrió una sidra y nos dejó tomar un sorbo a mí y a mi hermano.

Los primeros días de febrero estuve esperando que el hombre lobo volviera, abriera su quiosco y mi abuela fuera, conmigo de la mano, a recriminarle su falta de ética. Yo, por un lado, temía que, si el hombre lobo era un ser infernal, le trajera alguna maldición o directamente le hincara esos colmillos espantosos que le sobresalían de la mandíbula. Y por otro lado, como no creía en las maldiciones, pensaba que el pobre quiosquero iba a sentirse tan mal que me regalaría el camión bombero.

Pasó todo febrero y el cartel de “cerrado por vacaciones” seguía allí. En marzo el cartel había desaparecido, pero las persianas siguieron bajas. Cuando empezaron las clases, los dos niños lobo, hijos del quiosquero, no aparecieron por la escuela. Para el mes de abril, las persianas del quiosco estaban cubiertas de polvo.
La abuela de Fernando sabía la verdad desde febrero. Yo me enteré una fría tarde de mayo en la que mi deseo por el camión bombero ya se había apagado. “¿No sabías?”, me dijo, “Se fueron para Mar del Plata en el falcon, el primero de febrero. A cincuenta kilómetros de acá chocaron y se mataron los cuatro”

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El día de todas las glorias

Posted by jorgemux en julio 11, 2006

Hace muchos meses me llamó Muiños y me dijo: “Jorge, queremos que vengas para nuestra fiesta del nueve de julio al mediodía”. Le dije que no sabía, que tenía trabajo la noche anterior y que iba a ser muy complicado para mí aceptar el compromiso. “Si no nos ponés la música vos, no hacemos la fiesta”, remató para convencerme. Acepté.

Mi trabajo como disc jockey ambulante me permite conocer lugares y personas que de otro modo serían inaccesibles. Muiños, por ejemplo, es el asador de una sociedad de fomento ubicada en un barrio alejado, quien al menos una vez por año me llama para los eventos de su institución. No lo veo en ninguna otra circunstancia y no tengo noticia de esa sociedad de fomento excepto cuando él me llama. Muiños es además mozo y entrenador de fútbol. Y su nombre es Muñoz. Cuando me habló por teléfono yo no recordaba su rostro.

No me dio detalles de la fiesta. En realidad no volvimos a comunicarnos hasta el mismo nueve de julio. “Llevá el himno nacional y efectos de luces. Y no te olvides de los pasodobles”, me encomendó. Eso fue todo.

Cuando llegué al salón ese nueve de julio a las once descubrí que iba a ser una fiesta muy especial. Había colgadas banderas enormes y las paredes estaban cubiertas con cientos de fotos en blanco y negro. Las fotos mostraban infinitas generaciones de equipos de fútbol de un mismo club. Un enorme póster se destacaba entre los adornos: una gigantografía con la tapa de El Gráfico, año 1941; en la foto un joven que viste la casaca de Boca y una leyenda a un costado: “José Peppino Borrelo, el crack”. Una pequeña multitud de ancianas (muy ancianas) que habían llegado temprano, a través de las fotos deducían parentescos y recordaban relaciones pretéritas. Las tres enormes tortas me indicaban que era el 78º aniversario del club Sixto Laspiur. Al costado de las tortas había unos souvenires que recuerdan el mundial Argentina ’78.

Mientras yo acomodo los bafles y los amplificadores, las señoras preguntan por mi trabajo y me cuentan la historia del club. “El año pasado nos quisieron quitar las canchitas para construir un barrio”, dice una de ellas. “Pero salimos a la calle con esa bandera (me señalaba una que decía ‘sin potreros no hay crack’) y ganamos”. Entusiasmada, otra anciana agrega: “le ganamos al intendente y a los hijos de puta de los concejales”. “Yo hace treinta y ocho años que trabajo para el club y esto es mi vida: si me lo quitan me muero”, dice la primera de ellas. Me cuentan el esfuerzo que hacen para mantener con vida a una institución que consiste en canchitas sin cerco en medio de un descampado que parece tierra de nadie: una de ellas cose los números sobre las remeras donadas; otra de ellas prepara el chocolate caliente para los torneos. Otra presta apoyo psicológico a los chicos. Otra pide donaciones para los trofeos y los botines. Muiños, quien en este momento está preparando el asado, es uno de los entrenadores. Ninguno cobra un centavo. Sus palabras me traen a la memoria la película “Luna de Avellaneda”, y con ella evoco cualquier contienda romántica en la cual el barrio actúa como una unidad política y momentáneamente le gana espacio a algún inexorable interés económico. Hasta aquí el relato me provoca una sonrisa de compasión. Conecto los cables; enchufo las luces y pienso que pronto esta institución va a desaparecer; cuando las abuelitas mueran, el recuerdo de esa continuidad de esfuerzos, alegrías y angustias desaparecerá con ellas. Las banderas del club dicen “desde 1928 y para siempre”. El “para siempre” me suena a un “hasta siempre”, es decir: a una de esas frases que se pronuncian cuando la suerte está echada. La mañana está soleada y fría. Los invitados van llegando y se reconocen en las fotos antiguas. Me pregunto para qué traje las luces de colores si el sol se cuela por todas las ventanas. Una señora me cuenta que conoció a Evita cuando vino a Bahía Blanca. “Vino a mi casilla de chapas. Si la vieras, qué sencilla que era… Usaba alpargatas”

Todos llegan con una escarapela argentina y una cinta con los colores del club: verde, blanco y rojo. Como la bandera italiana. Y justo hoy juegan la final Italia y Francia. A la una y media están todos los invitados: más de cien ancianos y unos pocos niños. Para mi sorpresa, ponen una pantalla gigante y me dicen: “vamos a ver la final acá”. Muchos de los ancianos son italianos o hijos de italianos, así que ya sabemos cuál va a ser el favorito.

La llegada de uno de los ancianos provoca una ovación. Un viejito con pulóver amarillo, peinado a la gomina y mostachos muy arreglados. “Es Peppino Borrelo, el del póster”, me indica un invitado. La gente se acerca, le pide autógrafos y quiere sacarse fotos con él. “¿Vos sabés lo que es ser tapa del Gráfico en los años 40? Tenés que ser un grande de verdad”, dice otro. Alguien agrega: “cuando se eligieron los mejores jugadores de todos los tiempos, Peppino salió cuarto”. Estamos ante una leyenda.

Viene el asado: chorizo, morcilla, vacío, tira… Se acerca las tres de la tarde y está todo listo para ver la final. Se enciende la pantalla gigante, conectan el sonido a los bafles y todos palpitamos el último encuentro del Mundial. Fueron tres horas intensas y emocionantes. Gana Italia por penales y los abuelos lloran de alegría. Aprovecho la ocasión y les pongo la canción del mundial de Italia ’90: “une state italiano”. Traen la sidra para el brindis y cortan las tortas. Antes, por supuesto, le cantan el feliz cumpleaños al club y se encienden bengalas. Luego viene el himno nacional. Un minuto después pasan un video con la historia de la institución: reportajes, imágenes, música, fotos. El video no es sentimentalista, pero resulta muy emotivo.

Está oscureciendo rápidamente y hace frío aunque las estufas siguen encendidas. Hay un clima de relajada melancolía. Cuando el señor Peppino Borrelo se retira, me dicen que pida un aplauso por el micrófono. En ese momento entendí la síntesis de todo ese día. El crack, de más de ochenta, desaparece con una reverencia. Pienso por un instante en los souvenires que están al lado de las tortas: dos manos sosteniendo un balón, como el logo del mundial de Argentina ’78. La historia se construye con simetrías: los 78 años de un club de viejitos italianos se asocian así con el año del triunfo argentino, en el mismo día en que Italia gana su tetracampeonato y la independencia argentina cumple 190 años. Un día de muchas melancólicas glorias, glorias hechas de recuerdos y de trofeos. Un domingo como tal vez hace 190 años lo imaginó algún prócer anónimo.

Cuando todo termina y sólo quedamos unos pocos, Muiños me comunica su secreta esperanza de que ese día Argentina iba a llegar a la final. “Sabés lo que hubiera sido esto”, me dice. “Estaríamos saltando acá, de joda, hasta mañana”. Desarmo el equipo, llamo al taxiflet y cargo los bártulos. El frío de la temprana noche es desgarrador; un frío que parece vaticinar otras u otros finales.

i. Cuando llego a mi casa me comunican que falleció una de las personas a quien más quise; mi gran amiga y tutora intelectual Mirta. Es por eso que no ganó Argentina; porque tal vez Alguien supo que en el mismo día no puede convivir la desbordante alegría de ganar el mundial con la infinita tristeza de perder para siempre a una persona querida.

ii. Este es el poema de un souvenir que repartían durante el postre. Se titula “Epopeya 2005”, año en el que el club batalló contra la municipalidad para que no le quiten las tierras. En el souvenir, al lado del escudo rojo, blanco y verde, aparece la figura de San Jorge.

Y cuando pase el tiempo…/ Nunca, pero nunca… / Nos des por muertos…/ Nos des por vencidos…/ Desde algún rinconcito / algún loco va a saltar / y va a recordar los momentos / vividos en este lugar. / Y va a defender este terrunio (sic) / lleno de piedras, pero / más lleno de gloria. / La gloria de un barrio. / La del Noroeste, cuna de tantos / grandes. Nunca nos subestimen. / Laspiur fue y será aun más grande / por los siglos de los siglos. / Laspiur: Desde 1928 y para siempre.

iii. “Este viejo hijo de puta tiene ochenta y pico de años y jugó en el arco para el lado de los casados. Se atajó todas; no les pudimos ganar. Tenías que verlo cómo se tiraba al piso, cómo volaba… Yo tengo treinta y tres años y ahora me duele todo” (El camarógrafo, hablando de Peppino en el partido ‘casados vs. solteros’ que habían disputado horas antes de la fiesta)

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Aventuras oníricas

Posted by jorgemux en julio 4, 2006

He aquí siete relatos que corresponden a las imágenes y a las narrativas que interpreté a partir de algunos sueños:

1. Estoy escapando de embarcaciones con explosivos que mi manada y yo hemos construido para hacerlas explotar frente a las costas de las manadas enemigas. Pero una lluvia inesperada y un viento en contra hacen que las embarcaciones vuelvan hacia nuestra isla. Somos monos gibones. Uno de mis congéneres peludos me hostiga con golpes y pataditas todo el tiempo. Bajo la lluvia esto es especialmente molesto. No hay dónde guarecerse y todos estamos un poco confundidos por las explosiones. En algún momento descubro que yo soy Platón, el filósofo griego, y que el mono que me hostiga es Aristóteles, discípulo de Platón. Le comunico mi descubrimiento para que sepa que yo soy su maestro y para que, con ese conocimiento, logremos entablar la amigable relación maestro – alumno. Él no parece asombrarse y continúa hostigándome, golpeándome con una hoja de palmera y tirándome cascotes. Luego alguien nos trae la comida favorita de Aristóteles: una araña gigante.
(Soñado en marzo de 2006)

2. Estoy con Irma en Pehuen Co, una villa marítima, en una casa que alquilamos. La casa tiene dos partes: una con techo y otra, a pocas cuadras, sin techo, en la cual está la cocina. Cuando voy a desayunar reparo en ese detalle de que la cocina está muy lejos del resto de la casa, y que si llueve no se puede preparar el café con leche. Me imagino que alguien podría robarnos los enseres de la cocina, si quisiera, porque esa parte de la casa además de no tener techo da directamente hacia la vereda. La mañana es hermosa y recién está amaneciendo. Al rato pienso que no hay de qué preocuparse porque en Pehuen Co la gente no roba cosas ajenas y casi nunca llueve.
Desayuno y vuelvo a la parte techada de la casa, que en el fondo tiene un patio. Allí, en el patio, encuentro un gato muy pequeño al que, si le miro el rostro de cerca, tiene la forma de un rinoceronte. Irma me dice algo acerca de ese animal; según lo que ella me explica (ella viene del sur y sabe muchas cosas sobre la naturaleza) es un pequeño rinoceronte. Al rato aparece otro gatito con cara de jirafa. Es un hermano del anterior. Entiendo que todos los animales primero nacen como cachorros de gato con un rostro inadecuado, y luego, cuando crecen, se transforman en el animal que indica su rostro.
(Soñado en marzo de 2006)

3. Estoy en Buenos Aires con Irma. La peatonal Lavalle desemboca en una especie de ciudadela a medias urbanizada y con calles de tierra. Alguien, dentro de una casa de esa ciudadela está construyendo un misil nuclear y los servicios de inteligencia de Estados Unidos, división Marines Superarmas, está tratando de encontrar el lugar justo desde donde va a ser lanzado el ataque. Yo descubro por casualidad la casa donde un hombre en un taller mecánico tiene preparado el misil. Sé que si los servicios de Inteligencia saben que yo he descubierto lo que ellos buscan, voy a estar en problemas. Sigo caminando hondamente preocupado.
Más allá de la ciudadela hay un desierto de barro lleno de cangrejos. Los porteños nunca se acercan a ese lugar, en el cual hay criaturas de oro inmortales. Yo llego al límite entre la ciudadela y el desierto de barro y me encuentro con uno de los inmortales (es Titi, compañero del secundario y amigo) quien me pide que lo acompañe y que recuerde esos tiempos en los que yo también era inmortal como él. A lo lejos se ven otras criaturas doradas que me saludan amigablemente. En el desierto es siempre de día y el barro está caliente y burbujeante.
(Soñado en marzo de 2006)

4. Estoy en mi casa. Mi casa no es mi casa; es una enorme casa chorizo con un primer piso con balcones que dan hacia un patio central. Parece una escuela vieja. A ese primer piso casi nunca accedo porque hay habitaciones que hablan de personas muertas (una de ellas tiene todo el mobiliario de mi bisabuela) y porque las telas de araña (y las arañas) abundan.
Pero hoy es un día especial. Viene un fin de semana largo y mi padre se va pasar unas mini vacaciones en las sierras. Entonces mis amigos, mis primos y el abogado (¿) se quedan en casa sin que yo los invite. El hecho de que no esté mi papá y el fin de semana largo son razones suficientes para que ellos se instalen y hagan su vida en mi casa.
Cuando me quiero acostar en una de las habitaciones, algunos de mis forzados invitados hacen un ruido espantoso. Están haciendo una fiesta en el patio central y en algunas de las habitaciones. Yo tengo que pasarles música. A eso de las siete de la mañana, cuando me voy a acostar, mi primo Gustavo se pone a cocinar el desayuno en mi habitación y tanto él como el abogado me recriminan que no me haya acostado temprano, que ya es hora de levantarse, no de dormir. Trato de sobrevivir despierto y en algún momento huyo con mi padre a través de una calle que es una casa de venta de electrodomésticos en la que hay que pasar atravesando (y rompiendo) un alambre tejido, aunque si se tiene la habilidad suficiente, se puede pasar a través de los agujeritos del tejido.
(Soñado en mayo de 2006)

5. Se me quema la campera.
(Soñado en junio de 2006)

6. Mi padre y mi hermano me pasan a buscar para ir al circo. Es un circo famoso por sus payasos. Los payasos tienen una música especial: música de payasos, ligeramente terrorífica. Como chirridos con eco que retumban a lo lejos. Es de noche, hace frío y se hace tarde. Yo no encuentro la ropa para ponerme y la función está por empezar. Pero parece que, con nuestro retraso, hemos provocado que el mismo espectáculo se retrase. Mientras busco la ropa escucho que mi viejo dice, nervioso: “apurate, Jorge, que ya vienen”. Estoy sutilmente horrorizado porque la musiquita – chirrido de los payasos se escucha furiosa, cada vez más cerca de mi casa. Los payasos, hartos porque no llegamos a horario, abandonaron su espectáculo multitudinario para venir a buscarnos, y seguramente están apiñados como vacas pintarrajeadas en la puerta de adelante, allí, al fondo del pasillo oscuro y con su musiquita taladrante y macabra.
(Soñado en Junio de 2006)

7. Pasa un tren que en lugar de vagones trae cabezas. El tren recorre el perímetro de toda la ciudad y se va para La Pampa, que es una ciudad en la que siempre hace frío y hay festivales cerca de un río, en los que suele cantar Marco Antonio Solís. Le pregunto a Irma cuál es la locomotora y me dice: “es la segunda cabeza”. La segunda cabeza es, en realidad, un vagón a través de cuyas ventanas se ve el dibujo de una cabeza. Es la cara de Lionel Messi. Me entero de que el tren lleva algo así como el alma de ciertas personas (algunas famosas) y que, cuando esas personas quieren viajar por mi ciudad o hacia La Pampa, simplemente se suben a su vagón – cabeza. Mientras ellos no viajan, el tren anda solo haciendo su recorrido sin pasajeros ni conductor. Se verá la contradicción: un vagón es, a su vez, un vagón y una cabeza. Le pregunto a Irma cuál es el combustible con el que anda esa maquinaria de carne y hierros. Irma me dice: “Las cabezas comen el pasto de al lado de las vías” (Este es un sueño que voy a tener alguna de estas noches de julio de 2006)

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